Recientemente encontré un mechero que alguien dejó olvidado en mi casa; lleva el eslogan de Teruel enamora. Verlo me inspiró la idea de realizar este artículo. Es posible que su propietario, al leer estas líneas, me lo reclame. En una España en la que algunos se empeñan en dividir, fomentando rivalidades infructuosas; Teruel y Valencia son un claro ejemplo de hermanamiento sin rivalidad. Para muchos valencianos Teruel siempre ha existido. Recuerdo de niño cuando mis padres me llevaron a pasar los veranos a Alcalá de la Selva, allí descubrí un mundo diferente al que yo no estaba acostumbrado. Los de mi generación no olvidarán la muralla, casi infranqueable, que suponía transitar por la N-234 y ascender el puerto del Ragudo. Resultaba toda una odisea familiar afrontar aquellas cuestas con el Seat 850 en los viajes vacacionales o en excursiones. Las pendientes tenían curvas cerradas y peligrosísimas en las que había que pitar por si venía algún vehículo de frente. De alguna de ellas incluso se contaban leyendas. Las vistas desde la carretera eran extraordinarias. Coronado el Ragudo, en las rectas de Barracas se nos ofrecía un paisaje diferente en cuanto a cultivos y vegetación. Aquellos páramos y planicies turolenses con mares de trigales y de cereales me sorprendían. Camarena de la Sierra, la Virgen de la Vega, Orihuela del Tremedal o Bronchales, verano tras verano, se llenaban de valencianos dispuestos a encontrar el descanso merecido. Muchos amantes del esquí pudimos realizar nuestros primeros pinitos de este bello deporte bajando las laderas de Valdelinares o de Javalambre. Las montañas de Teruel se convirtieron en nuestras montañas, al igual que para los turolenses sus playas son las valencianas.

Teruel existe en la vida diaria de muchos valencianos por la vinculación que se establece entre las gentes del Rincón de Ademuz o del Maestrazgo con la provincia turolense. Entre ambas comunidades se comparten servicios, prefijo telefónico, comunicaciones e incluso tradiciones. Un ejemplo de cooperación es la Sanidad; cuando algún enfermo se pone grave, la única ambulancia que existe en todo el Rincón lo lleva al Hospital Obispo Polanco de Teruel. Es el caso reciente de Francisco Casino, que se siente enormemente agradecido por el trato que le está dispensado el equipo médico de dicho hospital. Turolenses y valencianos están especialmente vinculados entre ellos por lazos de sangre. La intrahistoria de esta comarca está llena de matrimonios que se formaron entre gentes de Libros, Villastar o Villel con personas de Vallanca, Torrebaja o Ademuz.

La despoblación es el grandísimo problema que afecta a la encrucijada de los tres reinos. Para combatirla se necesitan soluciones valientes. Las administraciones deberían preguntarse seriamente si se quiere mantener el medio rural con población. Si la respuesta es afirmativa la mejora de las comunicaciones es clave. Muchos habitantes del Rincón se ven obligados a vivir en Teruel ya que la A-40 que une Torrebaja con esta ciudad es una vía peligrosísima. Se trata de una carretera decimonónica, pensada para diligencias, carece de arcén y soporta mucho tráfico de camiones. Javier, Fina, Paco, Manolón, Mari Paz, Vicenta o Carlos son ejemplos de personas que mejorarían sus vidas si se modernizara la carretera.

Teruel, el Rincón y el Maestrazgo han existido, existen y existirán siempre y cuando ayudemos a sus gentes a vivir dignamente dotándoles de buenas infraestructuras y de conexiones digitales a la altura de los tiempos. Quitemos trabas para que los jóvenes puedan desarrollar proyectos de vida y bonifiquemos fiscalmente a las personas que viven y trabajan en el medio rural. Las buenas intenciones deben de dar paso a los hechos para combatir la despoblación y vivir en un mundo más sostenible.