Durante años, en tertulias y encuentros informales, manteníamos un diálogo. Siempre a la búsqueda de certezas de las cosas importantes de esta vida: el sentido de nuestra aparición en el mundo; por qué comportarse de un modo u otro, por ejemplo, para no engañar; la actitud vital frente a los acontecimientos adversos; la intrínseca dignidad de todas las personas, rica o pobre, culta o ignorante, blanca o negra; del anhelo de amar y ser amado; el sentido del dolor y del sufrimiento; el tiempo, la vida y la muerte. Hombre anhelante en búsqueda de razones y explicaciones del acontecer irreversible: el tiempo no se detiene ni tiene vuelta atrás. No pocas veces se/me preguntaba el por qué de la angustia vital de gentes tan desorientadas. Era un melancólico en este mundo, con un toque estoico; aunque era incapaz de permanecer impasible frente a los avatares de este mundo injusto y, a veces, cruel. Una de nuestras últimas conversaciones versó sobre la inhumana guerra de Ucrania –todas lo son- a la que no encontraba justificación alguna, por el sufrimiento, el dolor, la miseria, la amputación de tantas vidas jóvenes y no tan jóvenes por un quítame allá esas pajas. Se le hacía incomprensible la injusticia, dotado como era de una exquisita sensibilidad social. Hoy debe tener la respuesta que ya no le resultará absurda, pues también considerará plausible la estupidez humana.

Los que quedamos todavía en este mundo continuamos nuestro peregrinaje en medio de oscuridades, pero con el anhelo de encontrar luz. Una luz que a veces se adivina a lo lejos, otras veces no se alcanza, pero siempre se desea. No todo se puede reducir a explicaciones, ni todo es inteligible. Hay sombras; pero, en medio de ese cuadro de contrastes, surge una chispa: no todo está encapotado. Hay signos, intuiciones, ejemplos, actitudes y personas que nos hablan de que más allá de la duda hay Alguien que nos espera y que dará cuenta cabal de todo aquello que ahora nos turba o inquieta. Mientras, la actitud inteligente es, como la de mi amigo Luis, la de ser pertinaz en la búsqueda, aunque quizá con un tinte unamuniano. Pero sucede lo de la sentencia evangélica: que todo el que busca encuentra y al que llama se le abre; aunque tardemos, y esa tardanza nos lleve a las puertas de la muerte.

La vida no puede ser tan absurda como nos la pintan algunos coetáneos; ni tan sinsentido que dé igual una cosa que la otra; ni que el destino ciego y aciago trunque nuestras existencias, quizá en el momento más esplendoroso. Muchos, sin indicarlo explícitamente, pueden intuir lo que Calderón de la Barca escribió en La cena de Baltasar: «Mira si bien me describe/ variedad tan singular,/pues quien vive sin pensar/no puede decir que vive».

Se puede indicar de mi amigo, que en paz descanse, lo que Unamuno escribió como epitafio de su tumba: «Méteme Padre Eterno en Tu pecho, misterioso hogar, dormiré allí pues vengo deshecho del duro bregar».