Opinión | Tribuna
A Felipe V. Garín Llombart
Felipe Garín Llombart ha sido una de las personas más relevantes de la cultura valenciana durante las últimas décadas. Su currículum profesional es de tal extensión, que lo estimo impropio de esta circunstancia y, de él, solo quiero destacar que fue Director del Museo de Bellas Artes de Valencia (1968-1990) y Director del Museo Nacional del Prado (1991-1993), siendo, además, un gran experto en el Arte Valenciano. Mi amistad con él se remonta al poco de incorporarse al museo valenciano. Yo preparaba, entonces, mi primer libro de historia del arte y acudía muchas mañanas al centro para investigar, en aquel entonces, su exiguo archivo, pero, del que, indudablemente, extraje la información. Con los años, prologó mis dos primeros libros, fue Presidente del tribunal de mi tesis doctoral de filosofía y compañero de la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos, en la que era mucho más antiguo que yo, puesto que alcanzó su nombramiento en el año 1972. Conjuntamente, con Facundo Tomás, ejerció como Comisario de la exposición Sorolla. Visión de España. Colección de la Hispanic Society of America, que se celebró en la Fundación Bancaja, en el año 2009, y que superó los 300.000 visitantes, convirtiéndose en la muestra de arte más compartida por todos los valencianos a lo largo de la historia.
No obstante, hay un hecho de gestión cultural, a mi juicio sumamente importante que, al ser menos conocido, deseo destacar: en el año 1968, recién nombrado Director del Museo de Bellas Artes de Valencia, el Ministerio de Cultura le asignó un presupuesto para la adquisición de obras de arte valenciano; Felipe Garín tomó la decisión de incorporar arte contemporáneo a los fondos permanentes y buscó el asesoramiento de dos personalidades muy reconocidas en aquel ámbito: Vicente Aguilera Cerni y Tomás Llorens. En nuestras conversaciones de entonces ya coincidimos en el concepto de que la división entre arte clásico y contemporáneo era una convención, surgida a partir de la creación del MOMA en el año 1929. Aquella feliz gestión suya, supuso que, con precios muy asequibles, se sumaran a la colección, obras importantes de autores como: Eusebio Sempere, Manuel Hernández Mompó, el Equipo Crónica, el Equipo Realidad, Manolo Gil, Sixto Marco, Jordi Teixidor, Joaquín Michavila, Manuel Boix, Rafael Armengol, José María Yturralde y Ramón de Soto, entre otros, así como el depósito temporal de «La Calle» de Joan Genovés, que no se pudo adquirir por tener una exclusiva con la Fundación Marlborough. Este hecho ha contribuido a ofrecer al Museo la posibilidad de prolongar conceptos contemporáneos a su inmensa colección histórica.
En la Real Academia, su presencia siempre fue de un gran enriquecimiento, porque Felipe Garín, a diferencia de muchos historiadores, estaba dotado de una gran capacidad para percibir y comprender el arte, lo que permitía reflexiones suyas sumamente profundas y valiosas. Desde que me incorporé a la Presidencia, en el año 2015, formó parte de la Junta de Gobierno, hasta que su enfermedad se lo impidió definitivamente, en el mes de marzo de este año, permitiendo que, si bien, en algunos momentos no pudiese acudir presencialmente, tuviéramos durante, largos periodos, un estrecho contacto, porque sus juicios eran muy necesarios para el desenvolvimiento de nuestra Institución. Esto se hizo tan frecuente, que compartíamos todas aquellas cuestiones que apreciábamos de interés. La última de ellas, fue esta misma primavera, cuando me llamó para comentar su criterio y argumentario, acerca de la autoría de una pintura estimada como de Paolo de San Leocadio: Cristo Portacroce, que deseaba adquirir el Museo de Bellas Artes.
Si bien, la Real Academia de Bellas Artes de San Carlos programará a corto plazo, una sesión necrológica en homenaje a uno de sus componentes más relevantes, en la primera reunión que se celebre del Patronato del Museo de Bellas Artes de Valencia, voy a proponer que se realice una exposición en su homenaje, constituida por todas las obras contemporáneas que incorporó a su colección en el periodo 1968-69, muchas de las cuales se hallan en los almacenes durante décadas, sin que hayan podido ser disfrutadas por el pueblo valenciano.
Quiero resaltar, por último, la elegancia coloquial, la bonhomía, la pulcritud en el diálogo, la prudencia y la extremada religiosidad de Felipe Garín.
Adiós, amigo. Si hay algo después, sin duda alguna, estás Allí.
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