tribuna

La última noche en Viña del Mar

La última noche en Viña del Mar

La última noche en Viña del Mar / José Luis Villacañas

José Luis Villacañas

José Luis Villacañas

Esta será la última crónica chilena y la escribo con ambivalencias. Quiero regresar. ¡He dejado tanto en España! Pero algo me dice: «Estate aquí. Aquí eres productivo como nunca soñaste serlo en España». Y es verdad. Me costará olvidar esta euforia de conocer cada día a personas diferentes, cada una de ellas con su voz y su búsqueda. La sociedad chilena tiene todavía el síndrome de El Dorado: cada uno busca algo, pero como un sueño que hubiese olvidado su objeto. Esa es una diferencia respecto de las sociedades europeas, que luchan por no perderlo, aunque tampoco sepan muy bien el qué.

Aquí cada conversación es un estímulo intelectual porque cada voz es un anhelo. Por mi parte, no tengo ninguno, salvo comprender. No tengo problema, no tengo enemigo. Considero que esta es la regla diplomática del visitante a un país amigo. La amistad al país está por encima de todas las diferencias internas. Esa posición del espíritu es cómoda, pero exigente. Exige la flexibilidad de la diplomacia y la retórica de la postergación de las diferencias. No estoy seguro de que haya convencido a nadie. Tengo el convencimiento, sin embargo, de haber dejado una pequeña huella en algunos.

¿Se puede aspirar a más? Como filósofo, no. El momento de la fundación de la filosofía rechaza la construcción de una secta. Sócrates, vísperas de su ejecución por la ciudad -entonces no había redes sociales, pero sí linchamientos públicos-, nuestro patrón, tras enunciar que prefería padecer la injusticia a «ometerla, tuvo como última palabra esta: «Pagadle un gallo a Asclepio, que le debo». Era una forma de negar los cargos de inventar nuevos dioses. Al honrar a Asclepio, Sócrates mostraba veneración por las tradiciones. Al pagarle un gallo, ejercía un rito de gratitud por haber sido curado. El misterio de la filosofía reside en entender cómo alguien se siente curado la víspera de entregarse a una muerte injusta.

Quien no esté en condiciones de situarse en esta escena, no podrá ser filósofo; pero no hay que olvidar lo que queda fuera de ella, la reunión de amigos. Eso evoca la vida de Sócrates, que asaltaba a los paisanos por las esquinas y prendía la hebra en conversaciones infinitas como testimonio de amistad cívica. Siglos de comprensión de la filosofía como avanzadilla hacia alguna revolución ideal y perfecta hicieron perder la sensibilidad para la filosofía como conversación cívica, en la que se busca cambiar un poco a cada uno de los que hablan. Ese cambio no puede ser total, porque entonces se tejerá una dominación; pero tampoco irrelevante, porque entonces carecerá de sentido y nos hundirá en el hastío. Ha de ser un cambio suficiente, capaz de experimentar el gozo ante algún pensamiento. Entonces se querrá volver a conversar.

Creo que esta forma de hablar, que tiende a producir pequeños cambios, es lo que da a estos dos meses en Chile su impronta característica. En modo alguno deja este intento de ser político. Simplemente asume que los seres humanos solo cambian cuando encuentran algún gozo en el cambio. Y esto implica que el cambio no signifique trauma. Lo terrible de nuestra sociedad es que nos educa para encontrar gozo solo en la insistencia en lo que ya somos, porque queremos olvidar el trauma que nos persigue. Llevar razón en todo es la confesión del vacío de partida. Esta aburrida posición sería la propia de diosecillos humanos, impostores incorregibles.

La clave reside en esa distancia que produce la extranjería. En cierto modo, este es el rendimiento de la ironía socrática. Pero quizá haya una enseñanza en esta posición. ¿Y si debiéramos mirar al propio país desde la distancia del extranjero? La producción de ironía acerca del propio país es la condición de quien lo ha mirado a la cara y ha respetado el principio de realidad. Esa es la pretensión de todos mis libros sobre las cosas de España. Pero esta subjetividad es constitutiva de la democracia. Quien la tome en serio tendrá que enrolarse en esa conversación infinita, porque la democracia no es un medio para otro fin, sino la única forma de vida que hace justicia a la dignidad de lo humano.

Lo que rompe con esta utopía democrática lo vemos a cada paso. Lo urgente, lo necesario, lo debido, lo que podemos exigir una y otra vez, lo que no puede ser tratado diplomáticamente, lo sabemos todos, es una evidencia democrática también. Si capas enteras de la población solo pueden emplear su tiempo en sobrevivir buscando los recursos necesarios del día, entonces nos organizamos sobre formas de esclavitud que restringen la conversación democrática a los que disponen de algún tiempo de ocio y de poder, de horas para el conocimiento. Ese desorden niega que seamos una sociedad y nos escinde en las formas viejas de las dos ciudades enfrentadas. Sobre esa falla no se puede vivir estable ni puede haber democracia.

La última madrugada en Viña nos despertó una desconocida agitación. Sentimos cómo tembló la tierra y agitó nuestra habitación. Fue solo un temblor de 3.2 de la escala. En este país se puede llegar hasta el 9.5. La Tierra es sabia y sobrevive a estas agitaciones. Si es necesario, puede hasta desviar su eje en uno de esos lances. La democracia no sabe tanto. Pero quizá el estallido social de 2019 debería variar el eje de la política social chilena. Sin eso, la democracia aquí estará instalada sobre una falla insalvable.

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