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Opinión | En el foco

Verano azul

No recuerdo con cuántos años vi por primera vez la serie ‘Verano azul’. Sí me acuerdo de mis hermanos delante de la tele, en el salón, la única habitación con aire acondicionado en aquellos días en los que aún no sabíamos de olas de calor aunque las sufríamos a diario. Es un recuerdo falso, asociado a alguna reposición de la serie, porque no se estrenó en verano, sino en octubre, los domingos, a las cuatro de la tarde, y terminó en febrero. He visto ‘Verano azul’ muchísimas veces, incluso llegué a comprar algunos episodios. Mi hijo mayor se enamoró de la sintonía de apertura y nos regaló un viaje hasta Bilbao con la música de fondo, hasta que llegamos a odiarla.

En 1981, cuando empezó a emitirse, fue un descubrimiento, porque ofrecía las vacaciones soñadas de tantos niños que entonces apenas conocíamos los viajes ni las estancias largas en la playa. La serie estaba bien hecha, la mayoría de los actores eran creíbles y las tramas, muy trabajadas. Quizá por eso, sigue enganchando en la dos y algún canal de pago. Me la encontré por casualidad el otro día, y he vuelto a mirar con mis ojos de ahora algún episodio. Trataban de temas aún vigentes, con más aciertos que ñoñerías, aunque no faltaban las segundas. Hubo episodios sobre el paso a la madurez, el amor, las diferencias sociales, hasta sobre la llegada del período. También hablaron de la muerte, la vejez, y del final del verano, ese episodio memorable, con lluvia incluida, en el que la pandilla se va y queda Pancho, con el corazón roto.

Esta semana reponían el más moderno, el alegato contra la especulación urbanística, que pretende destruir el barco de Chanquete para construir pisos turísticos. No nos moverán, cantan todos acompañados de una guitarra, frente a las excavadoras. No reviento el final si cuento que consiguen parar la construcción, y lo celebran bajo las estrellas, con sardinas y sangría, en plena exaltación de la amistad. Ahora he vuelto a ver este episodio con mis hijos, y he comprendido que puede que nosotros no seamos los mismos, pero ‘Verano azul’ sigue hablándonos como si lo fuéramos, aquellos niños que tenían todo por delante, tantas cosas por aprender y el sueño de un verano de amores, excursiones y playas donde también cabían la tristeza, la conciencia social y la muerte. La realidad en diecinueve capítulos, una lección impagable que tardamos en aprender, como todas las lecciones, como ese camino de más de cuarenta años que comenzaba entonces y todavía hoy empezamos a intuir. n

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