Opinión | Tribuna

Plaza Castilla

El dominio de la virtualidad es el último paso en el proceso de intelectualización humana. Ese proceso puede describirse como la producción de una ingente abstracción. El procedimiento lo inauguró Descartes, al lado de una estufa, en una noche de vela en su guarnición, cuando hizo abstracción de todo lo que le rodeaba y, prescindiendo de la experiencia del cuerpo, identificó el Cogito, el lugar de sus propias ocurrencias mentales, en un proceso reflexivo que Occidente se tomó en serio, pero que repetía la cómica escena del genial Plauto en su Anfitrión.

El proceso de virtualización, de intelectualización y abstracción pasa por el abandono completo del contexto de los cuerpos, con sus condiciones sufrientes. Así se produce una concentración en la experiencia mental, que separada de la vida corporal, magnifica la relevancia de las propias representaciones y se introduce en un mundo fantasmal subjetivo. Durante mucho tiempo, eso ocurrió por un procedimiento que llamamos reflexión y fue sinónimo de pensar, algo solemne que daba relevancia a lo que llamamos conceptos. De un tiempo a esta parte, el procedimiento funciona por la imagen. Eso ha cambiado los hábitos mentales y comunicativos de modo radical.

La imagen es un dispositivo de abstracción y descontextualización imponente. Concentra la atención en un punto, saca de escena todo lo demás, lanza un contenido nítido a la mente, invade el psiquismo con fuerza deslumbrante y su impronta impone un sentido fuerte de realidad, ajeno al concepto que nuestros antepasados veneraron. De la misma forma que ellos idealizaron por medio del concepto, nosotros idealizamos por imágenes. Es nuestro medio de sublimación. Por eso, el cine el todavía realista, porque presenta imágenes sin abstracción, imágenes de cuerpos reales en contextos e historias de sufrimiento y de alegría. Frente al cine, muchos medios de comunicación viven de la abstracción y de la falsedad. Aíslan una imagen y la imponen como real.

Discúlpeme el lector esta introducción filosófica. El motivo de incluirla es sencillo. Como todos los días, he pasado por la plaza de Castilla y he mirado hacia los juzgados. Consciente de que hoy era el día grande de su señoría, el juez Peinado, he cruzado la acera entre furgonetas de policía. Quería ver de cerca, no mediante un proceso de abstracción, de virtualización y de imágenes recortadas, aisladas, idealizadas y magnificadas, sino con la experiencia de mi humilde carne, qué pasaba por los alrededores de los juzgados. Y lo que pasaba a las 10 de mañana era algo indigno, vulgar, patético y despreciable.

En efecto, tras la barrera de cincuenta cámaras, allá, cerca del viejo depósito de Aguas del Canal, unas decenas de personas gritaban la consigna del siglo con un altavoz de predicador mugriento. «¡Juez Peinado, estamos a tu lado!» Un poco más allá del tipo del megáfono, y en una pancarta diseñada para que pudiera recogerse en un primer plano televisivo, se leía con desinhibida visceralidad: «Pedro Sánchez a la cárcel». Se suponía que todos estos desocupados energúmenos gritones estaban allí para contemplar de cerca los preparativos de un acto de justicia. Así honran a la divinidad ciega.

Pero si hacemos caso al contexto, la gente paseaba indiferente, los policías se contaban chistes y reían, los paisanos circulaban rápidos buscando la sombra, mientras al otro lado, las terrazas estaban llenas de gente razonable que se empleaba a fondo con las barritas de pan con tomate o con las porras tostaditas. Muchos camareros confraternizaban con periodistas cansados de estar allí de pie, y ahora buscaban una colación, hartos de escuchar tonterías. Sobre las mesas, las alcachofas vacantes. Según el contexto, la vida, los cuerpos, los hábitos, lo que sucedía con el juez Peinado era algo así como lo que sucede en un agujero negro interestelar. Algo muy lejano. Pero el proceso de abstracción por la vía de la imagen dará la impresión de que toda la plaza de Castilla, y por consiguiente la galaxia entera, estaba expectante de las hazañas de Your honor Peinado.

Lamento decir que no es así. Quizá, y esto es solo una hipótesis de algún pensador malévolo, lo que sucedía fuera era el reflejo virtual preciso de lo que sucedía dentro. Un acto judicial merecía la indiferencia de la ciudadanía. Lo demás, un montaje de imágenes fanatizadas para nutrir la visceralidad que manda en la virtualidad. Pero lo que yo he conocido con mi cuerpo mortal ha sido un grupito de locos fanáticos indocumentados pidiendo la cabeza de Sánchez, animado por un odio mostrenco y villano, sin otra causa que su propio desvarío. Con mis oídos he escuchado que estas gentes de calidad son los que están «al lado de Peinado». Ese es el apoyo de la figura imponente de un magistrado, una plebe indigna, de la estirpe de aquellos que cantaban «¡Vivan las caenas!»

Un juez en los países civilizados es el señor del proceso y vela por su imparcialidad. No es el señor de la instrucción. Entre nosotros, puede convertirse en el operativo del odio político. Eso no es razonable. Como no lo es que se instruya causa general por la conducta de una ciudadana, con o sin indicios, algo que lleva directamente a la indefensión letrada. Eso fue lo propio de la inquisición, o lo propio de lo que se llamó «Juicio de residencia», causas generales de oficio sobre periodos enteros de la vida de alguien. Pero eso no es un juez moderno. Decididamente, la justicia no ha hecho la transición a la condición propia de un país civilizado.