Opinión | Visiones y visitas

De turismo y marabunta

Varios países de la Europona septentrional, siempre vanguardistas a la hora de solucionar problemas —quizá porque también fueron vanguardistas a la hora de generarlos—, han prohibido construir más hoteles por miedo a la marabunta del turismo. Al sur del Europoncio, en cambio, aunque los índígenas han empezado a temerla, no se hace nada por ahora ni es probable que más adelante se haga porque vivimos del restaurante, del bar, del merendero, de lo fácil, del sector servicios; porque no hay tejido industrial ni ganas tampoco, y lo que digan los nativos es, en consecuencia, prescindible. Cuanta más gente mejor, como resuena entre las atónitas pedrizas del Viña Rock. Las muchedumbres postcovid han contraído el mal del ímpetu, un insoportable prurito andariego que las impulsa irremisiblemente a llenar/malograr los ocios visitando sitios, agotando recursos y acogotando vecindarios; haciendo kilómetros y escudriñando rincones por puro delirio viajero y por generar contenido en la vitrina digital. Una masa enajenada, un ejército del asueto, una marabunta crucerista desembarca presa de la fiebre cultural y gastronómica, víctima del ansia comercial y el frenesí museístico, y callejea, sin darse un respiro ni darlo a los pobladores, para verlo todo, para probarlo todo, para intentar una ubicuidad imposible que se transforma en prisas y llenazos, en colas y abarrotamientos, en repentinas curiosidades y en dispendios imprevistos, que son los que, al fin y al cabo, persiguen las telarañas tendidas al efecto.

Ha empezado a resentirse aquello de las ciudades abiertas y las gentes acogedoras. Han empezado a caer los tópicos de guía turística. Las gentes van hartándose, y las ciudades volviéndose hoscas, hurañas, inhóspitas por atestadas, henchidas y superpobladas. No hay media mañana tranquila ni crepúsculo sosegado; ahora es todo «finde» tonante y juerga rampante. El censo está partido entre los que huyen a la periferia semirrural y los que convierten los inmuebles vacíos en edificios turísticos, que vale tanto como juntar el hambre y las ganas de comer. Llega la escandalera en progresión geométrica, el marabuntismo rijoso y glotón, la casa de Lúculo y el casamiento de María la Chapa; llega la cola para todo en la ciudad alucinada donde reina el holgorio, donde ya es realidad la vieja utopía del sábado perpetuo, de la fiesta permanente, del solaz desnivelado y desnivelante. Ya no hay tarde silenciosa de domingo, ese corto intervalo reservado a paliar el cansancio del descanso. Ya no se distinguen curros de «findes», porque se curra en finde y se tardea entre semana, siguiendo la corriente, la tendencia, la inercia enloquecedora de la marabunta viajera, del furor turístico, del recreo infinito.

Las meridionalidades europeas acusan las molestias pero no toman medidas. No siguen el ejemplo de la septentrionalidad. La experiencia es un grado, y junto al Mediterráneo, crisol antiguo de civilizaciones, se ha visto en un segundo aquello que los nórdicos tardarán siglos en sospechar: que la marabunta no tiene freno; que a golpe de red social y difusión digital se ha vuelto imparable; que los impuestos especiales y las limitaciones inmobiliarias no harán sino aumentarla, potenciarla y hacer que se desborde, como hacen los obstáculos en las riadas; que vale más irse, abandonar el barco, emigrar a los pueblos cercanos y dejar que se anegue la urbe, que se consuma y desaparezca deglutida por las mandíbulas, pisoteada por los zapatos y desgastada por las manazas de las hordas ofuscadas, poseídas, extasiadas que bajan de los cruceros, de los aviones y de los trenes mirando con salvaje alborozo hacia todas partes, corriendo, saltando y atropellándose para llenar sus vacíos infraviendo por enésima vez lo mismo que han infravisto ya en otros lugares, refocilándose aquí como podrían refocilarse allá e imaginando que viven tres vidas en una. La historia contemporánea es de turismo y marabunta, y se recordará como el cataclismo social que originó una dispersión sin precedentes. Largaos mientras haya tiempo, pero quedaos cerca, en las inmediaciones; no hace falta que lleguéis, pongamos por caso, hasta Sueca.