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Alfons Garcia

A vuelapluma

Alfons Garcia

Algo está pasando

Villarejo JESUS HELLIN

Dice Millás que vive más en las novelas que en su habitación. Yo vivo más en los periódicos que en casa. Me da que eso explica esta acidez de estómago constante. Me gustaría estar en una novela, pero esto es lo que hay, digno casi siempre aunque no alcance la categoría de narrativa la mayoría de días. Hoy toca recoger mesa y cerrar agenda, y surge la tentación del balance. No sé si es por la rémora infantil de esperar en estas fechas la cartilla azul pálido con las notas del curso. O quizá hacer inventario de debes y haberes está en el ADN fenicio que llevamos. Quién sabe. El curso se cierra con la justicia marcando el paso de la vida política, una constante que impregna de descrédito a una democracia que le cuesta creerse que lo es. Nos los hemos ganado a pulso, se puede decir. Sí, pero va siendo hora de dejar la ciénaga atrás. No se trata de olvidar, sino de poder respirar, sabiendo que volveremos en el futuro al barro, porque la condición humana no falla, pero ahora tocaría construir para poder seguir creyendo en eso tan evanescente y necesario que podríamos resumir como el sistema.

El caso de los ERE tiene el triste valor de colectivizar la corrupción. Gürtel y ERE ponen a los dos grandes partidos ante dos lacras de origen. En Gürtel está la tentación del PP de usar lo público para favorecer a los amiguetes privados y de utilizar la contratación pública para perpetuarse en el poder. El caso ERE es la expresión judicialmente corrupta del clientelismo, un virus que ronda al PSOE desde la transición. Los mítines eran entonces un espectáculo novedoso y algunos se paseaban ufanos con el carné del partido; recuerdo que uno de aquellos apareció a los pocos días de conserje del colegio (público). ¿Son equiparables los grandes casos de corrupción de uno y otro partido? Creo que no, que una trama que afecta a la sede central del PP y a las entrañas de su dirección está en un nivel superior. Pero asumo que son casi imposibles lecturas inocentes, que cada ideología responderá diferente a la pregunta. Lo que no haría es cuestionar la justicia. Ahora menos que nunca. Por aquello de salvar algo del sistema. Si la estructura de poder judicial está politizada habrá que pactar para mejorarla, pero no demonizarla ahora.

En todo caso, tras gürteles, la ristra de decenas de casos parecidos y tras eres, cuando parecía difícil escandalizarse ya, las grabaciones del comisario Villarejo con altos mandos del Gobierno de Rajoy superan todo. Este es el curso en el que se nos cayeron algunas vendas sobre la perversión a la que puede llegar el poder. Y no solo por aquello de Trump y el Capitolio. Lo teníamos más cerca, con un estilo rancio y carpetovetónico, con aires de 13 Rue del Percebe. La construcción de informes policiales falsos y su filtración a prensa proclive para destruir enemigos y crear fantasmas sitúa nuestro pasado reciente al borde del Estado fallido. El trumpismo y el putinismo no anduvieron tan lejos. Sus cimientos son de materiales parecidos: el todo vale por el poder. Kant decía algo así como que en la naturaleza del poder está favorecer el abuso, pero estas operaciones están en una dimensión superior de iniquidad.

El curso deja la enseñanza de que tanta infamia es pasado ya para la calle. Hace un año, por estas fechas, el PP valenciano y el español cambiaban rostros porque no arrancaban la máquina, seguían en el fango, cada vez más amenazados por la extrema derecha. El mismo partido, sin cambiar siglas ni sede, sin perdón pero con líder nuevo en España, va lanzado hoy en las encuestas, mientras la izquierda parece atrapada en unas arenas movedizas donde lo que hace se ve poco porque gana el miedo a otra crisis económica de la mano de una inflación indómita. No sé si la recesión llegará ni si tendremos memoria para comparar cómo se han encarado las últimas emergencias por unos gobiernos y otros. No sé si somos una especie que necesita el cambio. O si, como dice David Trueba, admitimos a los otros solo un tiempo prudencial en el poder, pero a la que queremos al mando es a la clase adinerada y poderosa de siempre. Esto último explicaría la facilidad para el olvido, pero es una visión demasiado desencantada y triste. No sé qué pasará, pero algo está pasando porque en poco más de un año hemos dado la vuelta a la alineación política. Es significativo que prácticamente solo logren resistir los que representan en su persona un gobierno (Pedro Sánchez o Ximo Puig, en el caso valenciano).

Miro atrás y veo que casi no vemos ya la pandemia. A pesar de lo que ha sido. Quizá me equivoco al mirar atrás, pero si hago recuento personal del curso, encuentro un agujero en el alma como el de un misil ruso (otros proyectiles que hemos dejado de oír). Hubiera sido mejor que este año fuera una novela de Millás. Ojalá. Pero seguimos aquí. E intentaremos estar. Y si es posible, para defender la alegría. De las pesadillas, los miserables y las ausencias.

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