Opinión | tribuna

Regreso a la patria

Cuando este artículo se publique nuestro avión volará sobre el Atlántico hacia Europa. Me llevo discusiones enriquecedoras en la Universidad Diego Portales sobre la huella de Kant en Husserl, Plessner, Heidegger y Blumenberg, lo más granado de la filosofía del siglo XX. Me llevo también la experiencia de un curso sobre estética fundamental en la Universidad Católica de Chile, donde expliqué el proceso de estetización de la vida moderna, desde Shatefsbury a Adorno. No hace ni unas horas que acabó todo y ya siento un agradable recuerdo de esta entrañable experiencia, alentadora e intensa.

Aquí dejo amigos y amigas vocacionalmente volcados a la filosofía, llenos de entusiasmo, una comunidad académica consciente de la importancia de la misión social de la institución universitaria. Hablo de rectores -el de la Diego Portales, Carlos Peña, que amablemente presentó mi libro sobre Ortega ante cerca de un centenar de personas, en un acto impecable organizado por el personal de la Embajada de España; o de Álvaro Ramis, doctor por Valencia y rector de la Academia de Humanismo Cristiano, donde se refugiaron los académicos represaliados por Pinochet, que me invitó a una conversación entrañable con su plana mayor académica-, pero también de estudiantes de pregrado, magister y doctorado, pasando por todos los niveles de colegas.

En estas Universidades, afiliadas al programa de gratuidad del gobierno chileno, fue como revivir mis años de juventud en medio de un intenso interés por la filosofía, y volver a descubrir en la gente joven la pura pasión por la responsabilidad del pensamiento. También recordé mis años al frente de la Biblioteca Valenciana cuando estuve frente a la Escolatina, ese lugar donde la CEPAL del valenciano Medina Echavarría enseñaba a Max Weber, sobre su traducción de Economía y Sociedad, y con cuya familia negociamos la compra de su biblioteca para San Miguel de los Reyes.

Aquí, donde el moderno tipo de capitalismo ha entrado con una fuerza inaudita, en algunos sitios se tiene conciencia de lo que Ignatieff defendía estos días, a saber, que nunca la humanidad tuvo más necesidad de la filosofía que en el presente. La razón es una. Nunca tuvimos más necesidad de herramientas de mediación cultural que en nuestro mundo, atravesado por problemas que no pueden abordarse desde la autoafirmación, la primera opinión, o desde los resúmenes neutros de la inteligencia artificial. Hoy, la interposición de mediaciones conceptuales resulta más necesaria que nunca para no dejarse arrastrar a las posiciones de la estupidez consumada.

Esta necesidad de mediación es afín con el universo democrático, que no requiere posiciones absolutas. Lo hemos visto en Cataluña. La democracia es la posibilidad de dar tiempo, de la diplomacia perpetua, de la reversibilidad de los procesos, de la posibilidad de corrección, de la capacidad de reflexión, de la exploración de las consecuencias antes de que sea demasiado tarde. Cuando vemos imponerse las formas argumentales del fundamentalismo, tarde o temprano veremos despuntar aquello que Ortega llamaba acción directa. Ayer fueron varios políticos alemanes, hoy el primer ministro eslovaco. A Sánchez alguien le ha augurado públicamente que tiene que acabar mal.

La democracia ya no es un destino. Hoy es un combate, complejo y articulado, porque debe incorporar a la vez firmeza hacia fuera, contra los que violan su espíritu, y flexibilidad hacia dentro, entre los que la defienden. Estamos en un cambio de época y es preciso barajar de nuevo las jerarquías de las metas y los objetivos. Si no incorporamos mayorías sociales a determinadas aspiraciones, debemos posponerlas en las jerarquías de lo urgente, porque las dinámicas que genera el empeñarse a toda costa en proyectos minoritarios no harán sino exacerbar a otras minorías. Por el contrario, nada es más imperioso que garantizar fidelidad a la democracia entre amplias mayorías, y eso implica construir horizontes flexibles para hacer convivir las diferencias. Sin esa flexibilidad, no habrá fidelidad masiva. Y sin ella, la ciudadanía desorientada se echará en brazos de los aventureros.

Esto concierne a la ciudadanía catalana tras las elecciones del pasado domingo. Ante su resultado se pueden tener distintas actitudes. La primera, calcular el mejor proceder para que Puigdemont pierda la posibilidad de seguir liderando Junts; o a la inversa, que ERC se hunda hasta los cimientos en unos comicios inmediatos o reconociendo su entrega incondicional a Puigdemont, lo que viene a ser lo mismo. Ninguna de estas opciones lucha por la democracia, sino por culminar una guerra entre formaciones. De ahí no puede salir nada bueno. Una vez más, se quiere forzar la representación sobre la base de la destrucción del rival.

La otra opción es jugar limpio, reunir a todas las fuerzas posibles en la más amplia mayoría y formar un Govern que cuente con el más amplio apoyo popular. El baile que busca Illa a derecha e izquierda no va a rebajar la presión independentista de Junts. Los acuerdos razonables han de hacerse con los grupos dispuestos a apoyar una política social mayoritaria que rehaga los servicios públicos catalanes, destruidos por la incuria del objetivo independentista a toda costa. Junts no parece tener interés alguno en este programa. Sin embargo, ERC solo puede rehacerse en la línea de Bildu, en convergencia con los Comunes y priorizando la política social. Lo que el público español no entendería es que el PSC se ofreciera como el brazo ejecutor de los proyectos de la gran burguesía catalana arremolinada en la vieja Convergencia. No es solo que sea un precio demasiado alto para diluir a Junts. Es que será tiempo perdido para una política social.