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Isabel Olmos

He llorado como un niño

Desde que salió de València y llegó a Bejís, José estuvo todo el rato «llorando como un niño», como ese pequeño aterrado que se dirige a un escenario incierto en el que puede que nada de lo que recuerde y ame quede en pie.

José Belmonte, en el salón de su casa familiar en Bejís. Gabi Utiel

No sé si a ustedes les sucederá, pero yo por las noches me pongo bastante trágica. La oscuridad de la habitación, el silencio general y la ausencia del tráfico mental propio del día abren frente a mi enormes autopistas de imaginación donde todo lo peor que podría suceder, sucede. Accidentes, abandonos, muertes, enfrentamientos... Y sufro, no crean. Sufro muchísimo. Me imagino perrerías infinitas o situaciones limites en las que, por ejemplo, voy perdiendo todo lo que tengo hasta que quedo desahuciada. En la calle. Luego intento poner soluciones a esta trastornada deriva -insisto, imaginaria- como hacen Randall y Beth Pearson en This is Us, donde siempre crean en su mente algo peor de lo que sucede de verdad para quitarle peso a la situación real.

La verdad es que esto, lo de imaginarme sola y desamparada, lo temo desde pequeña. A veces mis padres tenían que venir a la habitación porque mis sollozos traspasaban la puerta cerrada. «Pero qué sucede?» me preguntaban atónitos. El día había ido aparentemente bien, sin novedad en el frente más allá de los habituales malos momentos diarios a los que me sometían en la escuela por ser una niña con sobrepeso. Pero incluso con eso, con esa violencia que me acompañó muchos años, en general era feliz. Así que no había motivo para semejante disgustazo así, de sopetón, cuando ya habíamos cenado tranquilamente en buen ambiente. «Es que no quiero que os muráis» , contestaba yo, entre lágrimas. Recuerdo el desconcierto de mi madre ante el hecho de que alguien le espetara, de repente, a medianoche y en camisón, que iba a morirse. A ver, esto sucedería algún día, pero esperaba que no ahora, me respondía con cierta incomodidad.

Sea como fuere, este tormento infantil en el que mi hermano y yo nos quedábamos huerfanitos e íbamos de casa en casa como plantas sin raíz me persiguió mucho tiempo. Ya de adulta, tras haber leído un poco y escuchado a amigas muy inteligentes que ven conexiones por todos lados, me percaté de que quizás tampoco era un pensamiento tan ajeno a mi teniendo en cuenta la gran cantidad de familiares que se habían quedado huérfanos de verdad por la guerra civil o por enfermedades varias, o que habían sido criados en instituciones, ya fuera por orfandad o por falta de recursos a pesar de tener padres. La semilla de la memoria, efectiva y letal, estaba ahí haciendo su faena. También con el tiempo me di cuenta que lo que subyacía a la idea de perder a mis padres era perder, realmente, mi mundo entero en ese momento en que la vida solo acaba de arrancar. 

Recuerdo el desconcierto de mi madre ante el hecho de que alguien le espetara, de repente, a medianoche y en camisón, que iba a morirse.

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En todo esto pensaba mientras contemplaba una desoladora fotografía en la que José Belmonte, vecino de València que regresó el sábado por fin a la casa familiar en Bejís, recorre las estancias de la vivienda, negra por las llamas de un incendio que se lo ha llevado todo por delante. A mi compañera Carla Melchor, José le cuenta que, desde que salió de València y llegó a Bejís, estuvo todo el rato «llorando como un niño», como ese pequeño aterrado que se dirige a un escenario incierto en el que puede que nada de lo que recuerde y ame quede en pie. Imagínense el miedo y la tristeza de José, imagínense como el corazón se va partiendo a cada metro, a cada árbol, a cada prueba que constata que el desastre ha ocurrido; imagínense que ese lugar maravilloso en sus vidas, ese enclave que todos tenemos, ese refugio donde su alma se expande, un día ya no existe. Como esa Nada que retrataba Michael Ende en su maravillosa Historia Interminable, devorando a su paso todo un mundo repleto de vida y pequeños seres.

«He llorado como un niño mientras volvía a Bejís» decía José. Y pienso en tantas y tantas personas que han llorado como niños este verano, personas que han perdido sus casas, sus montañas, sus animales y parte fundamental de su identidad pasto del fuego. Algunas, con el paso de tiempo, podrán construir de nuevo lo perdido y sembrar nuevos árboles donde ahora solo hay tierra quemada, pero no puedo olvidar la reflexión que hacía un fiel lector de este periódico, ya mayor, en una carta: «Dicen que todo volverá a ser como antes en 30 años, el periodo necesario para que todo vuelva a crecer. Pero yo ya no lo veré, no tengo tanto tiempo. No veré mi pueblo recuperarse de este golpe. Lo recordaré como era». Y ahí, que les voy a decir, fui yo la que lloré como una niña. La niña que, privilegiada y mimada, a pesar de sus terrores nocturnos no ha perdido hasta ahora lo que tanto le quitó el sueño. 

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