Opinión | Tribuna

Sueño y pesadilla

Llueve sobre Santiago y los Andes recuperarán su alma blanca. Hasta este pasado martes no había conocido la lluvia en Chile. Cuando uno ve llover en ciertos sitios nos invade una sensación de felicidad como si estuviera lloviendo en todo el mundo. Uno de esos árboles que reverdecen bajo la lluvia, uno de ellos eres tú, y tu alegría es su alegría. Esta es la evidencia última de los seres de la Tierra. Algo muy viejo y muy arcaico se conmueve en nuestro cuerpo cuando llueve bien y no tenemos que esperar a la mañana siguiente para ver los Andes nevados reinando sublimes sobre la ciudad. Son ya nuestra ensoñación.

La condición de estar en otro país reside en que puedes entregarte a la contemplación sin demasiada mala conciencia. Esa no es siempre una actividad gozosa porque es demasiada la pobreza que uno presencia. No podemos desprendernos de aquella oscura sensación de los héroes de Dostoievski que creen en la culpa universal propia de una época de pecaminosidad consumada que ya dura demasiado. Sin embargo, la propia consideración debida a las gentes de este país recomienda no juzgar con demasiada pasión, fingiendo un interés extremo al que no tienes todavía derecho.

Dolor, lo que se dice dolor, es lo que sientes ante ciertas cosas de España. Aquí, en tierra ajena, redescubres el valor del paisanaje. Esta experiencia, sin embargo, te hace hipersensible a la desmesura de las palabras que llegan hasta aquí y que no cesan de herir. Es una escalada que, por haberme ahorrado ciertos pasos intermedios, me parece brutal. Eso es lo que se siente cuando ciertas voces, críticas con la situación política desde antiguo y hablando en nombre de no se sabe quién, llegan a decir: «La derecha tiene que dejar de aferrarse a la transición porque el sistema de 1978 ha colapsado».

El sentido de esta frase procede de una cita de Ángel Rivero, profesor de Ciencia Política de la Universidad Autónoma. Rivero es un tipo risueño y tranquilo, extraordinariamente amable. Su cita dice: «El PP se ha aferrado a un mundo que se ha desvanecido y que era el de la Transición». José A. Zarzalejos la repite para extraer la conclusión de que la derecha «tiene que hacer una nueva propuesta de reforma constitucional». Aunque no sabemos cuál es la vieja, nos dice que ese es «el salto que la derecha democrática debe dar». Lo interesante es que debe hacerlo «para llegar al poder». Por supuesto, la aspiración de esta reforma constitucional es lograr una nueva carta magna que «no permita autocracias como la de Sánchez».

Esto recuerda una vieja anécdota que contaba Herrero de Miñón sobre aquel casto varón que se llamaba Silva Muñoz, que tampoco creía precisamente en el régimen del 78. Habiendo solicitado a Herrero una constitución para después de la muerte de Franco, Silva se mostró irritado con el gran jurista con este comentario: «¿Pero qué constitución me has presentado, Miguel? Con esta constitución no se sabe quién va a ganar». Zarzalejos no es tan radical. No le interesa saber quién va a ganar. Sólo que no gane Sánchez. Pero una constitución que impida una autocracia como la de Sánchez, significa una ley que impida que el PSOE pueda gobernar. ¿Puede ser ese un proyecto de la derecha democrática? Si lo que hace Sánchez es una autocracia, ¿qué es la derecha democrática para Zarzalejos?

En realidad no lo sabemos. Zarzalejos pasa revista a todas las instituciones del Estado y las ve destruidas o, como él dice, en dilución. Cómo no, considera el sistema autonómico fracasado. Su crítica a la partitocracia no deja títere con cabeza y uno no sabe a qué fuerzas de la «derecha democrática» llama para que secunden su propuesta. Lo que hay detrás de este programa, y debería tener la valentía de decirlo, es dejar sin representación política a una buena parte de la ciudadanía española. Lo más claro de su tesis es que hay que lograr «un mejor sistema de representación de los ciudadanos». Por supuesto, en el punto de mira están esos socios desleales de Sánchez, sin los que este no podría gobernar. Su gobierno es una autocracia porque sus socios son desleales.

¿Pero de verdad se cree Zarzalejos que cuando se declaren ilegales los nacionalistas, se elimine la representación de los desleales, y se impida de este modo que la izquierda pueda gobernar en este país sine die, emergerá entonces el reino de Jauja de «la unidad, la solidaridad, la transparencia, la efectividad de las libertades y derechos», de tal manera que la «dación de cuentas sea una exigencia permanente frente a la arbitrariedad del poder en la España de hoy»? Zarzalejos interpreta que el mal procede «del bipartidismo imperfecto». Tenemos la intuición inferida de que la reforma constitucional que propone debe forjar un bipartidismo perfecto. Un viejo ideal, ciertamente.

Si los males de la situación política española tienen que ver con la debacle de corrupción, inercia, incompetencia, dejadez, sob erbia, ligereza, insolencia, dogmatismo, complicidad mutua generalizada, desprecio elitista, impunidad y comprensión patrimonialista del poder que generó el bipartidismo imperfecto, y que llevó a la crisis que estalló en 2009, ¿de verdad creemos que un bipartidismo perfeccionado llevará a una situación mejor? No es una falsificación masiva de la democracia española lo que necesitamos. Lo que necesitamos es una mentalidad democrática capaz de convivir en la diferencia, de respetar los principios sustantivos de los Derechos Humanos y de exigir su cumplimiento según se concretan en las disposiciones fundamentales de nuestra Constitución.