Entre los mil temas que nos arrojan para ocultarnos las cuestiones perentorias, para llevar el debate hacia temas anodinos y transformar así el gobierno en sinecura está el de la España «vaciada». La televisión pública —se les cae la baba diciendo «pública»— nos presenta el solar patrio —mera fórmula de ubicación, porque la patria es el mundo— como un desequilibrio demográfico inexplicable; como un vivero de tolondros que sin motivo aparente, por puro capricho, saturan unas zonas y abandonan otras; y luego, para corregir tan peligrosa deriva, nos embute mil noticias y reportajes acerca de la excelencia, la maravilla, el sueño, el pasmo de vivir en un aduar perdido. Por ella nos enteramos de que la España «vaciada» se ha vaciado porque la gente, salvo escasas y ejemplarísimas excepciones, ya no es capaz de gustar el bálsamo espiritual de lo vacuno, lo caprino y lo porcino; el néctar existencial de la polvareda, el moscaje y la pestilencia; la singular fruición de los pedregales y las cambroneras; el éxtasis del bochorno y el glaciar; el embeleso de la monotonía y el aburrimiento; el rapto, el arrobo, la locura de fabricar queso y amontonar leña, de ver las mismas caras y repetir con ellas, en el bar y en la tienda, una y la misma charla de circunstancias.

Hemos alcanzado semejante nivel de obtusez que no encontramos aliciente ninguno a pasar las horas muertas frente a la chimenea y asomarnos, de vez en cuando, al arroyo para llevar a cabo el españolísimo rito de auparse la pantalonía y echar un gargajo. Estamos ebrios de vanidad; nos chifla el carrusel urbano, el enorme abanico de posibilidades con que nos tienta el asfalto, y perdemos el tiempo exhibiendo el palmito en las terrazas, escarbando en las tiendas, mariposeando entre actividades culturales, alternando en los gimnasios y aligerando la jornada, cada dos por tres, con un mortal y medio en el torrente humano. El erario invierte una fortuna en pedagogía televisiva, en reportajes y noticias que nos arranquen la estupidez, que nos abran los ojos y nos curen la sensibilidad para que volvamos a los pueblos, a las aldeas, a los villorrios; para que redescubramos el entretenimiento del tedio, la música del silencio, la riqueza de la pobreza, el nutrido séquito de la soledad y el inmenso interés del trabajo rústico. Se impone regresar al poblacho, vivir con menos, recuperar el campesinado, y si para ello nuestros amados líderes han de soportar las comodidades y las diversiones que dejemos en la ciudad, no dudemos que lo harán. En realidad, llevan tiempo haciéndolo, para lo cual han trasladado sus moradas a lo más céntrico y exclusivo de las urbes.

Cuánto sacrificio. Cuánta consideración. Cómo se anticipan a nuestras torpezas. Y cuánta insensibilidad la nuestra. Porque la tabarra propagandística no hace su efecto. Porque no nos dejamos ayudar. Porque preferimos la ciudad, con su jolgorio y su ambientillo, con su ritmo vertiginoso y su engullidora vorágine, con su tumulto y su frenesí, a las austeridades, las autenticidades y las demás bondades intrínsecas que atesora el campo. Erramos imaginando causas objetivas para que una parte de la españona esté vacía.

No las hay. Si está vacía es culpa nuestra. La hemos vaciado nosotros, nuestro inexplicable prurito de medro social, nuestro absurdo empeño en tener estudios, en hacer carrera, en habitar un entorno sofisticado. La España «vaciada» lleva décadas vaciándose, pero el Gobierno se ha percatado ahora y ha pergeñado una explicación: resulta que asistimos a un proceso erróneo, a una espeluznante anomalía sociológica originada por los delirios de grandeza del populacho; que somos unos zoquetes, porque nos abren la perspectiva y nos inspiran —a base de noticias, de reportajes, de un asombroso virtuosismo comunicativo— el retorno al campo, al bosque, al pastoreo y al bucolismo; a transitar las callejuelas negras; a emprenderla cada mañana con los ajos, las cebollas, la maleza y el estiércol; a distar dos leguas del cajero y quinientas del dispensario, pero seguimos prefiriendo el bullicio, el amontonamiento, la conexión y el bienestar de la ciudad. Como abnegados padres de familia, nuestros mandatarios nos ofrecen la flor y nata del territorio, los lugarejos más amenos, desiertos aunque llenos de posibilidades, donde convertirnos en repobladores de la España «vaciada» y trabajar de sol a sol sin compensaciones. Una bicoca. Y sin embargo nosotros, desconfiados por naturaleza, nos aferramos a lo malo conocido. Porca miseria.