En los primeros partidos de fútbol que veíamos en la tele siempre estaba nevando. Los jugadores eran como un copo más de los que llenaban la pantalla. Sólo había televisores en los bares de Llíria. Recuerdo una noche en el Juanito: abarrotado el local para ver y escuchar a Adamo y sus canciones. Y otra en que la pandilla dejamos a mitad Pierrot el loco, la película de Jean-Luc Godard, y nos bajamos al bar del cine San Miguel porque los Animals cantaban La casa del sol naciente en el blanco y negro de algún programa musical. ¡Qué tiempo tan feliz!, como la canción de Mary Hopkin aquellos días en que los perros andaban por las calles atados con longanizas. No sabíamos que las longanizas eran de pega y que las de verdad se las comían a dos carrillos los que tantos años después se las siguen comiendo como si los tiempos, en algunas cosas, no hubieran cambiado demasiado. A lo mejor, en aquellos televisores, aparecía cuando jugaba el Valencia un futbolista que se llamaba Roberto. Entonces los partidos se jugaban los domingos. Los nuestros también. El Bar Juanito era nuestra guarida. Ahora esa guarida ya no existe y forma parte de una memoria casi juvenil donde no existía el colesterol colectivo y el corazón latía con la arritmia propia de los amores primeros, vividos, eso seguro, con idénticas dosis de apasionamiento y de torpeza. Por cierto, de la película de Godard no entendimos ni papa.

Las alineaciones tenían un sistema fijo: portero, cuatro defensas, dos medios y cuatro delanteros. El famoso 4-2-4. El gol era la esencia. Hace poco leí un libro de homenaje a un presidente del Osasuna que fue asesinado después de la guerra por su republicanismo. Pues bien, en los primeros tiempos del club el sistema de juego era para enmarcar: portero, un defensa y nueve delanteros. No había bastantes números en el marcador para anotar todos los goles del partido. El fútbol era otra cosa. Seguramente, salvo excepciones magistrales, no había tanta clase en las canchas, tantas maneras exquisitas de mover el balón como ahora. Tampoco había tanto dinero de por medio. Lo que había era genio, fuerza, ganas de comerte la tierra de los campos en los pueblos y el césped muchas veces irregular de los estadios. Ahí empecé a ver cómo en el terreno de juego Roberto Gil hacía más quilómetros que Jacques Anquetil por las intrincadas carreteras del ciclismo. Había heredado el puesto del mítico Antonio Puchades cuando apenas tenía veinte años. Y cumplió a la perfección el compromiso a que esa herencia lo obligaba. Era Roberto lo que podríamos llamar un obrero del fútbol. Currante los noventa minutos, entregado al trabajo común, entusiasta como si durante toda su larga vida deportiva hubiera seguido teniendo veinte años.

Hace mucho que el fútbol me aburre. Ya no vale marcar goles, sino que no te los marquen. Eso no es fútbol. Eso es no arriesgar el salario, que es como el salario del miedo en vez del que debería pagarse por convertir cada partido en una fiesta. La nieve de las pantallas televisivas se fue abriendo y poco a poco las imágenes adquirían una nitidez que nos parecía deslumbrante. En varias ocasiones -no muchas- estuve con Roberto Gil cuando ya hacía tiempo que se había retirado. Hablamos de muchas cosas y siempre me quedaba con esa manera suya de convertir el fútbol en una lección de vida cuando yo apenas había superado la adolescencia. Aunque nacido en Paterna, pronto se fue con su familia a vivir en Riba-roja de Túria, muy cerca de Llíria y Vilamarxant, los pueblos donde fui viviendo esos años. Su padre fue represaliado tras la guerra por ser partidario del Frente Popular y él mismo se consideraba socialdemócrata. Una persona moderada, dijo en alguna ocasión. No lo sé. Nunca hablamos de eso. Hacía siglos que no sabía nada de su vida. No me muevo en los ambientes futbolísticos. Creo que la última vez que estuvimos juntos fue en Gandia, cuando mi amigo Joan del Alcázar dirigía la Universitat d’Estiu y organizamos un debate sobre el mundo del fútbol en el que fue él uno de los protagonistas. De eso hace ya muchos años. A ciertas alturas de la edad, de todo hace ya demasiados años.

Ahora leo en este periódico que Roberto Gil se nos acaba de ir recién cumplidos los ochenta y cuatro años. Dicen las crónicas deportivas que ya se ha convertido en una de las leyendas del València CF. Creo, sin embargo, que es uno de los futbolistas más de verdad que he conocido nunca. Y estoy convencido de que Roberto superará los límites de credibilidad que muchas veces imponen las leyendas. Para mí siempre será ese obrero del fútbol que no tenía bastante campo para recorrerlo entero todos los domingos. Con el nervio que le ponía al juego, no sé si podrá quedarse quieto en esa cancha a la que se acaba de mudar hace unos días. Desde ese aburrimiento mío delante de un televisor sin nieve en la pantalla, te mando un abrazo grande, mi querido futbolista. Y que no pares de correr, como hacías entonces, ¿vale? Que no pares de correr.