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Opinión | Las científicas cuentan

La normalización en terminología

Las actividades de normalización y estandarización industrial comenzaron a principios del siglo XIX en una variedad de temas que incluyen los pesos y medidas, la seguridad, la calidad de los productos, etc. Estas actividades pueden tener alcance internacional a través de organismos como ISO, europeo (CEN-CENELEC) o nacional (AENOR, DIN, ASTM, SAE, ÖNORM, etc.). Estas actividades persiguen establecer las características de un producto y los procedimientos que se siguen para obtenerlo. Para ello los organismos normalizadores cuentan con expertos que se agrupan en Comités que tratan los distintos temas cuya normalización pueda resultar de interés. En principio, son los gobiernos quienes impulsan este tipo de actividades para satisfacer las expectativas de los consumidores sobre ciertos aspectos de los productos. No obstante, el grado de obligatoriedad de los estándares no es homogéneo, y puede depender de cada norma o de las leyes de cada país que una determinada norma sea voluntaria o sea obligatoria, y en algunos casos pueda llegar a tener rango de ley.

Los estándares en el ámbito de la terminología empezaron siendo simplemente listados de términos de un determinado dominio y sus definiciones. Se buscaba intencionadamente negociar la denominación y el significado de los términos para asegurar el consenso y evitar la ambigüedad. Estas normas emanaban de los distintos Comités Técnicos de ISO, hasta que se creó un Comité Técnico específico para tratar asuntos relacionados con la Terminología, el Comité Técnico 37, o ISO TC 37.

La normalización en terminología

La normalización en terminología / Ilustración de Andrea Corrales.

Este comité se ocupó de elaborar ya no solo terminologías, sino también normas sobre la propia actividad de elaborar terminologías, acuñando el metalenguaje de la terminología así como el desarrollo de principios y metodología que deben seguirse para asegurar la calidad del producto resultante.

Este Comité amplía y diversifica sus actividades con la aparición de las tecnologías y su aplicación para el desarrollo del procesamiento del lenguaje natural. Así pues, el Comité abarca muchos más temas que la Terminología, aunque por diversas razones, entre ellas razones históricas, se le sigue identificando con este nombre. Actualmente el Comité Técnico 37, «Lenguaje y Terminología» cuenta con cinco subcomités (SC), que se ocupan de los principios y métodos (SC1), Procesos de terminología y codificación de lenguas (SC2), Gestión de recursos terminológicos (SC3), Gestión de recursos del lenguaje (SC4) y Traducción, interpretación y sus tecnologías (SC1).

No obstante, la iniciativa o el desarrollo de estándares en estos ámbitos no se limita a los comités oficiales de estandarización. En muchas ocasiones, la iniciativa parte de intereses privados de la industria o intereses sociales o del ámbito científico. Estas iniciativas se van perfeccionando a través de la participación de nuevos socios o el interés de las instituciones y se dan a conocer como recomendaciones hasta que consiguen consolidarse. Si se demuestra que un formato es útil, debe ser estandarizado por un organismo de estandarización establecido.

Así pues, otras organizaciones bien sea desde proyectos de investigación (como SALT), desde la industria (como el grupo OSCAR de LISA), o hasta el voluntarismo de las organizaciones para el desarrollo de software libre (como OASIS y W3C), se han ocupado de desarrollar productos que reúnan los requisitos para hacer que los recursos lingüísticos o terminológicos desarrollados puedan funcionar en distintos entornos y sean intercambiables. La ya desaparecida Asociación de industrias de la localización, LISA (1990-2011), se ocupó de desarrollar estándares para esta industria, que luego entregó a ISO para su publicación como norma propia. En este caso está el estándar Term-Base eXchange (TBX) que se convirtió en el estándar ISO 30042:2008.

Actualmente, el gran interés en temas de estandarización en las industrias del lenguaje radica en la elaboración de formatos informáticos para el intercambio de datos lingüísticos, dando respuesta a la necesidad de reutilización de los recursos y el retorno de la inversión realizada. Aunque en muchos casos los estándares sirven fundamentalmente para especificar buenas prácticas, definir procedimientos, proporcionar características de evaluación que sean cuantificables y medir la calidad, en el caso de las industrias de la lengua, los estándares funcionales tienen una función más orientada a implementar tecnologías completamente nuevas.

También por ello, es importante que tales estándares estén disponibles en formato electrónico, dado que la publicación impresa tiene una funcionalidad limitada. Este es el caso de los estándares o recomendaciones que han surgido de asociaciones como LISA o del consorcio W3C, y también en general de proyectos de investigación orientados a estos fines (SALT, Monnet, LIDER, etc.).

En España, el comité UNE 191 de AENOR es el comité espejo del ISO TC 37, y asume por tanto tareas como elaboración de normas UNE y promoción del desarrollo y difusión de la normalización en el campo del lenguaje y la terminología.

En este contexto, desde el grupo de investigación Tecnolettra estamos preparando una propuesta de estandarización de la representación de datos lingüísticos en bases de conocimiento usando el modelo ONTODIC desarrollado en nuestro grupo

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