Opinión

Urtasun y los toros como contracultura

La decisión de Urtasun transmite una intensa sensación de anteponer su propio gusto -o posición política- frente a una mayoría social que persigue el estallido emocional del toreo

Los tendidos llenos piden el trofeo para Roca Rey en València

Los tendidos llenos piden el trofeo para Roca Rey en València / Fernando Bustamante

No hay más que detenerse a contemplar los tendidos de una plaza de toros para comprender lo que significa la voluntad de un pueblo, un sentimiento que se ha transmitido de generación en generación a lo largo de los siglos y que pone sobre el espejo a la sociedad de su tiempo (Ortega y Gasset dixit).

La escena capta el poder de decisión, esa piedra filosofal de la democracia, en la mirada del espectador, como una enorme cristalera por donde se cuela la libertad de arbitrar sobre uno de los espectáculos de masas que todavía existen en España. El público, la afición, es juez y parte del devenir de una corrida de toros. El silencio, el aplauso, el olé o el grito dramático son la mejor respuesta a este milagro de una belleza inconmensurable que supone el toreo.

Por eso, la eliminación del Premio Nacional de Tauromaquia es un ataque más, no solamente a la fiesta de los toros, sino precisamente a la voluntad de un pueblo que decide participar de una cultura milenaria. La tauromaquia ya no es cultura, sino contracultura. Pero la posición de Urtasun transmite un tufillo desagradable, una intensa sensación de anteponer su propio gusto -o posición política- frente a una mayoría social que persigue el estallido emocional que supone una tarde de toros.

Quizá, por la intransigencia que desprende su decisión, esa de querer imponer su voluntad y alterar el curso de una afición milenaria, posiblemente no haya profundizado demasiado en lo que supone la historia del toreo. Así que, si examinamos la historia de la literatura y la pintura, o directamente entramos en el Museo del Prado, o en el Reina Sofía, nos chocaremos con una producción ingente de obras relacionadas con la tauromaquia. Por eso, es fácil llegar a la conclusión de que el toreo es una de las principales expresiones artísticas. Lo que la hace diferente es su creación, su cruda verdad, su forma de mirar a la muerte a la cara. Quizá, por eso moleste tanto hoy en día a Urtasun, dentro de una sociedad infantiloide que esconde tanto la muerte.

Bellísima estampa de la plaza de toros de Sevilla en la pasada Feria de Abril

Bellísima estampa de la plaza de toros de Sevilla en la pasada Feria de Abril / EFE

Quizá, Urtasun tampoco sabrá que Ernesto Che Guevara acudió a la plaza de toros de Carabanchel o de Las Ventas, donde el próximo San Isidro habrá 24.000 personas cada día en los tendidos en pleno 2024. ¿Qué espectáculo concentra esa masa social más allá del fútbol? Ni tampoco entenderá que las fiestas del PCE incluían festivales taurinos, ni que Enrique Tierno Galván escribió un tratado en el que defendía los toros "como acontecimiento nacional", ni que Francisco Brines basó su mirada taurina en que "el toreo es arte o no es nada", ni que el sector genera más de 140 millones en concepto de IVA, ni que el toro como animal es una joya genética única en el mundo que preserva la fauna y la flora de la dehesa, uno de los pulmones de la Península.

Los toros siguen siendo el segundo espectáculo de masas en España. Y no necesitan ningún premio que los avale. Es sencillamente la voluntad del pueblo. No la vete, señor Urtasun.