Todo votante tiene y se tienta su bolsillo. La expresión «The economy, stupid», atribuida a James Carville, jefe de estrategia del aspirante Clinton frente a Bush padre, repetida desde hace tres décadas, era una de las que hoy se denominan ideas fuerza para una campaña electoral que se centrase en la vida cotidiana del elector y sus necesidades. Llenar la nevera es la preocupación, como atinadamente respondió el president valenciano Ximo Puig cuando le insistían en las cuestiones judiciales de su exvicepresidenta Oltra. Y el presidente español Pedro Sánchez siempre lo ha tenido en su punto de mira, pues personalmente lanzó el lema de No dejaremos a nadie atrás en 2020, que en la despedida de curso del 29 de julio del corriente transformó en Cumpliendo, para culminar rodeado de ciudadanos en La Moncloa el 2 de septiembre último con El gobierno de la gente. Aunque no sólo del dicho al hecho hay un trecho, sino que por ende no es igual prometer gobernando que aspirando a ello.

«Es la economía, estúpido» no era un aserto aislado, y en aquella confrontación estadounidense de 1992, mientras España culminaba una tripleta de megacelebraciones, donde los demócratas voltearon las encuestas, hubo una segunda cuestión clave, también sencilla aparentemente, como es la sanidad. Asunto clave en la España de hoy, tras las tijeras de la etapa de Mariano Rajoy, no revertidas por Sánchez cuando llegó la pandemia del virus corona, con el resultado que todos vivimos. Y esa sanidad, ahora funcionando a medio y largo plazo, va a marcar nuestras próximas elecciones municipales, autonómicas y generales en 2023 tanto como nuestro bolsillo, incapaz de asumir una inflación de dos dígitos y consumos a precio de Rioja reserva, mientras los salarios no se tocan o cerramos el quiosco. Pero sin salud ni dinero, el amor empieza a sufrir: miren esas parejas rotas por la derecha, como Casado y Ayuso u Olona y Abascal, o por la izquierda, cual Sánchez con Calvo y Ábalos.

Lo de salud, dinero y amor ya se cantaba en la dictadura de Franco hasta por Antonio Machín y sin duda pervive en nuestra postmoderna mentalidad, si bien lo difícil es encontrar la pócima electoral para transmitir que somos los políticos adecuados para transitar hasta las cimas del bienestar desde una sociedad tan baqueteada por los jinetes del apocalipsis que narrara el gran Vicente Blasco Ibáñez, explicándonos los intereses que llevaron a la gran o primera guerra mundial hace poco más de cien años, como la actual guerra de Ucrania, cada día más mundializada y donde todos financiamos los gastos de todos en el conflicto, con la estrategia de la noria. Y ello viene al caso pues, no nos engañemos, la crisis internacional y su evolución en los próximos meses va a ser un factor imprevisible y decisivo para nuestro bolsillo o nuestra sanidad y desde luego para los resultados electorales de mayo y diciembre del año que se nos viene encima.

Así las cosas, visto lo visto en Suecia y en Italia, hasta se quiere vestir de populismo lo que es verdadera demagogia facciosa usada a discreción, con un decorado que a algunos pensadores ya les retrotrae a los tiempos del Barroco. Mientras las formaciones del bipartidismo, reducidas a cúpulas similares a los consejos de administración de las empresas, se ocupan con batallas equivocadas: cuando el PP habla de bajar impuestos la gente recuerda los recortes bárbaros de hace una década o cuando el PSOE quiere vender lo ya hecho y eso no ilusiona a nadie al tentarse el bolsillo. Si sale la suma de la vicepresidenta Yolanda Díaz, deberá ser sobre la creación de una renta básica individual universal, no limosneo variopinto, y de duplicar la inversión en sanidad y educación, financiadas con una fiscalidad moderna acorde con la eurozona-UE y nuestra constitución. Tras rescatar banca y empresas, toca turno a la ciudadanía.