No hagan olas

¿Son o no son elecciones autonómicas?

Juan Lagardera

Juan Lagardera

En vísperas de elecciones conviene siempre retornar a Ortega y Gasset. El más brillante de los filósofos españoles también intervino, y de qué modo, en la política del país, por más que a veces sus coetáneos, como Manuel Azaña, le tildaran de gacetillero por su propensión a agitar la vida pública desde los periódicos. En cualquier caso, su compromiso estuvo siempre del lado de la modernización liberal de una sociedad anclada en un rancio tradicionalismo y en promover la convivencia, incluyendo la «conllevanza» (un término creado por él) con las periferias nacionalistas que gestaban serias disputas territoriales. Nadie medianamente alfabeto, a día de hoy, podrá tildar de veleta político a Ortega, ni tampoco de «rojo» o de «facha», los dos estúpidos epítetos de combate ideológico que tanto gustan a los españoles antagonistas (incluyendo catalanes y vascos).

Ortega publicó libros fundamentales de teoría política (hispánica) como España invertebrada (1921) o La rebelión de las masas (1929). Se movilizó en favor de la II República escribiendo contra la desnortada monarquía alfonsina y el ultracatolicismo, fue entusiasta diputado constituyente por la Agrupación Republicana en León y participó activamente en la redacción de la nueva Carta Magna. Cuando los ‘utopistas incontinentes’ y el inmovilismo conservador zarandearon la causa democrática durante el episodio republicano, Ortega se desmarcó valientemente de tales credos. Entonces, le acusaron de derechista, filósofo de salón para señoras burguesas aburridas e, incluso, de artífice argumental de la sublevación militar y hasta del espíritu joseantoniano.

En pleno mainstream extremista, Ortega alzará su voz durante la famosa conferencia en un cine madrileño (aunque con megafonía de la época en el Ateneo, dado el reventón de público del acto) apenas siete meses después de proclamado el nuevo régimen. Aunque no está claro que la dijera o que fuera añadida por la crónica periodística, allí pronuncia con énfasis su conocida frase final: «No es eso, no es eso… La República es una cosa. El radicalismo es otra. Si no, al tiempo». Y en efecto, las palabras de Ortega resultaron un preludio de la mayor tragedia vivida por la España política contemporánea. ¿Quiso Ortega ser el Julio César o el Napoleón de la República Española como algunos de sus críticos han concluido? Lo dudo.

Se fue camino del exilio apenas iniciada la guerra. Volvió pronto, en el 45, pero el general Franco vetó su candidatura al ministerio de Educación como postulaban algunos afectos al nuevo Estado y nunca le sería restituida su cátedra de Metafísica. Sus hijos mayores, ciertamente, se alistaron en la tropa nacional, al igual que otros intelectuales como Marañón o Ridruejo, pero son sus hijos también los que décadas después fundarán editorales comprometidas –Alianza–, resucitarán la Revista de Occidente o liderarán la creación del periódico más importante de la Transición, el matutino El País. La dictadura que sobrevino al colapso republicano nunca tuvo interés en normalizar la vida intelectual, reduciendo a escombros el pensamiento sobre nuestra compleja nación.

Ortega, en suma, es uno de los más preclaros ejemplos de español comprometido con la esperanza de construir un país moderno sobre la base del diálogo y la pacífica convivencia, la llamada tercera España que tantas frustraciones ha recibido a lo largo de los tiempos y que también fue repudiada por el franquismo aunque no sufriera persecución. Traer su magisterio, no exento de controversias, viene a cuento de las próximas, inminentes, elecciones en nuestro país que afectan funcionalmente a los ayuntamientos y a varias autonomías, incluida la valenciana. Entre otras razones porque hay quien ha disfrazado estos comicios para transformarlos en una suerte de plebiscito sobre el Gobierno de la nación, demonizado por su falta de tacto con sus aliados parlamentarios, táctica recurrente en el imaginario nacional, pues fueron unas «municipales» las que de la noche a la mañana trajeron un cambio de sistema político en abril de 1931, justo ahora ha hecho 92 años. Muchos, demasiados como para repetir mutaciones ideológicas de esa naturaleza.

Tampoco cabe, sin embargo, procurar unas elecciones aplanadas, sin pulso, por más que el aburrimiento sea el tono preferido por los más nobles demócratas. Estas son las primeras votaciones que se llevan a cabo tras la pandemia, su obligado confinamiento y todo el ejercicio de gestión social y sanitaria que se llevó a cabo hasta hace apenas unos meses. El mayor reto de gobernanza al que se ha enfrentado el sistema político en centurias y del que la mayoría de los ciudadanos puede extraer conclusiones experimentadas en carne propia. Pocas veces ocurre y ello es una oportunidad para tomar conciencia cívica de lo que significa organizar la respuesta colectiva a un problema de riesgos insondables. El carácter autonómico de la gestión sanitaria subraya, todavía más, la singularidad de las próximas elecciones.

Resulta, también, que la llamada crisis del bipartidismo español no ha procurado una mejora o ampliación de la pluralidad política. Antes bien, al contrario. La necesidad de llevar a pactos para alcanzar mayorías de gobierno suficientes, además de la tendencia a la enemistad endémica entre los dos partidos hegemónicos a izquierda y derecha –PSOE y PP–, lo que ha tráido es la construcción de dos bloques posibilistas en los que cada uno de esos partidos se ve en el compromiso de aliarse con otros surgidos en sus extremos. De tal suerte, y esa es la clara circunstancia valenciana, que el último domingo de mayo los ciudadanos no van a votar a socialistas o populares, sino a un Consell de la Generalitat de coalición entre el PSOE y Compromís (y tal vez Podemos-Esquerra Unida) o a un Gobierno autonómico del PP con Vox. Es decir, que salvo los votantes más radicalizados o militantes, la llamada mayoría silenciosa se inclinará por el mal menor. Y es ahí, donde sacar a colación las filípicas orteguianas sobre la dificultad española para hacer política cobra sentido, en un escenario en el que muchos independientes de espíritu tendrán todo el derecho ético a bailar con sus preferencias políticas. A hacer swing como dicen los norteamericanos.

En cualquier caso, que no se lo cuenten. Siempre es preferible sentirse ciudadano, ejerciendo el voto.

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