Ya sé que estamos en València y que esta columna debería recrear aspectos relacionados con la misma y sus alrededores, algo que intento hacer, suelo hacerlo, si bien a veces me salgo por una espita y acabo en otra dimensión ajena a lo valenciano, y entonces hablo de temas nacionales e internacionales, hablo de París o del frío o del sentido de la vida.

Eso mismo me ocurre hoy, en este instante en el que tecleo y quiero hacer mención a esa página en Internet de nuestro Ayuntamiento en la que el ciudadano puede reclamar, pero que ya no funciona, o no me ha funcionado a mí, aunque sí lo hizo en otras ocasiones. Pasan los días desde mi ruego, más de veinte, y algunas farolas de mi calle siguen apagadas. Parece queja mínima y pequeñoburguesa, pero esa página en cuestión se diseñó específicamente para que cualquier ciudadano pudiera recurrir a ella ante temas vinculados con la jardinería, el alumbrado, la limpieza, el ruido y otros desajustes urbanos. Pero, de golpe, digo, se me ha cruzado la Argentina, el país. ¿Y por qué ha sido? Por el aniversario de la muerte de Eva Duarte. Prensa escrita, la tele y la radio, con longitudes de metraje diferentes, han dado cuenta de quién fue Eva, de su viaje a España (la visitó en verano y con abrigo de pieles), de Eva y los descamisados y de cómo fue vencida por el cáncer a los 33 años. Recuerden, y no es leyenda, cómo aparecieron aquel 26 de julio de 1952 grafitis antiperonistas en Buenos Aires que gritaban ‘Viva el cáncer’. Terrible, ¿no?

Por la Argentina siento lo que se dice verdadera pasión. Una pasión amorosa que no es normal, lo confieso. ¿De dónde me viene esa pulsión? Me viene por el empuje inicial de la literatura, no necesaria de la literatura solemne. Mi primera relación más o menos consciente con lo argentino fue a través de Quino y su Mafalda, esas tiras que empezaron a publicarse en España en el 72, de las que al principio me desubicaban el voseo y sus giros inesperados, la expresión desafiante del ‘idioma argentino’. A la par, Roberto Arlt, Leopoldo Marechal, Jorge Luis Borges, Julio Cortázar, Adolfo Bioy Casares y Osvaldo Soriano, por citar solo una nómina de escritores, sin escritoras, pero así fue mi aprendizaje en aquella España del tardofranquismo. Aparte de Mafalda y esos narradores, es cierto que yo, acá, por esas fechas, ya había probado el mate. Me lo ofreció la madre, porteña ella, de un amigo: cebó con la bombilla y sorbí. Hay que señalar que, en vez de agua, como lo he tomado luego en el país austral, la buena mujer había puesto leche para restarle aspereza. Una buena intención.

Es recurrente, espero que se me perdone por lo facilón, pero me viene al anillo la frasecita del personaje de Vargas Llosa, aquella de cuándo se jodió el Perú. ¿Cuándo le ocurrió lo mismo a la Argentina? ¿Cómo es posible que con esa fauna y flora extraordinarias, con la agricultura y minería y ganadería, con petróleo, manufacturas y turismo, con esa creatividad, con la envidiable cultura que arrastra, cómo es posible, remarco, que se halle desde hace cuarenta años en unas condiciones sociales y económicas que amenazan permanentemente con hundir el país, como ellos dicen, en el default? Acabo de leerlo de nuevo hace un minuto.

Cuando el emigrante europeo a principios del siglo XX se dirigía a América dudaba en acceder por el norte, por Ellis y Nueva York, o por Puerto Madero, primero, luego por la Boca, Buenos Aires. Tal era el índice de oportunidades sociolaborales que brindaba tanto el norte como el sur del continente a italianos, españoles, alemanes o polacos. Valga un dato, en los años 20 y 30 en Buenos Aires se editaban diarios con tiradas de cien mil ejemplares. Una constatación: solo hay que entrar en las fotos de Horacio Coppola para extasiarse ante aquellas avenidas (Corrientes, Alvear), las calles (Melián, Arroyo), edificios (Kavanagh) y teatros (Colón), ante los cafés (Tortoni), donde sientes realmente, ahí una paradoja, una América europea. Pero en el siglo XX, la Argentina sufrió seis golpes de estado entre 1930 y 1976, siendo el último el más cruento, si es que es posible categorizar por calibre la violencia de esta índole ejercida sobre una sociedad, el más siniestro de todos, el de Videla. Y en la crisis frenética de diciembre de 2001, en pleno verano, cinco presidentes pasaron por la Casa Rosada en once días. Terrible también, ¿no?

Pero la Argentina es más que los militares malos y los malos políticos, la Argentina es más incluso que el mítico Buenos Aires. La Argentina se desdobla en los alfajores Havanna, en el Mar del Plata, en la cerveza Quilmes, en Patoruzú, también en las vacas Hereford, en las medialunas tostadas en su lomo, el Martín Fierro, los bizcochos Canale, Gardel, la milanesa con papa frita, el sodero, César Milstein, El Gráfico, las empanadas, la Hesperidina, el sanwichito de miga, el dulce de leche Chimbote y, sobre todo, la Argentina es el argentino íntegro, que es la inmensa mayoría de ellos, de esos que sienten de verdad la vida en celeste y blanco. Va por ellos este afecto. Y por la mujer que me suavizó la yerba con leche hace un millón de años.