Opinión | Tribuna

Palmadas

Las que dan algunos transeúntes de la última tarde, viandantes ociosos del anochecer, desgraciados que se hacen una gracia infinita cuando pasan bajo el árbol e interrumpen con ellas el trino alegre y multitudinario, expansivo y contagioso, livianísimo, relajante y musical de los gorriones que alborotan el crepúsculo en la maniobra ordenada, laboriosa y eficaz de ocupar hasta el último rincón de cada rama y nos recuerdan, de paso, que feliz o desdichado, apacible o enervante, finaliza el día, la jornada, el ciclo que inauguraron hace unas horas con idéntico bullicio.

Palmadas de gamberro, de zopenco, de tarugo, de patán embrutecido que se goza en su zafiedad lo mismo que reiría sin dientes o comería con la hormigonera de par en par. Palmadas de malasombra, de ceporro, de zoquete, de patán, de tío cerril que disfruta, mientras aguarda mejores coyunturas, intentando malograr el ritual con que los pájaros preparan el descanso.

Un tipo, este palmoteador del véspero, más común de lo que parece, a juzgar por los muchos que pasan a diario, aunque todos parecen uno: se paran a escuchar la estridencia del gorjeo; permanecen un instante suspensos, quietos, atentos, nadie sabe si complacidos o contrariados, y sueltan luego, como si les diese un repente, un calambre o una euforia troglodita, una palmada que semeja un estampido, un latigazo, un disparo, un disparate. Una bofetada horrísona, espantosa, que sobrecoge al vecindario y al averío, y que provoca un silencio momentáneo, un silencio corto a cuyo término se oye la risa loca del palmero, la carcajada irracional, nerviosa, infundada, estentórea del espantagorriones de vocación y ocasión que rúa la tarde tonta de su aburrimiento. No se atreve uno a mirar por si lo conoce, por evitarse un bochorno ajeno en posteriores encuentros o encontronazos. Y los pájaros, dando ejemplo de cordura, elegancia y ecuanimidad, callan un segundo, se miran perplejos, miran entre curiosos y compasivos al cretino y prosiguen su algarabía como si nada.

No es un tema baladí, este del tortazo crepuscular, del castañazo loco, del formidable palmetazo apocalíptico. Todo está relacionado en los comportamientos humanos, y no sería nada extraño que hubiera una conexión directa entre la proliferación de palmeros y la debacle intelectual que causan las pantallas, como hay, en todo el mundo, una relación inversa entre la cultura media y el número de aficionados al balompié. La cuestión es que abunda, no sabe uno si con toda o contra toda lógica, el salvaje que da la palmada y se regodea en el susto y la confusión que provoca en los gorriones; que da la enorme palmarrotada y se ríe solo, mirando a su alrededor en busca de complicidades. Y uno lo escucha, estupefacto, conmocionado, tras la ventana de la casa que hay junto al árbol, y aparte de sentir una lástima profunda se pone uno a pensar que hay otros ámbitos, como la política, en los que también hay quien da palmadas, quien suelta de vez en cuando un exabrupto, un castañetazo, una detonación que paraliza, por puro acto reflejo, el curso normal del diálogo, abocando el nivel del asunto a la más inoperante sub-normalidad —a un desempeño parlamentario muy por debajo de lo normal—, a la modorra de la razón y a la galería de monstruos que suele derivarse.