Opinión | Tribuna abierta

Convicción colectiva

València, ¿avanza en marcha triunfal o anda lacrimógena mendicante? Este fue el debate, hace décadas, en el Ateneo Mercantil de València, entre Vicent Ventura y Amando de Miguel. O nos excedemos en la autocomplacencia o nos lamentamos sobre nuestra actitud. ¿Es más lo primero o lo segundo? En cualquier caso, ¿sabemos adónde vamos? Se dice que los pueblos que no tienen memoria, no tienen historia, Ernest Bloch dixit, y, acaso, ¿tienen futuro? Ahora cuando todo parece cuestionado, instituciones financieras, económicas, deportivas, medios de comunicación, incluso la propia autonomía, ¿no estaremos ignorando avances recientes en la recuperación de nuestra memoria colectiva?

Los pueblos, que se sienten como tales, requieren tener conocimiento preciso de lo que son y de lo que quieren ser. Lo que son, para reconocerse; lo que quieren ser, para reafirmarse. Giuseppe Mazzini, político y activista italiano lo analizaba, tratando de favorecer, entre sus compatriotas, lo colectivo. Ricard Sanmartín, antropólogo valenciano, denomina ‘síndrome personal’, al rasgo de una sociedad, la valenciana, que se caracteriza porque la vinculación de los ciudadanos no gira tanto en torno a la casa común como alrededor de la persona. Lo individual por delante de lo colectivo. El espíritu emprendedor individualista como fortaleza y la escasa convicción colectiva como debilidad.

El camino para recuperar la memoria colectiva resulta una exigencia. Se trata de constatar nuestro patrimonio histórico para con ello avanzar, minorando las diferencias, y progresando en las concordancias. Necesitamos reflexión pero también tolerancia, discrepancia pero también aceptación. De otro modo cómo vamos a ser capaces de construir una convicción colectiva, que alcance donde no lo hagan nuestras capacidades individuales.

En ocasiones el muro de la intransigencia es más alto entre los próximos que con los ajenos. Sólo siendo reconocedores del escaso éxito de la desunión se puede avanzar. Este país está cansado de polémicas estériles que únicamente benefician a quienes las provocan. Hay que ver lo que nos une, que es mucho, y no lo que nos divide, que apenas es nada. Será obvio pero es verdad. No hay nada más testarudo que lo razonable.

La reflexión puede resultar ya urgente, pues entre la regionalización del espacio europeo, la inmigración creciente, y la globalización mundial, sólo los pueblos que tengan presente su pasado histórico, y su apuesta de futuro, persistirán. Y así, otros van tomando posiciones. Por tanto la respuesta de la sociedad valenciana resulta determinante. Adónde vamos, ¿a mostrarnos como gestores de nuestro propio futuro o a dejar que otros lo hagan por nosotros? La reclamación de una sociedad civil más dinámica no puede pillarnos, de nuevo, por sorpresa; será que antes no hemos sabido, o querido, activarla.

Las clases dirigentes tienen una responsabilidad bien clara al respecto, como su propio nombre indica. Los medios de comunicación, y educación públicos, son un instrumento necesario. La lengua propia, sin conflictos interesados, un elemento básico para interpretar la realidad social. Hoy la sociedad valenciana debe afrontar nuevas empresas colectivas siendo consciente que todas están a su alcance, si la estrategia es razonable, pero nunca si nos refugiamos en nuestro individualismon

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