Los espías japoneses del canal de Twitch de Luis Enrique no deben entender nada, dijo alguien en Twitter al compartir una de las escenas cómicas del seleccionador. El fragmento, en concreto, era el de Lucho confesando jocosamente que aún no había probado el helado de huevo, el ingrediente que es la piedra angular de su dieta. Uno imagina el instante en el que los miembros del cuerpo técnico del rival esta noche de España traducen el pasaje, tratando de captar un mensaje codificado sobre la táctica o las intenciones de la Roja.

Y, en realidad, las sesiones del streamer Luis Enrique dicen mucho de esta selección. Transmiten la síntesis de un bloque joven y desbordante de vitalidad, con un robusto presente y todavía un mejor futuro. Del genio Roberto Bolaño se decía que, en los intervalos entre sus grandes novelas, como «Los detectives salvajes», no desconectaba con un retiro apartado de la escritura.

Todo lo contrario, el escritor chileno aprovechaba esas transiciones para seguir escribiendo, para continuar elaborando obras menores que acababan en un cajón o en archivos de texto desclasificados como libros póstumos tras su fallecimiento, con 50 años. Escribir era una necesidad vital, a contrarreloj, para el autor. Y la España antimelancólica de Luis Enrique transmite ese «carpe diem» de aprovechar cada partícula de tiempo, dentro y fuera del césped. Ya sea con transiciones furiosas lideradas por Gavi, como con la incontinencia comunicativa del seleccionador, que incluso en las anécdotas de apariencia frívola transmite el estoicismo labrado en el dolor de su propia vivencia personal. Sus futbolistas, regresando a Bolaño, son aquellos jóvenes poetas mexicanos que querían desafiar la hegemonía de Octavio Paz.

La Roja va a por todas y contagia el dinamismo de los equipos redbullizados, feliz expresión del amigo Aitor Lagunas para referirse a conjuntos como Estados Unidos y sus jugadores jóvenes que escapan de la definición de un perfil clásico, con tipos como Yunus Musah que llegan a transformarse en un 6, un 8 o un 10, en función de la temperatura del partido.

Esta España, aunque se vea apuntada desde trincheras mediáticas en retirada, se distancia de otras selecciones. No tiene todavía el cuajo de Brasil o Francia, pero no desprende esa sensación de banda de rock clásica a la que no le basta con el recuerdo de sus éxitos para sobrevivir y que acaba con sus componentes discutiendo. El polvorín de la Bélgica en la que De Bruyne no se habla con Courtois. Y la Uruguay en la que los veteranos astros de toda una generación señalan públicamente a su seleccionador. O el caso único de Argentina y la tortura emocional de su desmedida presión colectiva, con unas expectativas tan eufóricas como paralizantes, prisioneras del recuerdo del impacto de Maradona y del Mundial aún no conquistado por Messi con 35 años. «No comparto la sensación de que te juegas algo más que un partido de fútbol», sostenía Scaloni intentando rectificar el curso histórico de un diálogo enfermizo, que desemboca en el viralizado llanto de Aimar. «Argentina no saldrá de la crisis ganando cinco mundiales seguidos», me reconocía hace ya veinte años en este periódico Pablito, el pibe inmortal, cuando le preguntaba si la presión desaforada de cara al Mundial del 2002, con el corralito en carne viva, había saturado a la selección, que cayó en fase de grupos.

Esta noche vuelve a jugar la España de Luis Enrique, tremendamente representativa desde su juventud y ausencia de memoria y pasado, dispuesta a comerse el mundo.