Recientemente he visitado Irán, en grupo organizado y con itinerario cerrado. Solo he podido visitar y vivir lo que ya estaba programado. Pero los 11 días recorriendo parte del país han sido más que suficientes para darme cuenta de que la población iraní, y especialmente las mujeres, ya no aguantan más el autoritarismo y la sinrazón que impregnan las leyes y costumbres impuestas sobre ellas y sus familias. Lo han demostrado saliendo encolerizadas a las calles y lo han pagado muy caro. He visto la represión en estado puro: policía de la moral golpeando a mujeres y hombres, balas de goma, disparos y cargas policiales.

El problema de la dictadura teocrática de Irán, como el de otros países islámicos que lanzan contra las cabezas de las mujeres todo el peso de la represión, es que utilizan el Corán como base de su legislación. Y no lo digo yo sino el experto Waleed Saleh, profesor emérito de la UAM. Es decir, que en el siglo XXI imponen a la población un sistema legislativo inspirado en textos del siglo VII. ¿Qué diríamos si el sistema legislativo español no pudiera trascender los límites que marcan los usos y costumbres que se relatan en la Biblia?

Las mujeres no pueden enseñar el cabello, los codos, las curvas de las caderas, los tobillos, para no incitar pecaminosamente a los hombres. Los hombres sí. Muchos restaurantes disponen de cortinas para separar a hombres y mujeres en festejos, y según algunos guías (personalmente no lo vi) una cortina descomunal separa en las playas más concurridas las zonas de baño de mujeres (con chador, por supuesto) y la de hombres (con bañador «europeo»).

Es cierto que he visto muchas mujeres con chador negro, pero también muchas mujeres, ¡muchas!, jóvenes y mayores, enseñando gran cantidad de pelo como rechazo a la imposición del velo (actitud valiente que le costó la vida a Mahsa Amini) o con el pañuelo colgado al cuello en señal de protesta. Hay que reconocer la valentía de las mujeres iraníes (y de los hombres que las apoyan) que se exponen a palizas, encarcelamientos y a que las asesinen por reivindicar la libertad de conciencia. Las mujeres iraníes ya no aguantan más. Quieren hablar con los extranjeros, que el mundo las escuche. Muchas se nos acercaban con precaución para contarnos su rabia y su rechazo a la dictadura que padecen.

Mi viaje por Irán no solo ha sido un itinerario por un país extranjero. Sobre todo ha sido un viaje en el tiempo. La dictadura para nosotros afortunadamente es algo ya muy lejano. Pero cuando comparo cómo vivían las mujeres en Irán antes y después de la «revolución islámica» no deja de sobrecogerme el avance de la ultraderecha en Europa. Los derechos ciudadanos y la libertad de conciencia se consiguen con mucho esfuerzo. No nos confiemos. Para evitar la vuelta a tiempos pretéritos, tengamos a las mujeres iraníes como referencia para saber lo que podemos perder si la ultraderecha llegar a gobernar.