Opinión

Operación deportación

 Ante lo que se considera un alarmante incremento de las palomas urbanas en la ciudad de Valencia (al parecer han pasado de 24.500 a 35.500 en los últimos tiempos), el Ayuntamiento quiere poner en marcha la “Operación deportación”: las trasladará a zonas rurales. Quizá es ésta la nueva contribución urbanita al desarrollo rural.

Previamente, los responsables municipales tratan de generar un clima propicio para la operación intentando asustar a los pacíficos vecinos con los “peligros extremos” de tales bichos: son “ratas voladoras”; transmiten todo tipo de enfermedades (de momento no se han atrevido a relacionarlas con la peste bubónica), “los microbios de sus excrementos” (sic) destruyen los monumentos (deben ser microbios mutantes que se alimentan de silicatos, carbonatos o similares).

Es verdad que a muchos ciudadanos les incomoda sobremanera que las palomas ronden sus mesas cuando están sentados plácidamente en una terraza y tratan de picotear en su plato de olivas. Aunque, por otra parte, no parece que les incomode tanto que la terraza impida el paso de los peatones que pasean tranquilamente por la acera.

Lo de la transmisión de enfermedades a los humanos (zoonosis) solo se plantea en el plano teórico. Me consta que no se ha declarado ningún caso a los sistemas epidemiológicos de vigilancia de enfermedades de declaración obligatoria. En cambio, las afecciones pulmonares como consecuencia de la contaminación ambiental por el aumento de coches en la ciudad no es una cuestión menor. Sin embargo, la política aquí es de tipo marxista (Groucho), “más coches, que es la guerra”

Para los defensores del patrimonio las palomas resultan especialmente nocivas y costosas. Se ha calculado que cada paloma realiza un deterioro que puede costar hasta 20 euros anuales. Si bien se mira, una minucia comparada con el deterioro ambiental que realizamos cada minuto los de la especie Homo sapiens.

Claro que debe efectuarse un control de la población de palomas. Seguramente los expertos conocen el número máximo aceptable para armonizar los beneficios de su presencia en la ciudad (entre ellos el naturalizar el paisaje urbano) con los “prejuicios” que se señalan. Pero el control debe ser ético, respetando el bienestar animal. La esterilización a través de la alimentación, si es utilizada con amplitud y sostenida en el tiempo, es un sistema que ha mostrado su eficacia en muchas ciudades.

Ahora quieren deportarlas al campo, seguramente a palomares que denominarán ecológicos pero que nadie vigilará ni controlará y que simplemente supondrá el hacinamiento en espacios minúsculos, sucios y sin alimentación.

No confío en que quienes deterioran nuestra salud con la supresión de carriles bici, que propician el incremento del tráfico hasta el delirio, que permiten que las terrazas de los bares hagan intransitables las calles y fomentan el humo en las mismas, que tratan de expulsar sin compasión a las personas sin hogar del cauce del rio inundando los espacios que utilizan, que se entusiasman con la tortura animal de las corridas de toros, vayan ahora a tratar con compasión a las palomas de la ciudad. Al tiempo.