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Opinión

Valencia

Los toros, sus premios y la cantinela de la cultura

O sea que no solo se permite en este país matar animales por diversión sino que además se entregan galardones por ello. Que un gobierno progresista prohíba el Premio Nacional de Tauromaquia no es una sorpresa, es un mandamiento del pueblo que le ha votado.

El torero Emilio de Justo con 'Enamorado' en la Feria de Julio de 2023.

El torero Emilio de Justo con 'Enamorado' en la Feria de Julio de 2023. / Germán Caballero

Hasta esta mañana, solo conocía el Premio Nacional de Tauromaquia de pasada, cuando se entregaba y los medios de comunicación se hacían eco. Nunca había caído en su contenido, ni por supuesto en su continente, porque era -hasta hoy- una tradición. Entregar galardones al mejor matador cada año. Pero cuando el Ministerio de Cultura, a través de Ernest Urtasun, ha decidido prescindir de este galardón estatal, mi opinión ha sido clara: uno menos.

O sea que hasta hoy no solo se permitía matar animales por diversión sino que además se entregaban premios por ello. Mi desconocimiento está justificado porque poco o nada me interesa la tauromaquia, como a la mayoría de la población, y solo algunas explicaciones de mi colega de redacción, Jaime Roch, hacen que se despierte cierto interés en mí, más por el boato y la anécdota, la cultura general del saber, que por esta afición anquilosada, este arte estancado que busca vestirse ahora de transgresión para seguir justificando comportamientos que quedan lejos ya de la sociedad en la que nos hemos convertido.

No puedo ofrecer datos porque apenas existen; el CIS no ha abierto todavía este melón que tantos enfrentamientos produce. Lo que es cierto es que no es el segundo espectáculo de masas más seguido de España -solo por detrás del fútbol-, y no hacen falta muestras que lo confirmen: basta con pasearse por cualquier plaza durante una feria y compararlo con cualquier festival musical de los centenares que existen, ir de pueblo en pueblo en verano a unas "fiestas" donde la diversión gira en torno a un animal. Ahí sí hay una encuesta del Ministerio de Cultura sobre los Hábitos y Prácticas Culturales en España entre 2021 y 2022 y, para sorpresa de nadie, un 1,9 % de la población asistió en el último año a un «espectáculo o festejo taurino».

Exhibir el sufrimiento, alardear de él, vanagloriarse de una valentía ficticia y encorsetada, prevista, espada en mano, con un séquito de hombres y caballos alrededor que guardan tu integridad física, no reviste, a mi parecer, de un mérito exacerbado, por mucho que sobreviva en torno a la tauromaquia una cultura -ahora sí- de la heroicidad, de la belleza y también de la pasión; solo permitida a los hombres, ni qué decir tiene. En el imaginario colectivo puede que ese romanticismo siga presente, pero que sobreviva muy en parte gracias a las arcas públicas, es más que cuestionable.

Huelga decir que la tauromaquia no es cultura y así lo ha entendido el Gobierno de España. Que algo sea tradicional no lo valida ni lo hace vigente, y la sociedad española del siglo XXI se ha ido sacudiendo no pocas tradiciones hasta ser uno de los países de la Unión Europea que más avanzado está en derechos sociales. Hay muchas maneras de ser española y una de ellas es cuestionando esta afición, por mucho que haya una herencia también en la izquierda socialista (este premio lo creó José Luís Rodríguez Zapatero) que la defienda y la comparta. Tiene difícil argumentación.

Hablando de derechos, cabe recordar que el Gobierno aprobó hace solo unos meses la Ley de Bienestar Animal, que se quedó corta en lo que a la tauromaquia se refiere, pero dejó meridianamente clara la postura de un ejecutivo progresista. La suspensión de este premio no hace más que afianzar esta voluntad y, sobre todo, ser coherente con las políticas de la izquierda progresista en este país que convive poniéndose casi siempre de perfil con esta asignatura pendiente en su currículum nacional.

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