Opinión | tribuna
Ofender con sinceridad o mentir con educación
Si España hubiera aprendido algo de las naciones que hace quinientos años invadió, saqueó y sigue saqueando a través de ciertas multinacionales y mecanismos de la Unión Europea, sería una nación sabia y moderna. Pero en este rincón del planeta donde todavía la tauromaquia es considerada «arte y cultura» y donde el catolicismo, en la práctica, sigue siendo religión oficial, me temo que la modernidad y la sabiduría, tendrán que esperar.
No voy a hablar de arrepentimiento, como piden desde México, es que ni tan siquiera se reflexiona, sino que, al contrario, se sigue haciendo de este avasallamiento, la fecha nacional.
Se dice, se piensa, se ensalza que la España de Isabel y Fernando, llegó a tierras americanas para llevar a los habitantes originarios, higiene, medicina, arquitectura, astronomía, agricultura, arte, y por supuesto, lengua y religión. Basta un pequeño paseo por la historia, para comprobar la magnitud de la tergiversación y el desastre.
En higiene, para los pueblos mexicas, el aseo diario constituía una práctica común, participando en el mismo toda población, bien fuera joven o adulta, sana o enferma. Lo tenían por costumbre y obligación nada más despertarse, incluso aunque fuera invierno o el tiempo estuviera frío y húmedo. Los invasores apenas se bañaban una vez por semana, quien lo hacía, que eran una minoría.
En Medicina, aplicaban a la salud su visión global del mundo y de la vida, de tal forma que magia, religión y medicina estaban íntimamente ligadas. La herbolaria azteca era la más avanzada del mundo. El propio cronista fray Bernardino de Sahagún decía de los aztecas: «Tienen sus médicos que saben aplicar muchas hierbas y medicinas, hay algunos de ellos de tanta experiencia que muchas enfermedades viejas y graves, que han padecido españoles largos días sin hallar remedio, estos indios las han sanado».
Los «salvajes» indígenas contaban con una escuela de medicina con diversas ramas y sabían cómo curar epidemias y usaban supositorios, pomadas, polvos, buches y ventosas con gran eficacia.
En su arquitectura, se reflejan los valores y la civilización de un imperio. La mejor manera de describir esa arquitectura, es la monumentalidad y grandeza, con un innato sentido del orden y de la simetría para diseñar templos, plazas, bajorrelieves, muros y plataformas. Estas obras, de una complejidad superior a las pirámides de Egipto, fueron desestimadas por los españoles como trabajos de «salvajes».
En astronomía, tanto aztecas como mayas e incas, lograron definir constelaciones, estrellas, medir el tiempo, identificar las estaciones climáticas. Los mayas, con su aportación del número «cero» y su calendario más preciso que el europeo, demostraron su adelantada matemática y astronomía, superando con creces a la de los invasores (por desajustes, en 1582, el calendario europeo pasó del jueves 4 de octubre al viernes 15 de octubre, en una noche).
En agricultura, desarrollaron un sistema agrícola único en el mundo antiguo. Como la supervivencia dependía de la agricultura, el conocimiento de cuándo plantar y cosechar, basado en las estaciones y en las fases lunares, era crucial. Los calendarios les proporcionaban una estructura para estas actividades, enraizando la astronomía en la vida cotidiana de la gente.
En el arte, sus trabajos en tela, barro, metales, madera y plumas, dejaron mudos a los europeos por su perfección y belleza. Ya fabricaban papel siglos antes de la invasión, usando la corteza de los árboles para hacer libros y los famosos códices.
Sobre lengua y religión, punta de lanza del atropello cultural, mejor dedicarle un futuro artículo exclusivo.
Cuando se les intenta etiquetar de pueblos “salvajes y violentos”, reprochando sus guerra tribales y los sacrificios humanos que practicaban, se olvida que la “civilizada” España, venía de un sistema feudal semiesclavista, había fundado la criminal Inquisición, quemado las mal llamadas «brujas», perseguido los avances científicos, expulsado a árabes y judíos o forzado su conversión, censurado la cultura por la propagación del luteranismo, impuesta la unidad lingüística del castellano. Por no hablar de las sucesivas cruentas guerras, tanto internas (guerra de las Comunidades, de Sucesión, de Independencia, Carlistas), como a nivel europeo (guerra de Esmalcalda, de los Ochenta Años, la del Rosellón, la Anglo-Española, de los Treinta Años), todas ellas de carácter religioso o de poder entre reyes.
Dichas estas reflexiones, ya se sabe que incultura y fanatismo hacen que sacar a la luz algo de verdad, genere numerosos enemigos, mientras que con la ocultación y la mentira, fácilmente se consigue aumentar el número de seguidores.
Muchos de los que exigen sinceridad, se ofenden con la verdad. Entonces la duda que se le plantea a uno, es saber si andar por ahí ofendiendo con sinceridad o mintiendo con educación
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