Opinión | A la contra

La familia

Juan Armenteros nos propuso un té filosófico a un grupo de amistades. Él fue mi profesor de Filosofía en el IES Joan Fuster de Sueca, y hoy, ante todo amigo, convoca saraos intelectuales con el ánimo de desestabilizar nuestros mapas, espíritu de cada una de sus clases en el instituto. Acudimos a Catarroja personas dispuestas a pensar la familia y mirar adentro, a nuestro inconsciente, ése que, según Armenteros, ocupa el 99% de nuestra psique. En el imaginario colectivo la familia se asemeja a la del portal de Belén, esa que defiende a pies juntillas la gente moñas. El té consistió en una batería de preguntas desconcertantes divididas en tres bloques: El hijo, la hija; la madre; el padre: ¿Son un enigma para nosotros el padre y la madre? ¿Has perdonado al tuyo, a la tuya? ¿Tus hijos son un alimento o una herida para tu narcisismo? ¿El nuevo malestar de la cultura puede tener relación con la ausencia del padre? ¿Es la familia una fábrica de sometimiento? Primero se compartieron respuestas en grupos de cuatro, luego, entre todas y todos. Decía a un colega dicharachero, Domingo, que ninguna familia es «normal», pues, quien no tiene un Edipo tiene una Electra, o progenitores que moldean a las criaturas a su imagen y semejanza. En la familia cabe mucha oscuridad: abusadores o abusones, padres ausentes, madres depredadoras emocional y afectivamente, celos, sombras, represiones, secretos…

Una de las cuestiones más comentadas fue la del «secreto». Toda familia guarda el suyo. Es muy difícil revelarlo, romper el ocultamiento, porque supone enfrentarse a tu familia, a los fantasmas, a la estructura de tu propia psique… En el caso de niños y niñas abusados/as, el secreto sostiene la funcionalidad de la familia, aunque, paradójicamente, sea una familia disfuncional. ¿Alguna no lo es? He conocido a muchas mujeres abusadas sexualmente por su padre, abuelo, tío o hermano. Los abusos en la infancia suelen refugiarse en la miseria familiar. Guardar el secreto, eso se dice a esas infancias dañadas. Salvaguardar el buen nombre de la familia aunque suponga envenenar tu existencia. Cada mortal oculta la sombra de su genealogía, ¿y qué ocurre si no se da la reparación/sanación? Un padre presente pero escondido en la ausencia; una madre anulada o anuladora; un hermano envidioso y que te responsabiliza de sus miserias… Todo el grupo compartía sin temor, sin miedo a un juicio sumarísimo, los traumas de familia. Tal es la magia de una sesión restaurativa como la del té filosófico: la posibilidad, al menos, de hablar de y entre nosotras y nosotros. Liberarnos de los miedos. Una oportunidad de compartir la interioridad, el adentro, apartándose del yo racional, el yo consciente (¿existe?) y solamente con el propósito de conectar(nos), de explorar aquello inconsciente, de comunicarse.

El té filosófico recomienda lecturas como la de Olga Schneider, Déjame ir, madre, C. Risé, El padre, M. Recalcati, El complejo de Telémaco: padres e hijos tras el ocaso del progenitor y La muerte de la familia, de D. Cooper. Juan Armenteros consiguió el milagro: liberarnos durante dos horas y media de los secretos, el peso, la podredumbre y el estigma de la familia. Por enfrentarse a nuestros miedos –y a la familia– seguiremos.