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Opinión | LA DOS

La cuerda pascuera

Se supone que todo trabajo literario, toda obra de arte, constituye la expresión de una rebeldía generosa y también tranquilizadora. Uno escribe, decía Simenon, por la necesidad de explicar lo inexplicable y de disipar el temor. La Semana Santa responde al este mismo principio que impulsó a crear las pinturas rupestres, a escribir historias reconfortantes sobre piedra, papiro y en materiales cada vez más frágiles e invisibles.

Cada uno estamos atados los unos a los otros y a nuestros particulares temores, que no son necesariamente los mismos aunque se parezcan. Millás contaba en uno de sus artículos que los humanos nos entenderíamos mejor si fuéramos como tubérculos, que conservan visibles los vínculos de sus raíces. El problema es que cuando la cuerda se nos corta, cuando muere un ser querido, cuando perdemos el trabajo, cuando nos vemos obligados a cambiar de ciudad, cuando acaba una relación, uno se pregunta siempre ¿Y a qué me ato ahora?

En una obra de teatro, la payasa peruana Wendy Ramos ofrecía el cabo de la cuerda que la amarraba a un espectador y le decía: «Tú vas a ser mi marido, cuando estés feliz yo voy a estar feliz, cuando estés triste, yo voy a estar peor y te voy a decir que si tú te vas yo no voy a saber qué hacer. Te doy esa responsabilidad». Luego buscaba a una madre, a una hija, a un jefe y definía sus funciones. Funciones siempre cómicas cuando se analiza, con humana frialdad, lo que nos retiene.

Lo que nos une a lo auténtico, lo que define al verdadero escritor o artista, al intermediario sincero de cualquier culto, a un miembro de la familia o incluso a un político honesto, es que no consideran lo que hacen como una profesión. Todos los que no tienen necesidad de ser escritores, deberían hacer algo por vocación. Pero primero han de pensar que todo lo vocacional lleva una gran parte de desgracia. En general, la gente que considera que lo vocacional es una gran fuente de alegría es porque no les hace falta dinero. Confunden la vocación con una afición, y si bien ambas tienen una función médica, se diferencian porque una de ellas no se elige deliberadamente. Como la pasión de Cristo, es algo que decide el destino y que uno se ve obligado a sufrir personalmente.

Claro que todos experimentamos ese pánico a vernos abandonados en nuestra cruz de alguna manera y gritar en la confusión lo de «Elohi, Elohi, lema’ sebaqtani?», pero los artistas lo sienten con una intensidad que puede amenazar su equilibrio mental. También la sociedad es heredera del miedo y no de la necesidad. El ensayista Alaín decía que los hombres de las cavernas eran anarquistas por la mañana, cuando sentían hambre, y cuando de noche sentían cansancio y miedo amaban las leyes.

Existe la posibilidad de renunciar. Sólo saber que tenemos esa posibilidad nos hace más felices. Saber quién tiene el otro lado de nuestra cuerda y que un día podemos quitar el nudo sin pensar en nada más que en esa tranquilidad liberadora. No hagan como algunos de nosotros, para los que nuestra soga empieza atada a una mano y acaba atada a la otra. Sólo tenemos la posibilidad, para no caer en la locura, de saltar a la cuerda y hacer creer a los demás que estamos pasando el rato. Aprovechen. Aunque las limitaciones físicas no siempre lo permiten, ustedes pueden tener esa posibilidad de soltarse, sacarse los clavos de sus cruces y resucitar el día menos pensado.

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