Fue con motivo de la crisis cubana de los misiles nucleares, en octubre de 1962, cuando el entonces romano pontífice Juan XXIII escribió la encíclica Pacem in terris que vería la luz algunos meses después, en abril de 1963. En aquel momento, a punto estuvieron los Estados Unidos y la Unión Soviética de apretar los botones que les (nos) hubieran sumergido en un gran sarao atómico.

Hoy, 60 años después, andamos un poco en lo mismo. Y quizá, por ese motivo convenga desbrozar la susodicha publicación que es de actualidad. Se iniciaba ese documento con una afirmación clave: sin orden en las relaciones personales, sociales, internacionales, no es posible la paz. Y que ésta se basa en la ordenación de los derechos humanos que se derivan de la dignidad de toda persona humana. Es el despliegue de la famosa afirmación agustiniana de que la paz es la tranquilidad en el orden; y no un mero equilibrio, siempre precario, de fuerzas. Toda convivencia civil se fundamenta en la verdad, justicia, amor y libertad; y, por tanto, el orden vigente en la sociedad es de naturaleza espiritual: “Porque se funda en la verdad, debe practicarse según los preceptos de la justicia, exige ser vivificado y completado por el amor mutuo, y, por último, respetando íntegramente la libertad, ha de ajustarse a una igualdad cada día más humana”. Es sumamente interesante esta descripción por cuanto la paz no es únicamente una cuestión de geoestrategia, ni tampoco de reivindicaciones por justas que pudieran parecer a primera vista: la violencia de su demanda hace injusto lo justo, al anular de raíz la afirmación del otro. La convivencia tiene que fundarse en el orden moral establecido por Dios, tal como queda dicho; y no meramente por estamentos, pactos o acuerdos humanos; aunque Pacem in terris subraye a su vez una ordenación mundial, con un poder mundial, que pueda coaccionar el desmadre de una nación contra otra.

Todos lamentamos lo que está ocurriendo en Ucrania y cómo por un sociópata estamos al borde de una catarsis imprevisible. Llegado el caso, y visto lo visto, no albergo dudas sobre el uso de armas atómicas tácticas para derrotar al enemigo.

A mi entender, la violencia radica en la reivindicación del materialismo, por el que hemos de buscar en este mundo el paraíso. Es una pretensión vana, pues aboca a una humanidad sin esperanza. Históricamente esta pretensión ha sido irrisoria, una burla en toda regla, un engaño monstruoso. No es muy difícil comprender que si todo nuestro anhelo y nuestra esperanza están en este mundo, tal y como acontece y conocemos, la verdad, estamos aviados. Los ucranianos hacen bien en resistir, en oponerse a la tiranía, mientras puedan, pues no es vida la que no se vive en libertad.

La paz ciertamente es una tarea; pero es también un don derramado de lo alto que impide la estulticia humana. Sin esperanza no hay paz. Por eso, la razón última de la paz está en Dios, por ser la primera verdad y el sumo bien. Precisamente a esto se refiere un pasaje de Tomás de Aquino en el que afirma que la razón humana ha de ser norma de la humana voluntad y de su bondad, ya que se identifica con la razón divina y no de cualquier consideración humana, por razonable que nos parezca.