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Juan Lagardera

no hagan olas

Juan Lagardera

Pompa británica al servicio de la política

Hasta que no vi The Crown no alcancé a comprender por qué mi padre guardaba en su biblioteca un ejemplar de Life con una página desplegable a todo color de la familia real británica. Un gran formato del clan Windsor Sajonia-Coburgo, o sea, con primos, tíos, sobrinos… y demás miembros posando en una foto oficial tras la ceremonia de coronación de la reina Isabel II. Corría el año 1953, el mes de junio.

Cierto que mi padre era un anglófilo empedernido. Aprendió inglés en solitario, con una pequeña colección de discos didácticos, leía libros de bolsillo de Penguin y se carteó durante lustros con un señor de Derby al que no sé cómo conoció. Solo estuvo una vez en Londres con la familia Mahiques de Xàtiva y volvió fascinado. Le escribió a Winston Churchill por su cumpleaños en 1960, explicándole su ilusión por una democracia española, y el exprimer ministro le contestó de su puño y letra dándole las gracias. Sin más. Un año y pico después tuvo lugar el Contubernio de Munich. Y en el 63 aparecería el primer número de Cuadernos para el diálogo, al que nos suscribimos en casa.

Pero aquella foto tan monárquica archivada por un azañista como mi padre, no cuadraba. De hecho, representaba algo más. La coronación de la reina de Inglaterra fue el primer acontecimiento retransmitido en directo por la televisión en todo el mundo. Provocó un terremoto mental difícilmente detectable por las generaciones futuras que ya vivimos el fenómeno televisivo con normalidad. Mi padre no guardó un recuerdo monárquico, sino un acontecimiento civilizatorio, un nuevo eslabón mental. Tal vez por ello casi nunca se quedó en el salón de casa a seguir los programas de la tele y prefería refugiarse a leer en una pequeña salita atestada de libros, revistas y periódicos.

El boato, la legendaria pompa británica encontraba un aliado inesperado en la televisión. Lo hemos visto estos últimos días y lo veremos aún más mañana lunes cuando el cortejo fúnebre isabelino recorra el trayecto londinense desde la abadía de Westminster hasta el castillo de Windsor. Treinta y seis kilómetros de calles llenas de público para contemplar un desfile a la británica: ordenado en toda su cadencia, riguroso en todos los detalles y uniformes, emotivo por la musicalidad de los gestos y sones que se oirán durante horas.

Con todos los detalles perfectamente captados por la BBC. Y no es de extrañar, la televisión pública británica, lo han desvelado recientemente, lleva tiempo dedicando al menos un día al año a los preparativos para la retransmisión de un funeral real, televisando un simulacro. Complemento catódico necesario a los preparativos que la propia Casa Real tiene planificados al milímetro, incluyendo el tweet con el que se anunció el fallecimiento de la reina. Los expertos palaciegos de Buckingham le asignan nombres de puentes de Londres a los distintos operativos funerarios de cada miembro de la familia real que puede contar con ese nivel de ceremonial.

No se trata de un recreo ni de una exaltación monárquica por más que lo parezca. La pompa del desfile es una herramienta política de primer orden como instituyeron los patricios romanos desde tiempos republicanos. Mucho antes, el libro egipcio de los muertos ya dibuja un largo cortejo religioso. Y el año pasado, sin ir más lejos, el Gobierno de Egipto organizó una especie de charada televisada a todo el planeta con motivo del traslado de una veintena de momias faraónicas al nuevo museo arqueológico.

Aunque para desfiles, los nuestros. Los religiosos andaluces y los festivos valencianos, de la Ofrenda a la Virgen a las paradas de Moros y Cristianos, de la procesión cívica del 9 d’Octubre que instituyó Alfonso el Magnánimo al sacro teatro paseante del Corpus. Los valencianos, y en particular la ciudad de València, construyen su identidad sobre la fiesta que se desfila. Lo cuenta en su libro el medievalista Rafael Narbona, La ciudad y la fiesta; del siglo XIII al XV las procesiones marcan el ritmo de la vida en Valencia.

Así pues, los cortejos vienen de lejos, y en la Gran Bretaña, de algún modo, lo que observamos hoy es una sociedad que ha sabido (o podido) mantener vivas las tradiciones sin renunciar a la modernidad, no sin tensiones (recordemos a los Sex Pistols). Se trata de acomodar los elementos históricos al presente para utilizarlos en beneficio de la cohesión social y de las naciones que constituyen su Reino Unido. No es nada gratuito que los varones de la familia real siempre se vistan con el ‘kilt’ escocés cuando es necesaria la gala o que el nuevo monarca, Carlos III, sepa expresarse en gaélico y se haya vuelto ecologista. Puede que tampoco lo sea el hecho de que Isabel II haya expirado en Balmoral, en las tierras altas de Escocia, y sus restos mortales hayan recorrido en furgón media Escocia hasta llegar a la Royal Mile de Edimburgo.

En cualquier caso, los problemas políticos no se solucionan solo con aparato y cortejos. Hace falta bastante más, desde luego. Así lo cuenta otro texto, luminoso, de la norteamericana Barbara W. Tuchman, Los cañones de agosto, con el que ganó un Pulitzer y en el que narra los acontecimientos que desencadenaron la Primera Guerra Mundial. El ensayo es célebre también por la descripción de unas exequias. Transcribo su arranque: «Era tan maravilloso el espectáculo aquella mañana de mayo del año 1910, en que nueve reyes montaban a caballo en los funerales de Eduardo VII de Inglaterra, que la muchedumbre, sumida en un profundo y respetuoso silencio, no pudo evitar lanzar exclamaciones de admiración. Vestidos de escarlata y azul y verde y púrpura, los soberanos cabalgaban en fila de a tres, a través de las puertas de palacio, luciendo plumas en sus cascos, galones dorados, bandas rojas y condecoraciones incrustadas de joyas que relucían al sol».

Esos reyes eran el sucesor Jorge V (abuelo de Isabel II), su primo hermano el káiser alemán Guillermo II, el rey danés Federico, el griego Geórgios, Haakon de Noruega, Fernando de Bulgaria, el último rey portugués Manuel II, y el monarca español Alfonso XIII con apenas 24 años, a quienes seguían multitud de altezas y príncipes reales de todos los países del mundo, incluyendo el hermano del emperador del Japón y otro hermano del zar de Rusia. Casi todos ellos eran familiares, descendían por diversas ramas genealógicas de la reina Victoria de Inglaterra. Apenas cuatro años después de verse en Londres se enfrentarían en una encarnizada guerra, una de las más salvajes que se recuerdan.

El discurso de Von der Leyen apunta a que la UE no solo no cederá ante el «chantaje energético», sino que pasa a la ofensiva. Se va a por el enemigo y se quiere hacer mostrando firmeza en las medidas y dureza en las formas

Esta semana ha sido una de las más importantes en el entorno comunitario. Parlamentarios y comisarios, medios de comunicación y lobis, todo el mundo se reúne en Estrasburgo para debatir sobre el programa político propuesto por la Comisión Europea de cara al curso que ahora comienza. En esta ocasión, las cuestiones que se han abordado se han centrado, fundamentalmente, en torno a la presencia de la guerra, de nuevo, en territorio europeo.

Si bien es verdad que la guerra nunca estuvo ausente del panorama internacional, no es menos cierto que el mito de la integración se ha sostenido sobre los mimbres de la construcción de la paz en Europa. La guerra ha quedado oculta a los ojos de las élites políticas comunitarias, a pesar de que los conflictos nunca han desaparecido. Así, la situación de guerra por la que atraviesa el continente y las respuestas que se hayan dado o se vayan a dar en el futuro para responder a la agresión rusa en Ucrania eran ineludibles en el discurso que planteó Ursula Von der Leyen. Y así, comenzó «nunca se había debatido en este Parlamento con una guerra en suelo europeo». Y sobre esta entradilla continuo su línea argumental sobre el bloque dedicado a la firmeza que debe mantener la UE frente a la amenaza rusa, «las sanciones están aquí para quedarse, es momento de resolución, no de apaciguamiento».

Esta frase constituye en sí misma un lema de trabajo con el que se pretende mostrar ante el mundo, pero sobre todo ante Rusia, que la UE no sólo no cederá ante el «chantaje energético», sino que pasa a la ofensiva. Ya no se trata solo de defenderse, sino de ir a por el enemigo y lo quiere hacer mostrando firmeza en las medidas y dureza en las formas. De hecho, en esta parte de su intervención, Von der Leyen desplegó su cara más política y asertiva haciendo suya la doctrina de la paz democrática. Se reafirma así la apuesta por una Europa geopolítica sostenida sobre dos asunciones: la primera, que esta guerra tiene un carácter existencial para la UE; la segunda, que es una lucha entre el bien y el mal, entre la democracia y la no democracia, «es una guerra contra nuestro futuro, se trata de la autocracia contra la democracia». En ese momento, probablemente, se olvidó de los acuerdos que Bruselas está firmando con distintos países que no se distinguen, precisamente, por sus rasgos democráticos. Quizás habría que recordarle el firmado con Azerbaiyán, país que justo en estas horas ha lanzado un ataque contra Armenia. 

Y si durante su apartado dedicado a la guerra la asertividad fue la tónica, no lo fue tanto cuando se abordó la cuestión del Estado de derecho, tema del que intentó pasar de puntillas con alguna frase grandilocuente como poner en marcha «un pacto para la defensa de las democracias», pero sin contenido real. Por suerte, el Parlamento Europeo ha respondido de manera rápida y contundente a la tibieza de Von der Leyen en esta cuestión. Lo lleva haciendo ya muchos meses, incluso interponiendo un recurso por inacción a la Comisión en su conjunto en relación con países como Polonia y Hungría.

En esta ocasión, la respuesta a las evasivas de la Comisión no ha podido ser más atronadora. Durante el pleno de Estrasburgo se aprobó una moción por la que el Parlamento dejaba claro su parecer en relación con Hungría, al manifestar que este país ya no puede ser considerado una democracia, sino una autocracia electoral. De este modo, se presiona al Consejo para tomar las medidas oportunas contra Hungría, algo que no puede ser otra cosa que la aplicación del artículo 7. Quizás ahora, en el contexto del enfríamiento de las relaciones entre Polonia y Hungría, este procedimiento pueda salir adelante.

El curso político de la Unión comienza abordando cuestiones geopolíticas que todos tenemos en la cabeza y que incluyen la cohesión frente a Rusia o la cuestión energética, pero que dejan en segundo plano otras como el Pacto Verde europeo o la reforma del asilo. Y abordando con mucha menos asertividad otras, sin las que el proyecto europeo carece de sentido, tales como la construcción de una Europa social o el reforzamiento del Estado de derecho. 

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