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Martí

La espada de Bolívar

Ceremonia de investidura de Gustavo Petro como presidente de Colombia EFE/Mauricio Dueñas Castañeda

Pocas horas después que el rey Felipe V permaneciera sentado ante el paso de la reliquia de la espada de Simón Bolívar en Bogotá, un poco más al norte, el FBI registraba la mansión de Donald Trump en Palm Beach (Florida). La actualidad es una serie de Netflix y la realidad supera siempre a la ficción, sobre todo en América, la auténtica fábrica de relatos mágicos, como evidenciará Cien años de soledad, proyecto que el gigante audiovisual ha retomado con la producción ejecutiva de los hijos de Gabriel García Márquez. Los herederos del Nobel han impuesto que el rodaje sea en Colombia y en español, así que Netflix será más efectiva en la reivindicación del panamericanismo que el vestigio del libertador bolivariano. Hay que ser un experto en literatura del boom para comprender como el primer presidente de izquierdas salido de las urnas colombianas se empeñó en sacar a pasear un sable del siglo XIX. No imagino a Yolanda Díaz, en el caso de hacerse un Gustavo Petro, poniendo a desfilar una urna con un manuscrito de Federico García Lorca portada por guardias civiles en traje de gala.

Todo apunta a que el jefe del Estado cumplió el protocolo porque la espada de Bolívar no es un «símbolo oficial», lo cual habla mucho a favor de nuestro fervoroso respeto a las relaciones diplomáticas, aunque los mismos tertulianos que defienden la actuación del monarca en Bogotá, critican a la reina Letizia por no persignarse en la catedral de Palma. Los detalles sí que importan, como saben los mejores guionistas. Algunos incluso juegan al despiste como en Collateral, un thriller sorprendente. Una miniserie británica de cuatro capítulos que vale la pena revisar en estas noches de insomnio ecuatorial. Cuenta la investigación de un asesinato en la zona sur de Londres, con una galería de personajes que va desde una vicaria anglicana lesbiana a un repartidor de pizza paquistaní, pasando por una capitana del ejército o un diputado laborista crítico con el aparato de su partido. Serie cortita y sin muchas tonterías.

Lo que está por ver es si Netflix se atreverá con una saga sobre los últimos días de Trump en la Casa Blanca, con asalto al Capitolio incluido. Mientras tanto, hay que ver La ley de Comey, basada en el libro A Higher Loyalty del exdirector del FBI James Comey, donde el protagonismo recae en Donald Trump (Brendan Gleeson) y sus sucias y turbias maniobras para ganar a Hillary Clinton, así como la desfachatez de sus primeras decisiones en el despacho oval. Sin duda, algo más entretenido, incluso para los feligreses bolivarianos españoles, que esa fugaz procesión de la larga espada libertadora por la Plaza de Bolívar, con unos honores similares a las de una cofradía nazarena. Petro se ha revelado como el máximo mandatario de la nueva beatería de izquierdas. Cojan asiento.

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