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Martí

Valencianeando

Joan Carles Martí

Enamorado conviviente

La cuestión es si nuestros hábitos urbanitas pueden ser compatible con un ecosistema único muy amenazado

Valencianeando

Lo escuché entre el pasaje de una embarcación en medio de l’Albufera. Uno contaba a otra que se había vuelto a enamorar después de muchos años. Entonces ella soltó:«¿Enamorado conviviente?», lo que dio pie a que el afectado narrará su particular historia de amor, que ahora no viene al caso, pero que gracias a la rapidez del barquero por llegar al Tancat terminó, ante la cómplice mirada agradecida del resto de los pasajeros. Aprovecho aquella pregunta, más o menos inocente, para reflexionar si se puede estar también enamorado de la ciudad donde convives. Está claro que si nos hacen una encuesta sobre que lugar consideramos más bonito, o dónde nos gustaría vivir, pocos diremos València. Dejaremos volar la imaginación por sitios conocidos donde lo hemos pasado bien, o quizás soñemos con calles atrayentes rememoradas en una película o un libro. Pero cerremos el ángulo. ¿Quién no está enamorado de l’Albufera? Un lago casi urbano que atrae a miles de turistas impresionados y que los del terreno visitamos poco, entre celebraciones y comidas opíparas con el arroz como protagonista. ¿Nuestros hábitos urbanistas pueden convivir con un ecosistema amenazado? Esa es la cuestión.

Barro entre cañas.

«Como todas las tardes, la barca-correo anunció su llegada al Palmar con varios toques de bocina». Es la frase inicial de Cañas y barro, la novela de Blasco Ibáñez que debería releerse a menudo. «Un hedor insoportable se esparcía en torno de la barca. Sus tablas se habían impregnado del tufo de los cestos de anguilas y de la suciedad de centenares de pasajeros: una mezcla nauseabunda de pieles gelatinosas, escamas de pez criado en el barro, pies sucios y ropas mugrientas, que con su roce habían acabado por pulir y abrillantar los asientos de la barca», se lee en el quinto párrafo de la primera página. Don Vicent refleja en esas páginas, con una galería de personajes única, todas las contradicciones habidas y por haber de los valencianos convivientes. Esa lucha atávica entre agricultores, pescadores y cazadores que tan bien narra Blasco persiste con nuevos actores: ecologistas, hosteleros y gestores públicos.

Crepúsculos.

El milenario lago, que ha ido reduciendo su extensión originaria entre las desembocaduras del Turia y el Xúquer, resalta el atractivo de València, más allá de una bonita postal. Solo hay que hablar con los vecinos de l’Albufera para saber que las cosas no van por el camino correcto. «Comenzaba a amanecer cuando bajaron el cadáver al fondo de la fosa, que rezumaba agua por todos lados. Una luz fría y azulada extendíase sobre la Albufera, dando a su superficie el duro reflejo del acero. Por el espacio gris pasaban en triángulo las primeras bandadas de pájaros. El tío Toni miró por última vez a su hijo. Después volvió la espalda, como si le avergonzasen las lágrimas que rompían por fin la dureza de sus ojos. Su vida estaba terminada. ¡Tantos años de batalla con el lago, creyendo que formaba una fortuna, y preparando, sin saberlo, la tumba de su hijo...!». Ese episodio final de Cañas y barro sigue conmoviendo. Desde la Gola de Pujol todavía se contemplan los mejores atardeceres del Mediterráneo.

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