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Juan José Millás.

No mandamos nada

Vladimir Putin

De modo que Putin tiene el interruptor con el que se apagan y encienden los escaparates de las tiendas del mundo libre. Ahora ha decidido apagarlos a partir de las diez de la noche. Miedo dará asomarse a ellos y ver a los maniquíes y a las maniquíes entre las sombras. Maniquíes mudos, oscuros, tenebrosos, como el autócrata ruso. Putin se despierta, observa el cuadro eléctrico de Europa, que tiene al lado de la cama, y hoy decide apagar la Torre Eiffel y mañana la Puerta de Alcalá. Ignorábamos que quedaban tan lejos los interruptores que apagaban y encendían nuestras vidas, y no solo tan lejos en la distancia física, sino en la emocional. Me pregunto ahora de dónde viene la cera de las velas, por si hubiera que regresar a ellas.

Entre tanto, algo de la luz interior de cada uno de nosotros se extingue también. Al pasar de noche por delante de los escaparates de El Corte Inglés o Zara, el cristal reflejará un yo oscuro porque también Putin maneja la iluminación de los yoes occidentales. Pero no lo llamen ustedes oscuridad, llámenlo ahorro energético. Personalmente, he desconectado la bombilla del interior de la nevera para que mis alimentos adquieran la calidad de bultos del resto de la realidad. La mano tantea los yogures y los quesos y las frutas y las verduras… Ahora es la mano la que ve. El tacto, como sentido, resulta más barato que la vista. No nos habíamos dado cuenta de que hay sentidos más baratos que otros. El oído tampoco gasta apenas luz. Es de esperar que Putin no maneje también el cuadro eléctrico del gusto y el olfato.

¿Pero qué fue de los yates y de las mansiones y de las obras de arte confiscadas a los magnates rusos? En teoría, eran interruptores con los que los desenchufábamos del Kremlin, aunque parece que continúan adheridos a él. Quizá eran menos mansiones y yates de los que nos dijeron o quizá eran menos magnates de los que creíamos. La capacidad de Putin para manejar a distancia nuestra iluminación nocturna es una metáfora de los hilos invisibles que manejan nuestras existencias. Unos hilos, los exteriores, los mueven la publicidad y los bancos; otros, los interiores, el mundo subconsciente, que está lleno de sombras, como los escaparates de las tiendas de lujo de Madrid o Berlín. No mandamos nada en nosotros. No decidimos nada.

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