Opinión

Periodista
La grandeza de Lato
Su gol frente al Getafe fue una genialidad que queda ensartada de un alfilerazo en el mapa de la memoria del valencianismo

Toni Lato celebre su gol gol ante el Getafe / Francisco Calabuig
Toni Lato ya no es aquel niño que empezó a jugar en el Atlético Vallbonense de la mano de su abuelo Manolo, un entrenador que respiraba fútbol por todos sus poros y que transmitió con amor la pasión por el fútbol a su nieto. Tanto es así que, ya siendo jugador del Valencia CF, Lato acudía en verano al Polideportivo Mas de Tous para mantener la forma física antes de iniciar la pretemporada en Paterna y no le importaba correr ni pelotear junto a los chavales que entrenaba su abuelo.
Lato tampoco es aquel jugador que acabó en el PSV Eindhoven de Holanda y luego en Osasuna, dos cesiones inciertas en las que buscaba averiguar quién era realmente como jugador. Ni tan siquiera es el mismo jugador del último día de mercado, cuando Gennaro Gattuso le pidió que se quedara ante la posibilidad de marcharse cedido al Getafe. Y desde que se quedó con Gattuso ya no es el mismo.
No es el mismo directamente porque no se pliega ante el miedo absoluto de la presión, se crece ante la dureza de sus lesiones e invierte el verano en recuperarse al cien por cien antes que acudir a algún destino paradisíaco.
El lateral zurdo de la Pobla de Vallbonatampoco es el mismo tras su partido el pasado domingo frente al Getafe, donde se reveló como un líder al que le sobra seriedad y compromiso con el mismo brazalete de capitán, de extraña fuerza hercúlea, que también llevaron Puchades o Albelda.
Y su transformación como futbolista la hizo con ese Mestalla anochecido que siempre se desparrama en bendita locura cuando se pone por delante del marcador. Y lo hizo gracias a él con un gol que fue un trallazo a la escuadra. Sin trueno ni relámpago. Pero un derechazo repentino con ese tacón majestuoso previo para dejar sentado al defensa que fue la imagen de un relevo generacional que lleva tiempo mascándose y que ya es un hecho consumado. Una genialidad que lo revivió como futbolista y que queda ensartada de un alfilerazo en el mapa de la memoria del valencianismo. Y en la suya, claro. Porque la ovación con la que le despidió Mestalla cuando fue sustituido sella el lazo definitivo del amor correspondido.
Mientras el equipo de Gennaro Gattuso esbozaba la posibilidad de un estilo de toque que duerme la pelota hasta hipnotizar al rival con un péndulo, brotaban los destellos de sol en los cristales de un supuesto invernadero. Mientras el Getafe parecía un grupo de voluntarios reclutados mediante sorteo, Lato almacenaba en su mente esos recuerdos reales del domingo por la noche que ya han ocupado el lugar de los sucesos imaginados y soñados.
La grandeza de Toni Lato es su evolución desde el barro del banquillo, las cesiones y las lesiones. Lograda a base de humildad y sentiment y aupada con la fuerza de la memoria de su abuelo Manolo, aquel entrenador que no lo vio debutar en Primera División pero que le enseñó el sacrificio desde la banda de los campos de Mas de Tous.
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