Se han cumplido más de tres meses de la guerra Rusia-Ucrania y los bombardeos de la ciudad de Járkov y Mariúpol han pasado a formar parte de esa batería habitual de imágenes que se contemplan desde la distancia a través del televisor. Un medio que produce una visión sin mirada y que, conforme pasan los días, nos hace ser un poco más indiferentes ante las últimas noticias sobre los combates que se libran en dirección a Siverskvc, Sloviansk y Kramatorsk. En cualquier caso, este conflicto bélico que se conoce ya como la primera guerra europea del siglo XXI, está siendo letal para un gran número de civiles y va dejando tras de sí una estela de generaciones destruidas física, psíquica y emocionalmente. Una situación que tendría que hacernos reflexionar sobre cómo la violencia transforma a las personas. Esa cuestión fue la que trataron en los años treinta del siglo pasado, en la antesala de lo que sería la Segunda Guerra Mundial, la filósofa de origen ucraniano Rachel Bespaloff y la filósofa y activista francesa Simone Weil. Ambas escribieron sobre La Ilíada, aquel poema épico y fundacional de la cultural occidental, a fin de pensar sobre el difícil momento político de aquellos años en los que se vivía con tanta tensión la posibilidad de un conflicto internacional.

De las dos, fue Simone Weil quien subtituló la obra de Homero y la denominó «el poema de la fuerza». Con ello venía a recalcar la alienación total que las personas sufren tanto si han vencido como si han sido vencidas. De este modo sitúa su reflexión en torno a la noción de relación que la dialéctica hegeliana establece entre amo y siervo. Por este motivo, su intención no fue concentrarse en la superación de momentos históricos contrapuestos sino en prestar atención en el nudo orgánico de unión que se da entre ellos y que determinará el curso de la misma historia. Dicho con otras palabras, en su pensamiento encontramos expuesto la descripción de los elementos básicos de toda lucha, con todas sus consecuencias sea para vencedores como para vencidos. La guerra cosifica ambos lados, los transforma en objetos, en máquinas, en trozos de carne. Y esto vale tanto para quienes reciben la fuerza como para quienes la ejecutan y, por eso mismo, en estas lides la victoria cuando se alcanza no significa que la guerra haya terminado. De hecho, la heridas permanecerán abiertas hasta que no se produzca, por ambas partes, el pleno reconocimiento como personas.

De estas consideraciones, se desprende la importancia de las iniciativas que se abren al diálogo. A fin de cuentas, tomar consciencia de nuestra humanitas y sabernos parte de un todo en relación con los demás seres humanos, es una definición antropológica de la cultura bastante aclaradora. Para ello hay que saber distinguir entre ver y mirar. Algo que en gran parte estuvo ausente en la visita que recientemente realizaron un grupo de mandatarios políticos al Museo del Prado. Es cierto que, en el contexto de la cumbre de la OTAN y momentos antes de la cena que se ofreció en el claustro del museo, el encuentro fue más una ocasión para conversar que para mirar. Aún así hubiera estado bien detenerse un poco más a mirar. Ver es una acción que se cumple necesariamente en la inmediatez del acercamiento a las obras expuestas pero mirar supone un tempo lento y tomar consciencia de cómo todo cuanto miramos, nos mira. Esta distinción fue el punto de arranque del historiador y crítico John Berger, quien señaló que lo que distingue una época de otra es su modo de mirar. Como no podía ser de otra manera, Las Meninas fue la obra que concitó mayor interés. Sin embargo, eché en falta que no se detuvieran ante el único cuadro de batallas que pintó Velázquez y que parece más una escena pacífica que un enfrentamiento militar. Hubiera estado bien que, delante de la Rendición de Breda, hubieran retomado el hilo de una conversación atenta para evitar el estancamiento del conflicto y el aumento de la letalidad de la guerra. De hecho, el pintor en esta tela apuesta por dar sentido a un mundo compartido y no enfrentado.

Y, como la memoria asociativa está hecha tanto de similitudes como de contrastes, recordé dos exposiciones recientes que guardan relación con el sufrimiento de las campañas bélicas. La primera tuvo lugar en mayo pasado y llevaba por título The Art of Resistance. La peculiaridad de esta muestra, comisariada por Alex Villar y Svitlana Davydenko, fue el haber reunido en la Sala Municipal del Ayuntamiento de Algemesí un conjunto de obras realizadas durante la contienda que se está librando en Ucrania. Fueron la misma comisaria ucraniana en compañía de Yulija Stepanok, quienes consiguieron huir de la guerra llevándolas consigo, en una labor encomiable por rescatar el patrimonio artístico cultural de su país. Por su parte, en la exposición colectiva Èxode, comisariada por Rosa Serra y Manola Roig, que puede verse en el Museu de la Ciutat de Benicarló, cada artista con una gran variedad de técnicas que van desde la pintura al óleo, la escultura o la instalación, denuncia la tragedia que hay detrás de las migraciones interiores y exteriores impuestas. Es necesario centrarse en estas miradas que provienen del arte y que desvelan sin cortapisas las injusticias que se están produciendo en los más de 60 conflictos bélicos que, de manera latente o explícita, están ocurriendo en el presente. Quizás así se consiga despertarnos del sueño de la razón ante un conflicto ya cronificado del que no parece vislumbrarse una solución pacífica a corto plazo.