Opinión | ágora
Endecha sefardí de Valensia
El pasado día 2 de diciembre tuve la satisfacción de impartir la ponencia Las Huellas del Judaísmo Valenciano revisitado en el marco de la almácera del Monasterio de Santa María de Valldigna, dentro del programa de las III Jornadas Internacionales: Juderías y Judíos en la Antigua Corona de Aragón.
Tras escuchar la conferencia del medievalista José Hinojosa Montalvo, nuestra contribución pretendía una aproximación al registro arqueológico de las comunidades judías en las tierras valencianas a lo largo de los últimos dos milenios.
En este sentido más allá de los sortilegios de plomo de la antigua Saguntum con invocaciones a Iau, por nuestra parte optamos por subrayar en primer lugar los avances de la investigación sobre estos grupos orientales en Hispania gracias a los trabajos de Alexander Bar Magen.
Pasando seguidamente a describir las excavaciones de los años 90 en el Fossar dels Juheus de València y el traslado final de sus restos al cementerio judío de Collserola (Barcelona) (Levante-EMV, 17/04/1996).
Para dicho lo cual y tras dar la primicia del hallazgo por primera vez en la capital del Reino de Valencia de trozos de lamparillas rituales ‘Januquiot’ del siglo XIV (Levante-EMV, 8-05-2019), sin solución de continuidad comenzar la descripción del recinto de la vieja judería valenciana, ya propuesto por Rodrigo Pertegás en 1913, entorno al eje urbano de la calle del Mar, con sus diferentes portales, carnicerías, tafureria y sinagoga mayor emplazada frente al palacio de los Valeriola.
Centrándonos a continuación precisamente en los importantes trabajos arqueológicos del subsuelo de dicho palacio ubicado en el número 31 de la misma, en pleno corazón del barrio judío del medioevo, preceptivos para la habilitación del Centro de Arte Hortensia Herrero (CAHH), dados a conocer por su excavadora profesional Tina Herreros en las recientes Jornadas sobre los Orígenes de la Azulejería Valenciana organizadas por el Museo Nacional de Cerámica el pasado 19 de junio, presentando al público una excepcional casa de patio central con alberca y dos fuentes estrelladas de alicatados, de neta inspiración arquitectónica nazarí, conocida popularmente como ‘La Pequeña Alhambra Valenciana’ y a la que he dedicado sendos artículos periodísticos en estas mismas páginas (Levante-EMV, 7-08-2023 y 15-08-2023).
En este orden de cosas, tras consultar con diferentes expertos, entre ellos alguno de la propia Escuela de Estudios Árabes de Granada, el análisis de paralelos arquitectónicos de la mansión valenciana desenterrada en el CAHH, explicada provisionalmente por sus descubridores y a falta del definitivo estudio de gabinete como una casa islámica de los siglos XII-XIII, nos remitió en cambio, entre otros, al palacio sevillano de Don Fadrique, hijo de Fernando III el Santo, levantado entre los años 1250-60, cuyo paño superviviente de yesería decorado con lacería geométrica de a ocho resulta ser muy similar al descubierto en 1986 en las excavaciones de urgencia del Palacio del Real de Valencia, también con huellas de una fuente de pileta octogonal, cuyas basas de columnas con molduras de tipología medieval cristiana estudiadas por nosotros junto con P. Cressier igualmente fueron fechadas en el siglo XIII, facultando la interpretación ahora de la Casa dels Marbres como el resultado de las obras que el rey Pedro III el Grande mando ejecutar allí a su custodio el judío Vives Aben Vives hacia 1280.
Todo lo cual y a modo de corolario de nuestra presentación en estas III Jornades de Valldigna configura pues un nuevo horizonte constructivo de estilo mudéjar, fechable entre el último tercio del siglo XIII y el siglo XIV, inédito hasta ahora en la historia de la arquitectura del Reino de Valencia, en el que el legado cultural judeo-sefardí parece ser protagonista.
Razones todas ellas por las que creemos que el rumor de las perlas de agua de las fuentes de la extraordinaria vivienda encontrada bajo el Palau de Valeriola no pudo ser escuchado por el Haçach Habinbandel del Llibre del Repartiment, emigrado forzosamente después de la conquista de Jaime I en 1238, como se pretende en la disonante museografía del CAHH, en tanto en cuanto probablemente se trataría en realidad de una posterior residencia áulica, mimética de las arquitecturas del poder de la Alhambra, monumentalizada en su última fase como albergue de un personaje judío de alto rango social como el baile de Valencia en 1276 Yehudá de la Cavalleria, el propio Vives Aben Vives o el cortesano de la reina Leonor Jafuda Alatzar.
Por último, en mi opinión como arqueólogo la solución del estudio de arquitectos ERRE de impostar en el pavimento del patio del Palacio de Valeriola dos yermas estrellas de ocho puntas, no alcanzaría los parámetros formales de la excelencia en su repristinación edilicia, habiéndose perdido en definitiva una oportunidad histórica única de puesta en valor del acervo de la olvidada Judería de Valensia, al modo del jardín de aliceres del palacete del también judío Contador Mayor del rey de Castilla, perfectamente integrado arquitectónicamente en el existente Palacio de Altamira de Sevilla.
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