Opinión | ágora

Manuela Ballester

Manuela Ballester (Valencia, 1908-Berlín, 1994) fue mucho más que la mujer de Josep Renau. Pero esta afirmación, que hoy suena a obviedad, hasta hace pocos años había que demostrarla contra viento y marea, contra la invisibilidad de las artistas y contra el eclipsamiento que los varones ejercieron sobre sus compañeras y esposas. La lista de parejas, donde sólo ellos brillaron para la posteridad, resultaría interminable y baste con un ejemplo muy famoso para comprobar esas injusticias perpetuadas hasta fechas bien recientes. A la sombra siempre del genial Rafael Alberti, María Teresa León tuvo que esperar mucho tiempo hasta que se reconociera la talla de una escritora excepcional. Bastaría con leer su Memoria de la melancolía para colocar a León en el altar de la mejor literatura española del siglo XX. Así pues, otro tanto ocurrió en el mundo de la pintura con el tándem de Renau y Ballester. Tal vez el protagonismo del primero en la guerra civil, como director general de Bellas Artes y autor del encargo del Guernica a Picasso, también haya tenido que ver con el ocultamiento de Manuela Ballester. En cualquier caso, una exposición en la Universitat de València, que estará abierta hasta el 1 de septiembre, (Manuela Ballester, pintar enfront de tot) reivindica a una de las valencianas más relevantes del siglo XX. No sólo como artista, sino también como una mujer de izquierdas y comprometida con las clases populares. Ballester nació y creció en un ambiente marcado por el arte y la cultura como hija de un escultor y de una modista. Desde bien joven destacó como pintora, ilustradora, cartelista y diseñadora en una época en que las mujeres de vanguardia comenzaron a romper moldes en la etapa republicana.

Perdedora de la guerra civil, hubo de exiliarse con Renau y sus dos hijos mayores primero a Francia y, poco más tarde, a México, donde su talento alcanzó las mayores cotas en un país que acogió a miles de republicanos, muchos de ellos procedentes del campo de la enseñanza y la cultura. Al amparo de la hospitalidad mexicana y de colegas como David Siqueiros y en compañía de otros ilustres exiliados como el cineasta Luis Buñuel, el filósofo José Gaos o la escritora y diputada Margarita Nelken, la obra de Ballester se diversificó en diferentes lenguajes, técnicas y temas que abarcaron desde el retrato a la propaganda política con incursiones en la moda. Fueron años felices y fructíferos aquellos de México, como bien recoge la exposición, en los que Manuela tuvo tres hijos más y en los que se sintió muy arropada por sus hermanas Rosa y Josefina, dedicadas al grabado y conocidas las tres como las Ballester. Siguiendo los pasos de Renau, en 1959 toda la familia se trasladó a la República Democrática Alemana que les dispensó un trato de privilegio como comunistas célebres. A pesar de ello, la artista se sintió allí más triste y más sola que en México. Divorciada en 1962, ya en su madurez, Manuela asistió desde su casa en Berlín oriental al final de la dictadura franquista y a la caída del muro.

Redescubierta en España, en general; y en Valencia en particular durante la Transición, la nueva democracia fue incapaz de recuperarla para que regresara a su país. Quizá esa deuda todavía pendiente con Manuela Ballester haya sido saldada con esta amplia y magnífica exposición. Ojalá.