Opinión | Ágora

Y encima las Kardashian

Éramos pocos y parió la abuela. No sé qué parte de ‘Stop masificación’ no ha entendido el universo. Pero su respuesta a la manifestación en Palma de 15.000 almas pidiendo que se detenga el flujo infinito de visitantes a esta tierra ha sido enviar a Mallorca a Kylie y Kendall Jenner. Las dos miembras del clan Kardashian y su madre Kris se han paseado por los más preciosos rincones de la isla. El vídeo grabado en un coche que recorre las carreteritas de la Serra de Tramuntana por las bellísimas hermanas, que cantan entrechocando sus botellines de Estrella Galicia y lanzan un eufórico «freedom» mientras su progenitora las observa con arrobo desde el asiento trasero ha tenido tres millones y medio de ‘me gusta’ y trece mil comentarios de los fans de Kylie.

La imagen de la modelo y empresaria de 26 años, que fue la persona más joven en entrar en la lista Forbes 100, recostada en la barandilla de un barco en una idílica puesta de sol con una copa de vino rosado en la mano ha merecido 5 millones de ‘likes’ y 7.000 observaciones de alguno de los 399 millones de seguidores que atesora en su cuenta de Instagram. Las diez postales de aguas cristalinas, ella en bikini frente a una costa virgen, su desayuno o su paseo en tabla de paddle surf para llegar a la desembocadura de un torrente cosechó tres millones de corazoncitos y más de 5.000 elogios.

No le va muy a la zaga su hermana de 28 años, modelo que algún año ha sido la mejor pagada del mundo y también elegida uno de los 50 rostros más bellos del planeta. Sus fotos caminando en recónditas playas de guijarros y vídeos corriendo con un vestido de noche por la larguísima cubierta del yate que las albergaba, al atardecer, tuvo cuatro millones de ‘likes’ y 8.500 anotaciones procedentes de alguno de sus 293 millones de admiradores. Con que un uno por ciento de los espectadores de ambas celebridades deseen emular a sus ídolas ya podemos colgar el cartel de completo.

No nos molestemos en decirle al público de las Kardashian que esos lugares no existen. Que existen solo para los tan multimillonarios desde la cuna como ellas, que pueden buscarlos, encontrarlos y disfrutarlos desde el otro lado, desde el mar, y con una legión de facilitadores a su servicio. La tierra en la que nos amontonamos los pringados, aborígenes y visitantes de presupuesto limitado, no ofrece esas estampas de sueño mediterráneo y silencio mientras se pone el sol. No les aseguremos que todo falso menos la cerveza. Que hay una cola de tres horas al sol para bajar a una cala el tiempo de hacer un selfi, o que en el pueblo que tanto gustó a las hermanas resulta imposible aparcar, o que los atascos para ir a cualquier parte a cualquier hora son moneda corriente. No nos van a creer a nosotros, sino a sus divinidades.

Necesitamos crear una figura disuasoria que contrarreste a las ‘influencers’ que tan bien venden paraísos perdidos. Propongo llamarla ‘desprestigier’. Nuestro carismático ‘desprestigier’ colgará fotos en el atestado autobús de Palma, de la factura de seis euros por una caña en una mesa apretujada en una plaza, del rosario de vomitonas camino de la playa, del petado mirador para ver el mar, del cartel de ‘prohibido el paso, solo vecinos’, de las motos de agua a la hora de la siesta. Se ha de contratar a alguien a la altura del reto, no sirve cualquiera. Alguien tipo Belén Esteban, paladina de la gente corriente.

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