Opinión | Verdiales

La vida, a veces

En casa, tenemos dos expresiones a las que recurrimos con tanta frecuencia que ya son una broma más entre nosotras de esas que aligeran la intensidad cotidiana. Son ‘a ver si’ y ‘hay que’. Ninguna se refiere al deber, a las tareas y los asuntos pendientes, administrativos, burocráticos, profesionales, que se van acumulando hasta desparramarse, no en la mesa de trabajo, sino en la cabeza, que es mucho peor, pues generan terribles migrañas.

Describen ambas la posibilidad, el deseo, la necesidad, finalmente, de dedicar tiempo al cuidado de una relación, al disfrute de ella, a preservar una intimidad que hoy se menosprecia y minusvalora en favor de la exposición mediática. Cada vez es más difícil no caer en esas redes cuyos filtros redecoran nuestras vidas hasta convertirnos en fingidores, como el poeta de Pessoa, que «finge tan completamente que hasta finge que es dolor el dolor que en verdad siente», pero sin que haya en esa pose nada de literatura.

Yo misma, al final del día, antes de meterme en la cama para leer, cojo el teléfono móvil y pierdo un rato que podría ser precioso si lo dedicara a otros menesteres que no fueran ver vídeos insulsos o leer comentarios que van únicamente de lo hiriente a lo jocoso, ya que el gris, con sus infinitos matices, no es un color que combine con lo virtual.

Cada noche que eso me pasa, me enfado un poco conmigo misma y me digo que no volverá a suceder. Porque, pienso, la vida, la que yo quiero vivir, la que merece la pena ser vivida, está en otra parte, en un lugar distinto hecho hogar priorizando el bienestar y la tranquilidad. Son esas mis necesidades básicas, las que más necesito cubrir, a las que menos presto atención.

Me gustaría, pero no tengo, nunca los tendré, el valor ni la osadía que la escritora Mary Oliver demostró cuando se fue a vivir con Molly Malone Cook, su pareja, a Provincetown, un pequeño pueblo costero de Massachusetts (Estados Unidos), sin más equipaje que la aspiración de ser felices. Un anhelo que pudieron consumar a lo largo de las décadas que allí, en una casa construida entre las dos, tan rudimentaria como sus existencias, vivieron juntas.

Este pasaje de su libro Horas de invierno (Errata Naturae, 2022) lo resume muy bien: «M. y yo nos conocimos a finales de los años cincuenta. Para mí fue como una nueva adolescencia: escalofríos y zumbidos. Certeza. Llevamos más de treinta años viviendo juntas. Prefiero no contar mucho al respecto. La intimidad, tan poco valorada ya en este mundo, sigue siendo una cualidad lógica y razonable del paraíso. Somos felices y somos afortunadas. Ni nos interesa la política ni somos proclives a la compañía de otros. Repito: somos felices y somos afortunadas. Nos bastamos mutuamente: acompañamiento, intimidad, cariño, arrebato. Cada vez que oigo algo horrible, quiero taparle los oídos a M. Cada vez que veo algo bello y me da un vuelco el corazón, es a M. a quien corro a contárselo». Fueron felices y fueron afortunadas, y no necesitaron abalorios ni lujos, pretensiones ni artificios. Y me he dado cuenta, espero que a tiempo, de que eso es lo único a lo que yo aspiro a estas alturas de mi corta pero atribulada vida. Quiero poder amar y ser amada como ellas, con esa entrega y esa generosidad. Tener esa oportunidad, dármela. Una ambición humilde, aparentemente sencilla y, sin embargo, muy difícil de conseguir, porque sólo depende de mí.

Las excusas se acaban cuando llegas a la conclusión de que, más allá de la enfermedad y las desgracias imprevistas, contingentes, del puro azar, eres dueña de tu destino. Como lo fueron Mary Oliver y Molly Malone Cook. Como aún lo es esa amiga a la que, con poco más de 70 años, le acaban de decir que padece alzhéimer. Como todavía lo son los dos ancianos, cogidos de la mano, con los que, hace unos días, me crucé en la calle y a los que fotografié para no olvidarme de ese presente. Porque así es el amor, a veces. Así es la vida, a veces. Y conviene recordarlo siempre.