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Martí

Valencianeando

Joan Carles Martí

'La ruta' solo fue un gran festival de drogas

El intento de blanqueo de aquellas noches interminables olvida que hubo muchos muertos por estupefacientes y por accidentes

Valencianeando

Imagine que dentro de unos años el actual fenómeno del botellón acaba en un museo, donde se exponen las bolsas de plástico donde la chavalería lleva los licores; o con fotografías zenitales donde se arremolinan las pandillas para beber. O que también el centro de cultura emergente del momento organiza sesiones de música con los temas que salen de los móviles de los botelloneros (reguetón, perreo, techno y similares). E incluso se celebran unas jornadas universitarias para analizar el flujo sociocultural que supuso tomar las calles para beber hasta caer. Pues eso precisamente está pasando con ‘La ruta’, que se nos ha ido de la mano. No lo digo por la serie, que me parece oportuna como relato juvenil, sino por el disparate que supone considerar aquellas fiestas de exaltación a las pastillas de colores como un movimiento contracultural. Eso solo lo puede defender un melancólico frustrado que nunca estuvo por allí, por achantado o porque todavía no había nacido.

Mescalinas.

A mí no me lo tienen que contar. La ‘ruta’ no fue un espacio, era un estado, donde los jóvenes de los ochenta disfrutamos de una libertad total porque se dio un cóctel perfecto. Lo principal fue una tolerancia doméstica impensable antes, al que se unió una oferta de ocio excepcional producto de un tiempo de bonanza económica. Cierto que al final acabaron triunfando las discotecas de la carretera de El Saler y Pinedo, pero también había mucha fiesta en L’Eliana (Espiral), Gandia o Segorbe. Con permiso de Chimo Bayo, uno de los pocos supervivientes de aquello, la música era lo de menos, lo único importante era la fiesta, y la manera de alargarla. Y ahí apareció la droga y su mercado negro. Por primera vez, y última, había para todos y a bajo precio. La química socializó sustancias muy caras hasta entonces, y la facilidad de su fabricación hizo el resto. No había esos tutoriales de internet actuales, pero aprender a hacer mescalinas en casa era cuestión de diez minutos. Y con la oferta se desmadró la demanda. Nadie lo ha dicho, pero si hicieron tantas barbaridades, como llenar de polvos de talco los alucinógenos, que la ‘ruta’ se convirtió pronto en un problema de salud pública y luego de seguridad vial.

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La noche no se acaba para La Ruta Miguel Angel Montesinos

Víctimas.

Ese intento de blanquear aquello oculta que hubo muertos y bastantes que se ‘rayaron’ para siempre, jóvenes cuerpos destruidos por el consumo desmesurado de anfetaminas en mal estado, digeridas con mucho alcohol. Nunca sabremos la cifra de fallecidos, porque muchos sufrieron después patologías graves por el exceso. A esos hay que añadir las víctimas por accidente de tráfico y los que murieron después por sus secuelas. Todos los de mi generación conocemos nombres en nuestro círculo más cercano. Ni soy el más indicado para dar clases de santurronería, y nunca he profesado el puritanismo, pero el olvido de esos difuntos en la hipócrita exaltación de la ‘ruta’ merece todos mis reproches.

Mala morriña.

No, la ‘ruta’ no tuvo nada de contracultural, ni nada que se le parezca. Hubo música buena y peor, como siempre, discotecas confortables y antros peligrosos. Fue una larga fiesta hasta que llegó la recesión, y los narcos decidieron acabar con el menudeo para ganar más con la cocaína, y sobre todo cuando empezaron los controles policiales en las carreteras. Fue un fenómeno tan endeble que cuando las discos organizaban autobuses de ida y vuelta, con entrada incluida, la gente dejó de ir. Ni tuvo las connotaciones del movimiento hippie, ni aquellos recitales tenían nada que ver los míticos de la Isla de Wight, por mucho que también hubiera sexo y drogas. Que aquello quede reflejado en las pantallas es comprensible, incluso en la literatura. Pero me da que ninguno de esos modernos nostálgicos -un oxímoron-, sabe mucho de lo que pasó, y han acudido a fuentes tóxicas. Si hubieran leído L’estiu dels brivalls de Franscec Viadel o Em diuen Fletxa de Joan Carles Ventura, no se hubieran atrevido a tanto patetismo.

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