Opinión

Quan el mal ve d’Alacant

Carlos Mazon y Diana Morant

Carlos Mazon y Diana Morant / LEVANTE-EMV

El pasado domingo se celebraron elecciones al Parlamento europeo. De entonces acá, a escala continental el país que en el imaginario colectivo representa de forma más genuina los valores republicanos (en el sentido constitucional del término), digo de Francia, ha estallado, con la derecha dirimiendo en los juzgados si se alía con los ultras de Le Pen o mantiene el cortafuegos, la izquierda resucitando un frente popular que retrotrae a épocas que es mejor olvidar y Macron haciendo un pedrosanchez que no está nada claro que pueda salir bien.

En España, la amnistía se ha publicado en el BOEal mismo tiempo que ERC y Junts, los perdedores de las elecciones autonómicas, ganan la primera votación en el nuevo Parlament y se hacen con la mesa que controlará la investidura, para la que ERC pone un precio al PSOE, la financiación singular para Cataluña, que de aceptarse tendría consecuencias directas sobre la Comunitat Valenciana. Los fiscales protagonizan un motín inédito en democracia contra la aplicación de esa amnistía, aprobada por el Legislativo, que es el que tiene la facultad para hacerlo, mientras los jueces se aprestan a lo mismo, en lo que bien podría llamarse la rebelión de las puñetas. Y la Fiscalía europea se queda con el caso por el que está imputada Begoña Gómez, pero el juez Peinado se resiste a soltar la presa y anula todas las citaciones menos la de la esposa del presidente del Gobierno, no sea que le riña Federico.

Pese a todo eso, agolpado sobre la mesa en tan solo una semana, los analistas siguen hablando de que por fin vienen dos años sin elecciones en este país. Pero el fantasma de un adelanto de las generales si en Cataluña hay que ir a repetición electoral, para hacer coincidir ambas convocatorias, continúa sobrevolando el paisaje, porque si hay segunda vuelta en Cataluña difícilmente puede haber presupuestos en Madrid y si no hay presupuestos del Estado, por segundo año consecutivo, a ver cómo narices arrancamos de una vez por todas la legislatura.

Así que comprendo que hacer balance de lo que ocurrió en la Comunitat Valenciana el pasado domingo pueda parecer ocioso, incluso tedioso para muchos lectores. No les quito la razón. Yo mismo me confieso aburrido. Pero por debajo de los números hay corrientes de fondo que conviene no perder de vista, porque son las que en definitiva marcarán la gobernabilidad presente y futura de la autonomía. Y teniendo en cuenta el elevado número de diputados que este territorio envía al Congreso, sólo por debajo de los que mandan Madrid, Cataluña y Andalucía, también la del Estado, aunque eso los valencianos jamás hayan sido capaces de ponerlo en valor.

En este mismo espacio, hace una semana que parece un siglo, se indicaba que los resultados de las elecciones europeas, por su singularidad, no podían extrapolarse a otros sin hacerse trampas. Pero también se señalaba que, siendo los primeros comicios que Mazón afrontaba desde el poder y el PSOE y el resto de la izquierda desde la oposición, la lectura en clave local sería inevitable. Y se apuntaba una guía básica para el balance: en cuanto a los populares, Mazón saldría reforzado si la media de voto al PP aquí era superior a la nacional, si contenía a Vox en mayor medida que en el resto de España y si la izquierda no lograba recuperar algo de terreno respecto al 28M. Bien. Pues siguiendo ese esquema, tan discutible como cualquier otro, habrá que decir que Mazón ha aprobado por los pelos y que Morant, para la que también era su primera prueba de fuego como líder del PSPV, ha resistido razonablemente.

El problema para Mazón es que sale de esta más dependiente de la ultraderecha (a partir de aquí, léanlo en plural) de lo que era. Él está punto y medio por encima de lo que Feijóo se anota en España. Pero Vox y ese peligroso chisgarabís que encabeza esa cosa llamada Se acabó la fiesta acreditan más del 16 % de los votos. O sea, que el año de presidencia de la Generalitat no le ha reportado el beneficio que cabía esperar.

Por su parte, el dilema para Morant es que resistir es no caer por debajo de donde estabas. Y donde estabas era en la oposición. Así de simple. Con el añadido de que el único discurso de esa izquierda es frenar a la ultraderecha, y resulta que donde antes había una ahora hay dos. Y que si hablamos de bloques, la distancia a favor del de la derecha sigue creciendo respecto a la que había en las últimas autonómicas.

Pero si hay un elemento, hablando de esas corrientes de fondo, definitorio y que, sin embargo, la izquierda no sabe cómo afrontar, es el agujero negro que tiene en Alicante. No llega a tres puntos la ventaja que el PP le ha sacado al PSOE en Valencia. Pero en Alicante han sido más de siete. Y con independencia del fiasco de Podemos, si nos remontamos a hace un año, los más de nueve puntos de diferencia en las elecciones autonómicas tienen mucho que ver con que en el Palau hoy esté sentado Mazón y Puig sea embajador.

Lo he escrito muchas veces, pero lo repito aquí. Alicante no es más conservadora ni menos que Valencia o Castellón. Simplemente, es que la izquierda no tiene discurso para una provincia cuya propia existencia niega. Para una parte importante de la izquierda, Alicante es un territorio ignoto y estrecho, que empieza del Mascarat para abajo y acaba en el Mas de la Mola de Crevillent. Todo lo que hay al norte es Valencia. Todo lo que hay al sur, Murcia. Es una visión pueblerina. No. Perdónenme las élites bienpensantes del Cap i Casal: es una visión provinciana. Al norte del Mascarat hay todo un territorio que no se siente bien tratado ni desde Valencia ni desde Alicante, que es lo que Adolfo Utor, con una visión estratégica que últimamente se le echa de menos, definió como «la quinta isla». Y al sur del Mas de la Mola no está Murcia, sino una de las zonas más pobladas de la Comunitat Valenciana, la única con verdadero sentimiento de comarca (la gente dice «soy de la Vega Baja», a ver en qué otro lugar se sustituye el pueblo de origen por la comarca en la que se enclava), que sin embargo es sistemáticamente preterida por la izquierda valenciana porque su lengua vernácula es el castellano. Como si alguien hubiera elegido quién le conquistaba en la Edad Media.

La ejecutiva provincial del PSOE está dirigida en Alicante por Alejandro Soler, a la sazón presidente también del PSPV. Y tiene entre sus miembros más destacados a Rubén Alfaro, alcalde de Elda y portavoz de la dirección del PSPV. El fracaso del PSOE en estas elecciones en Alicante, de haberse reproducido los números a escala nacional, hubiera hecho imposible a Pedro Sánchez seguir. Lejos de cauterizar heridas, se han abierto algunas nuevas, como la del «cinturón rojo» del Vinalopó, que ha pasado a ser azul. Pero en Alicante, nadie ha dado la cara. Ni Soler, ni Alfaro, ni por supuesto Morant, que con digerir la derrota socialista en Gandia ya tiene suficiente. Estamos en el extraño caso del partido que, siendo capital para el sistema, ha desaparecido en la provincia clave para determinar quién gobierna la Comunitat, porque representa el 37 % del censo. Hay una progresía intelectual que sigue sosteniendo, cuarenta años después, que lo de Alicante es un invento, que en realidad no existe. Estaría bien si no fuera porque las elecciones relevantes se contabilizan por circunscripciones provinciales.

A la izquierda más nacionalista (no deja de ser otro contrasentido) le encantan las efemérides, aunque estén viciadas de origen, y los lemas. Vale. Pues ahí va una propuesta: dejémonos ya del 25 d’Abril y del «quan el mal ve d’Almansa». El mal, para la izquierda, desde hace tiempo viene d’Alacant. Puig pasó ocho años intentando combatir eso. Coser, como él decía, la Comunitat. A sus sucesores, empeñados en borrar ese legado porque les obligaría a hacer un esfuerzo de comprensión para el que no están preparados, les parece una pérdida de tiempo. Desde Alicante, Zaplana, ese cartagenero que nunca podía ganar porque no hablaba valenciano, inauguró veinte años de gobiernos populares. Desde Alicante, Mazón, ese alicantino demasiado moreno para los gustos de cierta izquierda valenciana y que canta a Julio Iglesias (también a Serrat, ojo) pero no a Al Tall, tiene por delante una legislatura y se está asegurando la siguiente. Y el problema que algunos tendrían que hacerse mirar es que, consumido un año, a Mazón pueda preocuparle más un personaje como Alvise que una ministra como Morant.