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Emma Riverola

NOCHES DE VERANO

Emma Riverola

Esperas nocturnas

Mis dos partos fueron programados. Un día fichas en el trabajo y, al siguiente, en un hospital. Entre medio, una noche de espera. En mi caso, dos noches de verano. Horas de incertidumbre en las que la mente trata de comunicar a los cuerpos que el día D y la hora H es inminente. Pero nada, no se enteran. La madre se hace la longuis y el feto sigue atrincherado tras la barricada. No nos moverán. Y nada es como en las películas. No hay rotura de aguas en medio de la cena ni parturienta que grita agarrándose la barriga exagerada ni novio histérico que corre arriba y abajo sin acertar la puerta de salida. Despertador, ducha, canastilla bajo el brazo y contención. Sobre todo, contención. Como si una pariese cada día. Uf, qué calor. Sí, vaya veranito. Lo que nos espera…

Y lo que llega nunca acaba de ajustarse a lo imaginado. Porque la espera pare sus propios miedos, incertidumbres y anhelos. En esas pocas horas de noche da para repasar nueve meses de embarazo y años de vida. Porque lo que va a ocurrir va a cambiártela por completo. En la vigilia pliegas la libertad de ser una y extiendes unas nuevas alas. Al principio volarán torpes, lo sabes. Y oscilas entre el tremendismo y la cursilería más almibarada. No quieres imaginar, pero lo haces. ¿Cómo será tocarle? Espera preñada de vida.

Pero, a veces, la espera nocturna también se preña de monstruos. Vigilias de guerras. ¿Cómo duermen o velan los que están a punto de cometer una masacre? ¿Se puede conciliar el sueño antes de dar una orden de muerte?

La cama se mantiene incólume. El cabecero y el armazón han resistido, inasequibles al desaliento. La madera es tan recia que no ha sufrido el ataque de las termitas. Ni los bichos se atreven. El colchón, sí, claro. Este ha habido que ir cambiándolo. Por alguna razón, a algunos de los huéspedes que ocuparon la habitación les gustaba saltar sobre esa cama. Que salgan los demonios. En la habitación número 3 delHotel Madrid de Las Palmas de Gran Canaria durmió Francisco Franco la noche del 17 de julio de 1936. La decoración se mantiene, más por molicie que por conciencia histórica. Como esa cómoda de madera que llevaron a petición de Franco, necesitaba un escritorio y una lámpara para escribir. El mueble resultó tan pesado que ahí se quedó.

Por la tarde, había departido con jefes militares. Se retiró pronto a la habitación. Allí recibió la notificación del inicio de la sublevación. A las cinco y cuarto de la mañana del 18 de julio suscribió el Manifiesto de Las Palmas: «Sabremos salvar cuanto sea compatible con la paz interior de España y su anhelada grandeza, haciendo reales por primera vez y en este orden, la trilogía: fraternidad, libertad e igualdad. Españoles: ¡Viva España! ¡Viva el honrado pueblo español!». Y abandonó el hotel.

En esa noche de verano, se parieron cientos de miles de muertos. Entre 1936 y 1939, la sobremortalidad en España fue de más de medio millón de personas. La natalidad fue de 576.000 nacimientos menos de lo esperable. Eso por no hablar de la represión y la honda miseria de la larga y oscura posguerra. ¿Llegó a imaginar Franco, en algún momento de aquella noche, la magnitud del baño de sangre que estaba alumbrando? Una espera preñada de muerte. Una España que, décadas después, aún sigue mostrando las heridas abiertas de la memoria.

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