Como era previsible, a Rusia no le afectan las sanciones, mientras Europa se interna en un gran atolladero con ellas. Por eso, resistir es para Europa la peor estrategia. Lo que se está jugando ahora es el estallido de un conflicto preventivo por el liderazgo mundial. Estados Unidos ha acelerado la situación y se muestra dispuesto a no dar más ventajas al tándem Rusia-China. Ante un combate de esta índole, todo se va a poner encima de la mesa. Europa debe ser consciente de que no estamos ante un conflicto parcial, sino ante el tipo de conflicto que se ha convertido en la lucha decisiva por el Nomos de la Tierra del futuro. Y por eso dejarnos como única respuesta la de resistir, es lo más cercano a la impotencia y caracteriza a los actores más débiles. Es la que le queda a Putin, que para su ventaja puede resistir más que nosotros.

No podemos separarnos de USA, por mucho que su estrategia vaya directamente contra nuestros intereses. A pesar de ello, no podemos imaginar una razón por la que las relaciones de USA con los socios europeos no sean leales y, por lo tanto, debemos contar con el margen de maniobra interno propio, dentro de la recíproca lealtad en una situación en la que nadie querrá ver a los socios debilitados. No obstante, vamos a entrar en una coyuntura crítica. Pero Europa ha nacido de crisis y se ha especializado en responder a ellas. Lo decisivo es comprender su sentido y responder a ella de la forma adecuada.

La crisis de Europa y su debilidad surge de una sobredependencia del comercio mundial, tanto de la energía rusa como del intercambio de bienes con China. Eso ha estallado y debe ser reconducido. Es evidente que estamos en peores condiciones que USA para hacerlo. Padeceremos más inflación y posiblemente recesión, por la debilidad exportadora. Pero si en esta coyuntura apostamos por meras políticas de rigor como en 2008, nos exponemos a perder la fidelidad de las ciudadanías, que se van a mover con la falsa idea, cuajada de ilusiones, de que es posible volver a los días anteriores a la guerra sin que la situación se decida. Por lo demás, llevar adelante una política coyuntural expansiva puede ciertamente aumentar las tensiones inflacionistas. No llevarla, aumentará el peligro de recesión. Así que el margen de movimiento es muy estrecho.

A efectos de las consecuencias económicas, estamos así en guerra; pero sin el efecto del apoyo patriótico ni la disposición clara al sacrificio del beligerante. Aquí resuenan los sabios ecos de Weber, cuando recomendaba aumentar la presión fiscal antes que aumentar la inflación. La primera empobrece selectivamente de forma discriminada y proporcional, pero la segunda empobrece de forma general e injusta. Una política fiscal unitaria europea, capaz de exigir mayores aportaciones a las grandes empresas energéticas de combustibles fósiles, podría ser la única manera de hacer frente de forma justa a sus ganancias desmedidas.

Pero todavía se puede hacer algo más. Josepf Schumpeter diagnosticó que las grandes transformaciones del capitalismo se dan en tres circunstancias. Las dos primeras eran por mejoras técnicas radicales o por cambios de gusto de los consumidores. Tienen que ver ambas con cambios profundos del mundo de la vida. Pero la tercera forma en que el capitalismo se transforma es directamente con las guerras. Quizá esta sea la índole de la crisis que tenemos delante. No hablamos de un conflicto parcial, sino de un conflicto estructural. Y debemos afectar las estructuras si queremos encararlo de forma adecuada a su índole. Eso significa, ante todo, que Europa no puede estar expuesta a una dependencia energética tan humillante como la que padecemos. Aquí no debemos hacernos trampas. No se debió proclamar una agenda medioambiental adecuada y duplicar la capacidad de quemar gas ruso. Pero que ahora, por esa dependencia rusa, se tenga que quemar hulla, no es sino confesar la imposibilidad de llevar una política coherente.

Aprovechar la guerra para desplegar una política energética completamente decidida a favor de las energías limpias, quizá sea la única opción razonable. Utilizar de un modo u otro los grandes beneficios de petroleras y gasísticas para intensificar la transición energética, debería ser inevitable. Ajustar paulatinamente el sistema productivo al nuevo nivel de precios permitirá desplegar actividades antes desechadas, tanto en la producción de alimentos como de actividades industriales previamente transferidas. Eso debe planificarse a nivel europeo. Pero es urgente aumentar la producción en aspectos que garanticen una mayor independencia productiva, financiada con esos impuestos a los beneficios de las energías sucias, porque, aunque no se pueda reducir la inflación, no entraremos en estanflación. Quizá en ese caso podamos aspirar a mantener la inflación en los umbrales en que pueda significar una ventaja respecto de la deuda acumulada.

Reajustar este sistema productivo europeo hacia la energía limpia implica aprender bien la lección de lanzarse sin cautelas a un globalismo exportador que, al no controlar sus condiciones geoestratégicas, nos hace demasiado frágiles y dependientes. Las diferencias europeas son tan intensas, que todavía podemos optimizar el mercado interior con inversiones adecuadas tendentes a la homogeneidad, porque vamos a un mundo en el que recursos ayer despreciables en agricultura e industria hoy serán muy valiosos. Y todavía hay un mundo suficientemente amplio de democracias que deben fortalecerse entre sí, porque los retos que experimentarán esas democracias por parte de las potencias autócratas serán ingentes.