Siempre puntual a la hora de devorar mundiales, Eduardo Galeano acabó definiéndose como «un mendigo de buen fútbol» que iba sombrero en mano por los estadios suplicando «una linda jugadita, por amor de Dios». A este Mundial embrutecido, más que un fútbol vistoso, yo le reclamaría una imagen icónica que sobreviva al mismo torneo. Un gesto mirando a la Historia, que restaure en parte una dignidad manchada de sangre, codicia y vergüenza. El primer guiño llegó muy pronto, en la segunda jornada, con la valentía de la selección iraní al negarse a cantar el himno, en protesta por la represión sufrida por las mujeres del país por parte del monolítico régimen teocrático. Es la primera gran imagen del torneo. Sardar Azmoun y sus compañeros desafiaron las posibles consecuencias, recordaron a aquel Muhammad Ali rebelde que casi arruina su carrera, la del boxeador más legendario y carismático de todos los tiempos, por desertar de la guerra de Vietnam.

La dignidad del deporte puro emociona. La de los jugadores mártires del FC Start ucraniano que no quisieron dejarse perder contra militares nazis en la ocupación de Kiev, una historia mitificada propagandísticamente pero con base real. El ejemplo de Tommie Smith y John Carlos inclinando la cabeza y levantando el puño con guante negro en el podio sigue siendo la primera referencia de los Juegos Olímpicos de México 68. El ridículo grotesco que para la FIFA supondría ver amonestados a Manuel Neuer o Harry Kane por lucir el brazalete arcoíris sería otra foto tatuada para la posteridad, que competiría en el tiempo con la del capitán que acabe levantando la copa. Aunque dudo que deba recaer sobre un futbolista la responsabilidad de plantar cara al circo industrial que ha permitido adjudicar esta sede, la dignidad debe imponerse, y más en un deporte como el fútbol, el mayor lenguaje de fraternidad universal de nuestro tiempo. Alex Scott lo sabe.

El Mundial seguirá su curso. En Buenos Aires se buscarán cábalas que recontrabanquen a Messi y se manipulará la antena de televisores para ahorrar el tremendo disgusto de escuchar el rugido sagrado del gol en la vereda vecina, por tres segundos de «delay» digital. Siempre envidiaremos la vida aventurera de los entrenadores trotamundos de selecciones recónditas en el ranking FIFA y que ponen contra las cuerdas a países favoritos y cargados de presión. Simpatizaremos por Bélgica, Dinamarca y Uruguay, que son a los mundiales lo que John Ford fue al western. Y no nos disgusta la idea de que Harry Maguire se marque el baile victorioso de Nobby Stiles en Wembley en 1966. Tifaremos por la Roja aunque el dolor por Gayà recuerde a las deslealtades pretéritas con tipos ejemplares como Giner en 1994 y Sempere en 1982. Y siempre echaremos de menos a Italia.

Pero quedan espléndidas semanas de Mundial para seguir reivindicando la dignidad. Galeano, experto en Mundiales, no solo era un mendigo de buen fútbol. La memoria de los 6.500 obreros migrantes fallecidos en gradas hoy semivacías con datos de asistencia adulterados rescataría otra reflexión del autor de «El fútbol a sol y sombra»: «¿No será la desgracia un producto de la historia, hecha por los hombres y que por los hombres puede, por lo tanto, ser deshecha?». Más dignidad, más honor, más fotos icónicas con bocas tapadas, por amor de Dios.