Opinión | Visiones y visitas

Calaveras muy vivas

No manifiestan culto sino miedo a la muerte las muchas calaveras que hay por doquier. Dibujadas en paredes, bordadas en chaquetas, en forma de colgantes, pendientes o dijes de pulsera, como anillos y tatuajes, adornando carpetas e ilustrando revistas, libros, portadas de discos o contenidos electrónicos, en rótulos y escudos, en sellos y esmaltes, en logotipos y carrocerías, en restos arqueológicos y en las costumbres y tradiciones de todo el mundo: las calaveras, la calavera humana, sonriente y huero depósito del cerebro, cáscara monda que un día contuvo y mantuvo en su temperatura humana el pensamiento es un motivo repetido, una imagen ubicua, una protagonista indiscutible de la iconografía mundial a causa del terror que inspira la parca entre las multitudes; terror que se va convirtiendo, como signo de los tiempos, en pánico cerval, en horror insólito, en espeluzno descontrolado y desnivelante a causa de la intrascendencia, el vacío espiritual y la desesperanza que lo inficiona casi todo. Hay una fiebre de las calaveras, una obsesión por las calaveras, un paroxismo de los cráneos emblanquecidos, de las mandíbulas descarnadas y de las cuencas desocupadas como no lo hubo antes, a pesar de que llevan personificando —u osificando— a la implacable Átropos desde que la raza humana pisa la tierra.

Miedo y nada más que miedo trasluce la profusión de calaveras, dondequiera que aparezcan. Lo demuestra un pequeño detalle, una sutil pero apodíctica evidencia, un rasgo tan decisivo como aparentemente mínimo: que no se reproduce la calavera en actitud y facha de muerta sino de viva y bien viva. Salvo en los postes eléctricos y en la bandera pirata —esta última con significativas reservas, como enseguida veremos—, la cabeza seca y reidora es más un consuelo psicológico, un lenitivo de canguelos que un síntoma de inclinaciones morbosas o de aficiones macabras, porque suele representar un difunto que ríe, un esqueleto que baila, un hueso mineralizado que, sin embargo, se comporta como si no lo estuviese, con fulgor en la mirada, expresión eufórica o amenazadora y, sobre todo, movimiento. Los muertos no se mueven, y por eso las mil calaveras rupestres o decorativas, tan agitadas, que nos topamos de continuo evidencian, más que simpatías funerarias, miedos tan primitivos y arraigados que obligan a presentar viva, galvanizada y hasta divertida la pura cáscara.

Se usa la calavera para combatir el miedo y a la vez para infundirlo, donde viene a cuento lo de los piratas, que sólo es, en realidad, otra cabriola mental, otro autoengaño: si «somos» la muerte, si la muerte «nos acompaña» y nos hace temibles, no puede asustarnos; estamos, de alguna manera o al menos en cierto grado, exentos o como inmunizados. Es aquello, tan estúpido y tan triste, del «novio de la muerte». Las calaveras coinciden con las rastas y los piercings, con las barbas, los tatuajes y las pinturas de guerra en que proporcionan fiereza y sirven como escudo amedrentador; un instinto que compartimos con otras especies, aunque lo de las calaveras, de más elaboración intelectual, es privativo nuestro. La calavera en la chupa, en la oreja o en la piel da un aire baladrón y peligroso, pero no acaba de funcionar. No acaba de verse un culto a la muerte. Ni siquiera un compadreo. No hay, entre tantas calaveras, una que sugiera ultratumba. El miedo hace que las pintemos vivas.