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Espejismos y simulacros

¿Tiene sentido hablar de felicidad en un mundo asolado por pandemias, guerras, crisis de refugiados, inflación desatada y, situado como marco ineluctable, en las coordenadas de la emergencia climática? A pesar de todos los pesares la condición humana aspira al bienestar y a esa grata sensación de satisfacción que son notas asociadas a la felicidad. Es más, en nuestro mundo la felicidad se ha convertido en una «industria» y en un negocio teñido de marketing y pseudociencia y dispuesto a llenarse los bolsillos con la credulidad de los ansiosos buscadores de felicidad.

Así caracterizan varios críticos sociales como Eva Illouz y Edgar Cabanes en Happycracia, o William Davies en La industria de la felicidad, el devenir de los múltiples gurús que, sobre todo en YouTube y redes sociales, «instruyen» sobre las orientaciones que conducen a la felicidad asociada a la salud, el equilibrio mental, el autocontrol, el éxito social o la riqueza. Un nuevo compendio en donde encontrar desde algunos consejos saludables y prudentes a estafas de todo tipo que se dirigen a nuestra ingenua credulidad. Los vendedores de humo han conquistado el mundo haciendo creer que la positividad y la autoayuda, seguir recetas de pensamiento mágico, nos van a colmar de una «felicidad» concebida como señuelo para vender y venderse.

La reflexión sobre la felicidad se inicia en Occidente en la Grecia clásica y nos lleva hacia uno de los pensadores más influyentes de toda la historia de la filosofía. Aristóteles y su obra Ética a Nicómaco, que reuniría sus apuntes en el Liceo sobre la eudaimonía, nos remite a la actividad del alma guiada por la virtud con el fin de conseguir una vida plena, lograda, que pasa por etapas, desde la niñez hasta la senectud, y que sólo se puede juzgar completamente como narrativa de vida cumplida. Por ejemplo, una vejez desoladora y una mala muerte pueden arruinar la vida plena y lograda.

Actualizar el potencial de nuestras capacidades humanas es su objetivo. La eudaimonía es la diana a la que se dirige la flecha del arquero, es nuestra finalidad, nuestro telos, como seres racionales que somos. Es descrita como aquello a lo que todos tendemos, y desgraciadamente, la traducción de eudaimonía con el simplón término de felicidad, que remite a una sensación subjetiva de placer o satisfacción, deja a esta última en mal lugar. La vida buena, que no la buena vida meramente hedonista, es el objetivo del realismo moral de Aristóteles que mantiene que, para estar bien encaminados necesitamos lo suficiente, esto es, unas condiciones materiales que nos permitan vivir con cierta holgura y poniendo coto a la pobreza y a la precariedad.

Si hay un tema, junto al de la prudencia, la phrónesis, que ocupa un notorio espacio en la obra del estagirita, es el de la philía, que también traducimos de manera insatisfactoria con la palabra amistad. Los seres humanos somos seres no sólo racionales sino sociales y políticos. Nacemos en comunidades y somos seres vinculados a los otros. Desde la familia hasta la polis, la ciudad, se tejen relaciones que nos configuran y de las que derivan deberes.

Aristóteles aspira incluso al ideal de la amistad perfecta que concibe como escuela de perfeccionamiento ético porque el buen amigo nos observa y nos corrige y es testigo implicado del devenir de nuestra vida. Sin amistad no hay vida buena y esta requiere de tiempo y actividades compartidas, entre ellas la filosofía y la política. Cualquier gurú de la positividad emocional que encuentres en YouTube palidece ante la lectura, ya también accesible en audiolibro, de la Ética a Nicómaco. No hay color.

Hace unos días, a propósito del tinglado informativo que se organiza todos los años en torno a las pruebas de acceso a las universidades ha habido una polvareda, sobre todo en redes sociales, acerca de la decisión del alumno que mejor puntuación había obtenido en la EBAU de la Comunidad de Madrid de estudiar Filología clásica1.

La ramplonería del éxito, la riqueza y las llamadas «salidas» se coreaban cual tópicos desvaídos en el ruido del cotilleo viralizado criticando con saña al inteligente y sabio muchacho. Gabriel Plaza daba así una lección en defensa de las Humanidades, que en los últimos tiempos han sido acosadas con el fin de derribarlas y de eliminar, así, hasta nuestro sentido de la historia y de todo rastro de nuestros orígenes culturales.

Me hizo recordar el momento en que yo decidí estudiar la carrera de Filosofía y no la de Derecho, que era el deseo familiar. Nunca estaré suficientemente agradecida a mi terca determinación porque estudiar lo que te apasiona y llena de sentido tu quehacer diario es una auténtica bendición. Las Humanidades han permitido a generaciones de estudiantes el plantearse lo necesario para acometer la recreación de vidas buenas, plenas e intensas. Vidas examinadas y vidas con conciencia. Mucho más que la búsqueda de una desvaída felicidad identificada con las adicciones de una sociedad de consumo absolutamente desquiciada e insostenible.

Eudaimonía, en su etimología, también señala al buen daimón, a algún espíritu benigno, a la buena fortuna, pero es una empresa mucho más compleja y exigente que la búsqueda incierta de la felicidad. Emilio Lledó, uno de nuestros maestros que nos ha hecho entender y amar a los griegos, nos alerta para que pongamos coto a la barbarie y sepamos identificar lo importante, lo decisivo. Y esto último remite simplemente a vivir éticamente, desarrollando nuestra capacidad de análisis y juicio crítico, en medio de una sociedad llena de ruidos, desinformación, fake news y odio producido masivamente con el fin de arruinar nuestra convivencia basada en el respeto de los derechos humanos.

La felicidad, convenientemente empaquetada, se ha convertido en otro leitmotiv de la sociedad de consumo. Optemos por la tensión creativa de la vida buena, plena y lograda, con sus momentos en tensión, de esfuerzo y de placer. E intentemos cuidar, filosóficamente, esto es, amando la sabiduría, lo más valioso: nuestros vínculos con los demás y nuestra democracia. Nos va la vida en ello. Al final, el espejismo de la felicidad, con su sarta de señuelos y simulacros, no es lo más importante.

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