Le habían diagnosticado una fractura de columna que le producía un intenso dolor: «Veo las estrellas cada vez que me tengo que mover», me comentaba. Además, le habían colocado un corsé recio para permanecer enderezado y erguido; y así tenía que dormir, lógicamente en un sillón. Después de esta pequeña explicación, le pregunté cómo se encontraba de ánimo. Se percató de mi preocupación, y con su respuesta hilarante me dejó descoyuntado de la risa, pues lo zanjó con un explosivo comentario de humor: ¡ya te puedes imaginar, como una anchoa pinchada en un palillo!

Me vino a la mente, después de esta conversación, la capacidad que tenemos de superación ante la adversidad y también, si queremos, de tomar las cosas con buen humor. En esta respuesta se manifiesta, en el hondón del alma, un sentido de gratitud frente a la vida. No podemos olvidar que palabras como gratitud, grato, gracia, gracioso, gracejo, gratificante, gratuito tiene un común denominador latino: la palabra ‘gratia’, don inmerecido y totalmente gratuito. No es como en las redes sociales, que son gratuitas porque tú eres la mercancía.

La auténtica gratuidad no busca compensación. Es quizá una de las más genuinas manifestaciones humanas: la de un padre/madre con su hijo que ni siquiera busca reconocimiento. De ahí que D. Quijote afirmara que la ingratitud es «uno de los pecados mayores que los hombres cometen… ateniéndome a lo que suele decirse: que de los desagradecidos está lleno el infierno. Este pecado, en cuanto me ha sido posible, he procurado yo huir desde el instante que tuve uso de razón, y si no puedo pagar las buenas obras que me hacen con otras obras, pongo en su lugar los deseos de hacerlas, y cuando estos no bastan, las publico, porque quien dice y publica las buenas obras que recibe, también las recompensara con otras, si pudiera; porque por la mayor parte los que reciben son inferiores a los que dan, y así es Dios sobre todos, porque es dador sobre todos, y no pueden corresponder las dádivas del hombre a las de Dios con igualdad, por infinita distancia, y esta estrecheza y cortedad en cierto modo la suple el agradecimiento».

El hidalgo, con su osada gallardía, pone los puntos sobre las íes. Y denuncia que lo que nos humaniza es precisamente el sentido que poseemos de los bienes recibidos y, en consecuencia, de la importancia de la gratitud. Hoy nos lamentamos por cualquier nadería y rehusamos dar y darnos, porque no queremos «comprometernos», vivir atados. Además, la pereza nos inunda hasta los tuétanos y nos parece que los servicios que nos prestan son debidos: «Para eso le pagan». Se pierde el sentido del agradecimiento y no se da las gracias, como nos enseñaron de pequeños: ¿qué se dice?

Hay que volver a lo que se denomina filosofía del cuidado, que es interés desinteresado por los demás. Hay que aprender a donar, pero también a aceptar. Todos nos necesitamos, de un modo o de otro. Por eso se me antoja que tiene mucha razón el manchego, pues quien no reconoce lo que recibe jamás estará en disposición de dar.