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Amparo Zacarés

Sombreros y velos

En las sociedades democráticas, basadas en el principio de igualdad, mujeres y hombres se reconocen semejantes sin que se excluya por ello la diferencia sexual entre ambos. En estos términos escribía, a finales de los años ochenta del siglo pasado, Gilles Lipovetsky en un libro que se hizo famoso por entonces y en donde analizaba el fenómeno de la moda en las sociedades modernas. En aquel texto recordaba que las mujeres no querían mimetizarse ni parecerse a los hombres por el hecho de vestir pantalones sino que buscaban ofrecer una imagen distinta de mujer, más libre en sus movimientos y en la manera independiente de enfocar su vida. Se trataba de una moda para vivir que, más allá de imponer un look determinado, toleraba cualquier indumentaria. De hecho, poco a poco, fue dejándose lugar a la iniciativa y a la elección propia. Claro está que esto no significaba necesariamente estar al margen de su influencia pero, en general, vestirse de una manera u otra se presentaba como una sugerencia más que una obligación. Y así ha sido hasta hoy aunque con algunos matices.

Sin embargo la moda aún sigue ejerciendo un poder de prescripción considerable y en el caso de las mujeres paradójicamente les conduce a vestirse desvistiéndose. Mientras esto ocurre en las sociedades democráticas modernas, en otras zonas geopolíticas se ven obligadas a taparse por motivos religiosos. En cualquier caso, de manera sutil o imperativa, la biopolítica ejerce el poder sobre sus cuerpos a través de la ley del agrado y del control que dictan los cánones masculinos. No hace mucho, hasta la década de los 70 del siglo pasado, en España estuvo a la orden del día vigilar la vestimenta de las mujeres. Había que llevar velo en las iglesias, había que bañarse en la playa lo más tapadas posible y el largo de la falda debía de estar por debajo de las rodillas. La cuestión es que, en mayor o menor medida, sus comportamientos y sus maneras de vestirse siempre han sido normatizadas ajenas a ellas. Según el país del que se trate, todavía sigue viéndose con resquemor que transiten libres y solas por el espacio público. Así se les recluye en el espacio privado doméstico, no se les permite ir a la escuela y no pueden salir de casa sin permiso de los varones ni acudir a espectáculos deportivos o de otro tipo. Dos de los países que, al respecto copan hoy las noticias, son Afganistán e Irán. En el primero, a un año de la toma del poder político por los talibanes, las mujeres y las niñas han visto conculcados sus derechos más elementales y en Irán, desde el pasado 17 de septiembre, con la muerte bajo sospecha de la joven Mahsa Amini, detenida por llevar mal colocado el velo, se han sucedido una serie de revueltas en contra del régimen de los ayatolas.

A estas movilizaciones encabezadas por las mujeres, se ha sumado la población general dentro del propio país y también fuera del mismo. En esa línea, se sitúa la marcha multitudinaria que el pasado sábado 22 de octubre tuvo lugar en Berlín y que se ha replicado en otras ciudades del mundo como en Madrid, Barcelona Ginebra, Washigton o Estambul. La protesta se dirige a la revolución de 1979 que implantó el régimen de Jomeini con la policía de la moral y el uso del velo obligatorio para las mujeres y las niñas a partir de los siete años. Pero esta denuncia no viene de nuevo pues ya, en 2015, se produjo el fenómeno de las mujeres trasvestidas en Irán. Aquel año salió a la palestra que un grupo numeroso de jóvenes iraníes se cortaban el pelo y llevaban ropa de hombre intentando parecerse a ellos. Se supo de esta transgresión porque ellas mismas difundieron su rebeldía a través de instagram y faceboock. Los motivos por los que se trasvestían no guardaba relación con la teoría queer ni con ser sujetos nómadas con identidad sexual fluida no binaria. Su lucha se centraba en reclamar libertad e igualdad ante la ley sin tener que sufrir ninguna discriminación por la mera condición de ser mujer. Y, en este contexto, el velo ha sido un tira y afloja en la lucha por los derechos humanos para su país y para ellas mismas.

También en nuestro país descubrirse y quitarse el sombrero en público fue un acto simbólico que llevaron a cabo, a principios del siglo XX, Maruja Mallo, Margarita Manso, Salvador Dalí y Federico García Lorca. Fue una performance de rebeldía que apelaba a ampliar miras, airear inquetudes y liberar las ideas. A consecuencia de su atrevimiento, sufrieron insultos y hasta les tiraron piedras pero nada comparable a la represión violenta que la población iraní, sobre todo las mujeres, sufre hoy por negarse a llevar velo. Por eso mismo, en estos momentos, una acción colectiva recorre las redes como apoyo a las mujeres de Irán. Actrices, artistas y directoras de cine lo impulsan grabándose un video en el que se cortan un mechón de cabello. Y con la misma intención, la artista Karmela Hoz ha iniciado, en el espacio de creación ciudadana Medialab Tabakalera de San Sebastián, una acción artística colectiva que consiste en un mural con las palabras Freedom hechas con su propio cabello y con el de las mujeres que deseen participar. Todo a fin de reclamar un marco ideológicoque considere a las iraníes libres para usar el entendimiento y engalanar sus cabezas donde quieran y como quieran. 

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