Opinión | Tribuna abierta

Humanismo y democracia frente al Rapto de Europa

El valenciano Luis Vives, uno de los filósofos más destacados del humanismo del Renacimiento, señalaba en ‘De las disciplinas’ que la ignorancia de los clásicos había llevado a que «no entendimos lo que nos mandaban, lo que nos aconsejaban tocante al camino a seguir y la finalidad a conseguir» y que aquella ignorancia, unida a la «continuidad de tantas guerras», nos hizo sucumbir a todo cultivo de la inteligencia y a «reducir a cenizas las obras de los grandes ingenios». Vives, judío español, que vivió desde joven el exilio forzado, consolidó a la vez desde Francia, Alemania, Bélgica o Inglaterra su amplia concepción de un mundo amplio, diverso, europeo en sus fuentes clásicas, y que debía abrirse al entendimiento. Aunque el entendimiento entre estados, culturas, razas y religiones que han conformado Europa a través de su dilatada historia no ha sido fácil. La «continuidad de tantas guerras» que afligía a Vives siguió asolando el continente durante siglos.

Y es precisamente tras la convulsión de dos enfrentamientos extremos, crueles y de impacto global, cuando el 9 de mayo de 1950, la Declaración Schuman, firmada por el ministro francés de Exteriores, supone el inicio de una conmemoración anual, el Día de Europa.

Si bien la Declaración tiene un objetivo económico en su momento, que buscaba en una Europa arrasada el resurgir de los Estados con el motor del carbón y el acero, el despegue permitiría asentar unos estándares que se han convertido en ejes del bienestar y de las condiciones de una vida digna que informan los derechos humanos; la educación y la sanidad no eran ajenos a los postulados que ya en el siglo XV los humanistas alentaban y que, siglos después, sólo pueden ser garantizados por estados que viven en democracia.

La aventura de sentirse europeos es compleja, debe mantenerse hilvanada a través de sus instituciones y de la voluntad política de los gobernantes de cada Estado, porque con ello responderán ante millones de ciudadanos que, según el último Eurobarómetro publicado por la Comisión Europea, mostraban percepciones positivas sobre la economía y la calidad de vida en sus regiones.

Señalaba George Steiner que la europeidad es conflictiva y sincrética, fruto de su doble tradición grecorromana y judía; una tradición que desciende de la razón y la fe, pero también de la coexistencia que ha traído al final la democracia y los valores de sociedades laicas y abiertas. Son también los valores que sustentan el día a día de Fundación por la Justicia, trabajando para que el sentimiento de pertenencia no se torne excluyente, sino que sirva para compartir valores e integrar la riqueza de la diversidad.

La Europa que vivimos nos confiere una identidad que trasciende los nacionalismos, aunque no hay que dejar de lado el esfuerzo común que preserve la regeneración ética de las diversas culturas políticas, la humanización de sus actores y también para hacer llegar a la ciudadanía la percepción de que Europa es un espacio necesario, frente al peligro de desafección institucional en el que están empeñados diversos grupos peligrosamente establecidos en los difusos márgenes entre la opinión pública y la ley.

Se trata de evitar el Rapto de la bella Europa no por parte de un enamorado Zeus, sino perpetrado por quienes se creen con el poder, desde el lado oscuro, de llegar a nublar la luz de los clásicos que Luis Vives quería que iluminaran su soñada Europa humanista.