Opinión | Tribuna
País perplejo, 50 años
Este año se cumple el 50 aniversario de la publicación de, País perplex, 1974, de Josep Vicent Marqués, en la que se cuestionaban algunas de nuestras carencias colectivas. Apenas había pasado una década desde la aparición de Nosaltres el valencians, 1962, y Marqués se apresuraba a analizar algunas de las razones que Joan Fuster apuntaba.
La ambigüedad era una de las notas características, atribuidas a nuestra personalidad, cuando, Damià Mollà y Eduard Mira, De Impura Natione, 1986, acuñaron el término de «cruïlla», encrucijada o confluencia, para referirse a la cultura del país, tratando de avanzar en la complejidad de nuestra identidad. En esta línea, Vicent Franch, Agustí Colomer, Miquel Nadal y Rafael Company, en, Document 88. Destinat (sobretot) a nacionalistes, trataban de favorecer el entendimiento entre los valencianos, incluso con tertulias celebradas en el Hotel Inglés, contando con la participación del president Joan Lerma o el rector Ramón Lapiedra, entre otros.
El propio respeto hacia nuestra rica historia demandaba una actitud integradora de nuestra compleja realidad social. «Consciència de no ser res si no s’és poble», diría Estellés, recordado en su centenario. Todos debemos coadyuvar en el intento. Sólo así se puede lograr, y no sin esfuerzo, conseguirlo. Todos, en mayor o menor medida, somos responsables de la recuperación, y dignificación de nuestra identidad, con el mantenimiento, entre otras cuestiones, de la lengua propia. Un país fuerte económicamente lo es siempre culturalmente, y un país dividido siempre resulta débil políticamente.
Efectivamente, la lengua propia, el valenciano, La llengua dels valencians, repetía Manuel Sanchis Guarner, no se habla en todas las comarcas del país, el territorio es alargado, lo que ha dificultado históricamente su comunicación, y la denominación de la misma, por demás, siempre resultó conflictiva. Sin embargo, es preciso poner fin a esta anómala situación. Y la lengua, y su nombre, aceptado, con las particularidades que correspondan, como Lluis Mesa planteaba, recientemente, en estas mismas páginas de Levante-EMV. Resulta necesario que, tomando conciencia de ello, se superen diferencias y se evite la confrontación interna que debilite la imagen que ofrecemos en el exterior.
¿Qué más hace falta para acabar con el conflicto? La lengua debe obtener una aceptación definitiva, de la mano de todos. En los años setenta, Toni Mestre, del que hace apenas unos días, el 28 julio pasado, recordábamos la fecha de su fallecimiento, fue el autor de la letra de la canción, «Què vos passa valencians?», con la que Paco Muñoz, nos cuestionó. El entendimiento permite hacer frente mejor a los retos venideros, derivados de la ampliación europea, la creciente inmigración procedente de culturas diferentes, o al avance en la globalización. Pero resulta que hoy quedan cuestiones pendientes, y continuamos sin ofrecer la confianza necesaria en nuestra propia autoestima, que, en la publicación de Josep Vicent Marqués, se ponía de manifiesto.
Ante un próximo 9 d’Octubre, cinco décadas más tarde de la perplejidad cuestionada, «nos queda la palabra», diría Blas de Otero, para el razonamiento con nosotros mismos, para reafirmar el sentido de nuestra identidad, tanto por quienes aquí nacimos, como por quienes aquí tuvieron que emigrar. Así lograremos, lograr una razón de ser, aceptada por todos, donde las cuestiones culturales no sean ajenas a las razones económicas, para reivindicar todo aquello que nos corresponde.
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