Opinión

La caída del imperio ilustrado occidental

¿Qué está ocurriendo a nuestro alrededor, en un mundo que se anunció feliz y opulento tras la caída del Muro de Berlín y el desguace de lo que Churchill bautizó como Telón de Acero? 

La caída del imperio ilustrado occidental

La caída del imperio ilustrado occidental / Levante-EMV

Tras varios días por las costeras del Montgó rindiendo lectura a Proust y comprobando las pinadas secas, enrojecidas por la falta de verdor, una tormenta extraordinaria desencadenó unas inundaciones impropias de la primavera tardía en estas latitudes. Me alegré por los pinos, pero me hundió el artículo sobre la necesidad de prevenir incendios en tiempos de sequía. He devuelto al archivo las líneas embastadas, porque la lluvia tiene la virtud de hacernos olvidar muy pronto que es necesario actuar antes de que ardan los montes, sobre todo cuando se trata de espacios naturales de gran valor como lo es el parque del Montgó.

En plena dana, que antes llamaban gota fría, cambié de tema para entrar al análisis de las recientes elecciones europeas. La idea que me rondaba consistía en tomar algo de distancia respecto del clima político español tan ruidoso y endogámico, cuyos últimos episodios consisten en que parte de la judicatura, secundada por la oposición, se rebela contra la corta mayoría legislativa, mientras el ejecutivo se entorpece con sus aliados parlamentarios en lo que más bien parece el reparto de un botín corsario.

Un estupendo artículo de Juan Ramón Gil desde su base alicantina publicado esta misma semana, también me planchó el esbozo político que andaba rumiando. Alertaba Gil del pobre recorrido de las disputas democráticas en la corrala nacional frente a la irrupción del populismo político ultra en buena parte de Europa, en particular la zozobra que se ha desatado en los dos pilares de la Unión Europea, los del eje franco-alemán.

La marejada en Francia es intensa, con elecciones a la vuelta de unas semanas, los históricos gaullistas en crisis profunda y la izquierda tratando de emerger de su anodina coyuntura y el radicalismo de Melenchon. No mucho después serán los comicios británicos, con el previsible hundimiento conservador, que se anuncia histórico, abriendo paso al renacer laborista. Inglaterra, siempre a contracorriente del continente. Le ayuda su sistema político de elección por mayorías, menos plural aunque mucho más estable.

Así que no me ha quedado otra que ir más allá y coger perspectiva, para tratar de comprender lo que está ocurriendo a nuestro alrededor, en un mundo que se anunció feliz y opulento tras la caída del Muro de Berlín y el desguace de lo que Winston Churchill bautizó como el Telón de Acero que levantaron los soviéticos en Europa del Este. En cambio, a día de hoy, el nacionalismo y el populismo han desatado una guerra abierta en Ucrania, tensionando todo el espacio que dominaron los rusos mediante el Pacto de Varsovia, mientras Oriente Medio está en llamas y Donald Trump coge carrerilla para llegar al primer martes de noviembre.

Otros pensadores más conspicuos se han presentado estas últimas semanas con análisis de interés al respecto, tan necesarios como apresurados y sin la distancia necesaria que procura el paso del tiempo. Franceses mayormente. Un sociólogo clásico como Gilles Lipovetsky, sin ir más lejos, acaba de publicar la versión española de La consagración de la autenticidad (Anagrama), en la que fiel a su crítica de la sociedad liberal desde una posición socialdemócrata, considera que el proyecto emancipador que nace en la Ilustración ha devenido en el disolvente de los valores colectivos. No deja de ser una explicación de raíz conservadora, mal que le pese, incómoda con los tiempos hipermodernos, acelerados, individualistas y ahora enfermizamente ‘auténticos’.

También francés, pero originario del melting pot libanés, Amin Maalouf se ha dejado entrevistar en nuestro país para el lanzamiento de su ensayo, El laberinto de los extraviados. Occidente y sus adversarios (Alianza), en el que readapta su visión del naufragio de las civilizaciones. Maalouf está predeterminado por la involución mental del mundo árabe y ha visto con mirada muy crítica los fracasos en la construcción de las sociedades multiculturales. El rebrote derechista europeo es consecuencia, según Maalouf, de la decadencia de las ideologías que devuelven al escenario de la geopolítica mundial los intereses nacionales.

Resulta revelador, pero algunas de esas ideas ya se enunciaron, de otro modo claro está, hace más de un siglo. Contra la inestabilidad de la República de Weimar se alzó un pensador radical como Oswald Spengler. Publicó en más de 1.300 páginas en dos tomazos, La decadencia de Occidente, una furibunda refutación de la democracia, lo que interesó sobremanera a los nacionalsocialistas, de los que nunca quiso saber nada. Spengler fue un nietzschiano que creyó en el advenimiento de una nueva era. Años antes, Nietzsche construyó el superhombre con música de Wagner, pero finalmente concluiría que el compositor de las walkyrias era un egoísta sin escrúpulos. A Spengler le pasó con Mussolini, al que saludó como un nuevo César hasta que vislumbró el tono folklórico y emplumado del fascio italiano.

En España, el régimen de Franco alentó también la creación de doctrinas que sirvieran para refutar los valores liberales. El franquismo no solo demonizó a la democracia de ‘la pérfida Albión’, que entre otras cosas nos había ‘robado’ Gibraltar, sino que apadrinó a Gonzalo Fernández de la Mora, autor de El crepúsculo de las ideologías (1965), el intento más serio desde el punto de vista académico por dotar al franquismo de un corpus filosófico-político, una vez el falangismo ya resultaba incómodo. En su denso manual a la carta del régimen, Fernández de la Mora criticó las ideologías con agudeza, pero se equivocó al vincularlas al nacionalismo y no pudo más que hacer cabriolas intelectuales para justificar el franquismo en su vertiente más paternalista. De la Mora, recordémoslo, fue la primera y fallida escisión ultraderechista que padeció la Alianza Popular democrática de Manuel Fraga.

Nada nuevo, por lo que antecede, esta colisión del liberalismo fruto de la luz de la Ilustración con el pensamiento de raíces autoritarias. Tal vez, lo original del momento actual sea la aceleración de la realidad, acentuada por la universalización de los dispositivos de información, lo que produce en el sistema una inestable sensación de vértigo. Mientras una parte del mundo se lanza a vivir en irreales resorts turísticos, otra navega en pateras a la conquista del muro europeo o cruza el río Bravo. En tanto una parte de la juventud vive ensimismada en sus redes sociales, otra se repliega sobre sí misma y no acepta el esfuerzo como mecanismo para acceder a los deseos de un mundo que se vende como opíparo y futurista. La política clásica apenas da respuestas y sus líderes solo hablan medio minuto para la televisión en formato eslogan. En realidad, tal vez tenga razón Robert D. Kaplan, el original pensador norteamericano que lo fía a la influencia de la geografía. «Europa tiene que pensar en Rusia como un problema continuo, que podría ir a peor», ha declarado en una reciente entrevista a El Periódico de España, poco antes de participar, en unos días, en el foro Económico y Social que Prensa Ibérica organizará en Valencia. Buen momento para pensar lo complejo.